Sylvester
Stallone acaba de aparecer en numerosas páginas culturales del
mundo, no hablando de su más reciente filme, el patético Rocky
Balboa, tampoco de la cinta que ahora concluye, un nuevo
Rambo ambientado en Filipinas, sino declarándose culpable de
introducir en Australia 48 ampolletas de una poderosa hormona de
crecimiento humano (HCH).
En favor de Stallone hay que decir que cuando el asunto estalló,
el pasado 16 de febrero, despachos de prensa se refirieron en un
primer momento a "sustancias prohibidas" halladas en su equipaje
durante una revisión en el aeropuerto de Sydney, lo que movía a
pensar que el actor había caído en las garras de los alucinógenos,
esas drogas que engatusan y matan.
Por suerte para él no fue así, aunque su caso presenta los tintes
de otro tipo de dramatismo.
Cumplidos los sesenta años de edad y no obstante el
entrenamiento, los músculos de Stallone han dejado de ser lo que
eran. Cierto que el volumen persevera y ya quisieran algunos con
menos edad mantener la forma exhibida por él, pero los tiempos han
restado definiciones a pectorales y dorsales y allí donde el
trapecio parecía esculpido por el griego Mirón, se eleva un tejido
con demasiada grasa como para sentirse orgulloso de él.
Normal para cualquier hombre conocedor de las restas que traen
los años y sin embargo —¡bendita voluntad!— persiste en ejercitarse
para alargar en el tiempo el paso de lo que finalmente resultará
inevitable.
Pero el caso de Stallone es diferente, porque necesita que sus
músculos resplandezcan para seguir figurando en la pantalla. Hace
años trató de adelantarse a las insuficiencias que traerían los
almanaques y probó suerte en comedias que no requerían quitarse la
camisa. El fracaso fue tal que le hizo exclamar un rotundo "nunca
más". Ahora está atrapado en las mismas rejas de la imagen pública
que construyó a partir de fórmulas harto trajinadas por el cine de
Hollywood. Y conocedor de sus limitaciones en el campo de la
actuación, sabe que si quiere engatusar al éxito, atraerlo como
carnada para pescado que nadara en las mismas aguas, tendrá que
seguir dándole a "sus espectadores" lo que siempre le ha dado:
musculatura y coraje.
De ahí que, camino al aeropuerto, sin pensarlo demasiado y tras
sacar el pecho frente al espejo, Sylvester abriera su maletín de
mano y lo llenara de sustancias mágicas.
(Las hormonas de crecimiento humano desarrolladas por la
industria farmacéutica se utilizan fundamentalmente en el
tratamiento de niños. En los últimos tiempos, sin embargo, la
propaganda las ha convertido en una suerte de "fórmula maravillosa"
contra el envejecimiento. Los fisiculturistas las emplean para
buscar masa muscular sin grasa y hay testimonios de buenos
resultados. Sus pro y sus contra están en estudio, pero una reciente
investigación de la Universidad de Stanford ha dicho que no
encuentran ninguna evidencia acerca de los pretendidos dones, e
incluso han alertado de posibles efectos secundarios, como son la
inflamación de las articulaciones y el dolor, el síndrome del túnel
carpiano y la tendencia hacia un mayor riesgo de diabetes y
prediabetes. "No es ninguna fuente de la juventud", han afirmado los
investigadores. En Australia, la HCH es considerada una sustancia
prohibida y no puede ser importada sin permiso. En sus declaraciones
aduanales, Stallone las negó y por eso, al declararse culpable ante
un tribunal local, enfrenta una pena de 22 000 dólares. Si fuera
juzgado en un tribunal federal la pena máxima sería de 119 000
dólares y cinco años de cárcel.)