Un polaco en el Ejército Libertador

A 100 años del fallecimiento del mayor general carlos Roloff Mialofsky

Rolando Álvarez Estévez

Cuando aquel hombre de barba espesa y negra, de estatura mediana y caminar pausado arribó a Cuba en el año 1865 no podía tener conciencia de que con el transcurrir de los años llegaría a convertirse en uno de los más prestigiosos jefes militares que combatirían por la independencia de Cuba.

Efectivamente, Carlos Roloff, nacido en Varsovia, Polonia, se asentó en el pueblo de Caibarién donde trabajó y conspiró desde los primeros momentos para ser de los primeros que acudieron al alzamiento revolucionario del territorio villareño en 1869. Su experiencia militar alcanzada en la Guerra de Secesión Norteamericana donde alcanzó los grados de oficial combatiendo en los ejércitos del norte los pondría de inmediato al servicio de la causa cubana.

Este combatiente internacionalista que vivió intensamente momentos sublimes y heroicos de nuestra historia patria, también supo del amargo sabor de momentos como el Pacto del Zanjón, en que su dignidad revolucionaria tomó un elevado vuelo al ser uno de los últimos jefes en entregar sus armas después de diez años de continuo batallar.

Aquel hombre que se catalogaba como un cubano, como el que más, sirvió de escolta al Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes al encuentro de Guáimaro, y después, en 1878, formó parte de aquella diáspora de revolucionarios, que sin destino fijo se vieron obligados a buscar refugio en otros pueblos caribeños, en Centroamérica o en Estados Unidos. Fue de los que mantuvo contra viento y marea la fe en la victoria final, identificándose con las ideas patrióticas de Máximo Gómez, Antonio Maceo y sobre todo con las de José Martí.

Desde que Roloff conoció a Martí fue como un dispositivo que lo impulsó a su plena identificación con Cuba. Aquella relación comenzó en el Comité Revolucionario Cubano en Nueva York durante la Guerra Chiquita de la cual Roloff fue uno de sus organizadores hasta el fracaso de ese intento revolucionario. Como otros llegó a tierras donde admiraban la hazaña de los patriotas cubanos. En Honduras constituyó familia y con sus vastos conocimientos de las finanzas ocupó posiciones cimeras y obtuvo comodidades que abandonó totalmente al llamado de Martí cuando este organizaba la guerra necesaria.

De nuevo en Estados Unidos hizo frente a la inteligencia española, a los traidores, a los anexionistas y sobre todo a la doble moral de las autoridades norteamericanas. Supo convertirse, junto al mayor general Serafín Sánchez, en los dos principales colaboradores de Martí en Tampa y Cayo Hueso. Allí conoció del sudor y el patriotismo de los tabaqueros cubanos, se fusionó con ellos, y pasó necesidades de todo tipo. Su humilde hogar fue el refugio escogido por Martí para recuperarse de una repentina enfermedad.

¿Cuánto se pudiera decir de Roloff en el trabajo de las organizaciones de base del Partido fundado por Martí? Fue una gran suma de experiencias que culminó con su designación, también con Serafín Sánchez, de la jefatura de la gran expedición armada que arribó el 25 de julio de 1895, por Tayabacoa, territorio de Sancti Spíritus. A partir de entonces fue el primer jefe del Cuarto Cuerpo del Ejército Libertador, Secretario de la Guerra, Inspector General del Ejército y un extraordinario organizador de expediciones, por lo cual, aún siendo Secretario de la Guerra sufrió detenciones y prisiones en Estados Unidos.

En plena guerra trabajó incansablemente para que con el transcurrir de los años se publicara, en 1901, el libro Indice del Ejército Libertador de Cuba, que en sus 1004 páginas aparecen los nombres de 69 715 mambises vivos en el momento de confeccionarse las estadísticas y 62 páginas dedicadas a los soldados muertos en combate. Diríamos que fue su gran obra revolucionaria. Todo ello, en plena intervención militar norteamericana cuyos jefes presionaron a Roloff hasta lo indecible para que entregara sus listas de combatientes, y con el marcado interés de sumar nombres de anexionistas, oportunistas y seguidores de los ocupantes. Era parte de los peligros que rodeaban a Cuba, como dijera Roloff.

Austero, modesto, opuesto a ofrecer entrevistas y con una vida ejemplar, fueron valores que lo acompañaron cuando en Cuba se entronizaba el latrocinio y la corrupción en las más altas esferas del gobierno. A pesar de ello no se contaminó con aquel ambiente, al punto de mantener una actitud limpia y ejemplar al frente de la Tesorería General de la República de la cual fue su fundador y en cuyo cargo estuvo hasta su muerte, dejando a su familia en la miseria.

Ciudadano cubano desde 1902, Roloff figuraba entre los tres únicos combatientes extranjeros que podían optar por la presidencia de la República de Cuba de acuerdo con la Constitución de 1901. Los otros eran Máximo Gómez, dominicano, y Rius Rivera, puertorriqueño.

A nuestro juicio, cuando Martí dijo de Roloff que tenía bien ganada la palma alta sobre su sepultura, nos daba a entender la cubanía indiscutible que este había alcanzado elevándolo al más alto pedestal como prestigiosa figura de nuestra historia.

A cien años de su fallecimiento, el día 17 de mayo de 1907, el ejemplo internacionalista de Carlos Roloff nos acompaña como un símbolo permanente de combate y de resistencia frente a las apetencias imperialistas que él supo vislumbrar tempranamente.

 

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