Stallone y la hora de la camisa

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Sylvester Stallone acaba de aparecer en numerosas páginas culturales del mundo, no hablando de su más reciente filme, el patético Rocky Balboa, tampoco de la cinta que ahora concluye, un nuevo Rambo ambientado en Filipinas, sino declarándose culpable de introducir en Australia 48 ampolletas de una poderosa hormona de crecimiento humano (HCH).

En favor de Stallone hay que decir que cuando el asunto estalló, el pasado 16 de febrero, despachos de prensa se refirieron en un primer momento a "sustancias prohibidas" halladas en su equipaje durante una revisión en el aeropuerto de Sydney, lo que movía a pensar que el actor había caído en las garras de los alucinógenos, esas drogas que engatusan y matan.

Por suerte para él no fue así, aunque su caso presenta los tintes de otro tipo de dramatismo.

Cumplidos los sesenta años de edad y no obstante el entrenamiento, los músculos de Stallone han dejado de ser lo que eran. Cierto que el volumen persevera y ya quisieran algunos con menos edad mantener la forma exhibida por él, pero los tiempos han restado definiciones a pectorales y dorsales y allí donde el trapecio parecía esculpido por el griego Mirón, se eleva un tejido con demasiada grasa como para sentirse orgulloso de él.

Normal para cualquier hombre conocedor de las restas que traen los años y sin embargo —¡bendita voluntad!— persiste en ejercitarse para alargar en el tiempo el paso de lo que finalmente resultará inevitable.

Pero el caso de Stallone es diferente, porque necesita que sus músculos resplandezcan para seguir figurando en la pantalla. Hace años trató de adelantarse a las insuficiencias que traerían los almanaques y probó suerte en comedias que no requerían quitarse la camisa. El fracaso fue tal que le hizo exclamar un rotundo "nunca más". Ahora está atrapado en las mismas rejas de la imagen pública que construyó a partir de fórmulas harto trajinadas por el cine de Hollywood. Y conocedor de sus limitaciones en el campo de la actuación, sabe que si quiere engatusar al éxito, atraerlo como carnada para pescado que nadara en las mismas aguas, tendrá que seguir dándole a "sus espectadores" lo que siempre le ha dado: musculatura y coraje.

De ahí que, camino al aeropuerto, sin pensarlo demasiado y tras sacar el pecho frente al espejo, Sylvester abriera su maletín de mano y lo llenara de sustancias mágicas.

(Las hormonas de crecimiento humano desarrolladas por la industria farmacéutica se utilizan fundamentalmente en el tratamiento de niños. En los últimos tiempos, sin embargo, la propaganda las ha convertido en una suerte de "fórmula maravillosa" contra el envejecimiento. Los fisiculturistas las emplean para buscar masa muscular sin grasa y hay testimonios de buenos resultados. Sus pro y sus contra están en estudio, pero una reciente investigación de la Universidad de Stanford ha dicho que no encuentran ninguna evidencia acerca de los pretendidos dones, e incluso han alertado de posibles efectos secundarios, como son la inflamación de las articulaciones y el dolor, el síndrome del túnel carpiano y la tendencia hacia un mayor riesgo de diabetes y prediabetes. "No es ninguna fuente de la juventud", han afirmado los investigadores. En Australia, la HCH es considerada una sustancia prohibida y no puede ser importada sin permiso. En sus declaraciones aduanales, Stallone las negó y por eso, al declararse culpable ante un tribunal local, enfrenta una pena de 22 000 dólares. Si fuera juzgado en un tribunal federal la pena máxima sería de 119 000 dólares y cinco años de cárcel.)

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir