El
despido de los ocho fiscales federales en Estados Unidos en el 2006,
ha generado tal ruido que puso sobre el tapete algo que se ha
convertido en cotidiano para la administración de George W. Bush: los
continuos escándalos, dimisiones y vaivenes políticos.
La renuncia de Monica Goodling, asesora principal del fiscal
general, Alberto Gonzales, atizó más el fuego alrededor del alto
funcionario, conminado hace varias semanas por sectores políticos a
presentar su retirada.
Goodling, prefirió no declarar ante el Congreso para no
incriminarse, y dejó en entredicho su papel en el despido de los
magistrados federales. Jornadas después presentó el adiós de forma
repentina, en una carta en la que anunció la decisión de alejarse de
la oficina de Gonzales, lo que se podría interpretar como "allá él, yo
me voy y me lavo las manos". Aunque se anunció luego que un comité de
la Cámara de Representantes le otorgó inmunidad, para que declare
sobre el espinoso asunto.
Es previsible que su visión podría ser clave porque, además de
asesorar a Gonzales, era la encargada de las relaciones entre el
Departamento de Justicia (DOJ) y el gobierno. ¿Cuál ha sido el papel
del asesor político de Bush, Karl Rove, y de Harriet Miers, asistente
legal del presidente, cuando se decidieron los desahucios?
Precisamente, despachos de prensa de finales de abril, apuntaron
que una agencia federal, la Oficina del Consejo Especial (OCE),
investigaría las actividades políticas de la Casa Blanca, en
particular las vinculadas con la cesantía de los fiscales, con énfasis
sobre el rol de Rove en todo esto.
Hace algunas semanas el caso tomó un giro insospechado cuando El
Capitolio reconoció la pérdida de cinco millones de correos
electrónicos, en su mayoría relacionados con las suspensiones, lo que
levantó aún más los recelos sobre las motivaciones políticas que
generaron el escándalo, pues varios de los afectados averiguaban
problemas de corrupción que lesionaban a funcionarios republicanos.
Para los demócratas, el actual Fiscal General —arquitecto de las
torturas contra los prisioneros en la ilegal base de Guantánamo, en el
usurpado territorio cubano— no es confiable. Él compareció ante el
Comité Judicial del Senado para rendir cuentas y dijo que tuvo
solamente "una pequeña participación en la decisión de despedir a ocho
fiscales federales".
No obstante, ya había negado haber asistido a las discusiones que
llevaron a la polémica destitución; sin embargo, como siempre hay un
ojo que te ve y más de un oído que te escucha, sus palabras fueron
puestas en duda por su antiguo jefe de gabinete, Kyle Sampson
—obligado también a dimitir—, al asegurar en el Congreso que abordó
personalmente el tema con el Secretario de Justicia.
Gonzales no las tiene nada bien con él. La pérdida de confianza
persiste. El senador Alen Specter, el republicano de mayor jerarquía
en esa comisión, opinó que le ha hecho mucho daño al Departamento y a
sus empleados, y aunque no pidió su renuncia abiertamente estimó que
"el testimonio del secretario de Justicia fue muy, muy perjudicial
para su propia credibilidad. Ha dañado al gobierno", incluso, con
anterioridad Specter había considerado: "si determinamos que no ha
sido franco ni sincero, esa es una razón muy convincente para que no
permanezca en el cargo".
Pero Bush continúa dándole palmaditas de apoyo al Fiscal General,
con el rechazo de los pedidos de varios líderes políticos acerca de la
renuncia le propinó un nuevo espaldarazo. El mandatario dice sentirse
convencido de que aquel no hizo nada indebido y que "no violó ninguna
ley", aseveró en una reunión con el general David Petraeus, jefe de
las fuerzas estadounidenses en Iraq.
Mientras tanto, el senador demócrata por Nueva York, Charles
Schumer, teme que la "falta de confianza" conmocione a otras oficinas.
Tal vez un ejemplo de cómo van ardiendo las llamas, es el éxodo que
daña igualmente a los fiscales que sustituyeron a los cesanteados, en
una clara evidencia de que la moral anda baja en el entorno judicial
de la nación.
La fiscal de Minneapolis, Rachel Paulose se quedó sin cuatro de sus
asesores, que abandonaron sus puestos en señal de protesta. Paulose
reemplazó a Tom Heffelfinger a comienzos del 2006, cuando este decidió
irse voluntariamente de la fiscalía antes de ser echado y ahora sale a
flote que ella ocupó la vacante sin que su perfil fuera sometido a la
revisión previa.
Otro detalle interesante lo reveló G. Dereck Musgrove, profesor
asistente de Historia en la Universidad del Distrito de Columbia,
quien es del criterio de que los fiscales federales fueron despedidos
porque no quisieron apoyar las prerrogativas del gobierno para
eliminar el voto negro.
En comentarios a la prensa, la Casa Blanca declaró que los
magistrados no dieron seguimiento a las acusaciones de fraude en las
votaciones de las elecciones del 2004 hechas por los republicanos y
que por eso no podían continuar en sus puestos, pero lo curioso es que
tales imputaciones se efectuaron contra distritos electorales
esencialmente demócratas, para más señas afroamericanos.
Según Musgrove, en los últimos 40 años, las denuncias de timo en
las votaciones han sido empleadas sistemáticamente para eliminar la
posibilidad de que los votantes ejerzan su derecho, con el objetivo de
aumentar las ventajas políticas republicanas mediante el ataque al
electorado negro en aquellos estados donde el sufragio es muy reñido.
Sin dudas, lo que comenzó por un "simple" despido, se ha enredado
no se sabe hasta dónde. Lo cierto es que se sacude el sistema judicial
y por tanto también la actual jerarquía de Estados Unidos, enlodada
cada día más en el descrédito y la impopularidad.