Otra vez Tarzán

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Se murió Gordon Scott, uno de los últimos tarzanes vivientes de los viejos tiempos y es imposible que la noticia no remita a aquellas matinés de los domingos en el cine Majestic, donde las películas del "hombre mono" movilizaban las ansias de los muchachos por conseguir la peseta que les abriera —a veces a última hora, en pleno sofoco— las puertas de la fantasía.

Gordon Scott, uno de los “tarzanes”
de los años cincuenta.

Scott interpretó seis veces a Tarzán, de 1955 a 1960 y puede considerarse el sucesor de Lex Barker (cinco ocasiones este, de 1949 a 1953), a quien también se le puede recordar en La dulce vida, de Fellini, como el marido celoso de Anita Ekberg.

Son muchos los actores que se han puesto el traje del héroe desnudo, desde que en 1918 el policía Elmo Lincoln lo interpretara en el cine silente, pero tres intérpretes fundamentales marcaron a mi generación, en especial Johnny Weissmuller, con 12 filmes, de 1932 a 1948, y los ya mencionados Scott y Barker.

Weissmuller falleció en 1984 en un estado demencial que le hacía tamborilearse los pectorales en el hospital donde se encontraba recluido y clamar "¡Tamanganí", el mismo grito de guerra que los muchachos del barrio proferíamos luego de repetir una y otra vez los filmes de Tarzán y creernos todo lo que habíamos visto, entre ello la superioridad del hombre blanco sobre el nativo africano, torpe, chambón, capaz de expresarse únicamente en aquella "lengua de monos", mientras nuestro héroe había aprendido, él solito y sin computadora, a leer y a escribir y también a hablar inglés y francés, sin acento.

Y aunque con la muerte de Gordon Scott, Danton Burroughs, nieto del escritor Edgard Rice Burroughs, declarara que el actor "fue un Tarzán maravilloso y capaz de retratar al personaje como un hombre inteligente y amable, tal como lo había descrito mi abuelo", lo cierto es que de los ¡150! filmes y seriales para la televisión que se han realizado basados en el adalid creado por la literatura en 1912, solo dos de ellos mostraron interés por la fuente literaria original: Greystoke: La leyenda de Tarzán (1984), de Hugh Hudson, y el filme de animación Tarzán (1999), de Chris Buck y Kevin Lima.

El personaje siempre ha estado sometido a las más diversas interpretaciones a partir de una mercadotecnia de grandes proporciones, generada por los herederos de su creador y magnificada en el cine luego de que la Metro Goldwyn Mayer se hiciera con los derechos de adaptación en 1932 y pusiera a volar por las lianas al primer Johnny Weissmuller. Adaptaciones en las que han prevalecido —lo mismo de manera desaforada, que taimada— una visión etnocentrista.

Para mis recuerdos, el Tarzán de los cincuenta no es siquiera una nostalgia de niñez clasificando junto a las películas de romanos y piratas y las comedias de Los Tres Chiflados, sino una trampita de emociones que los años se encargarían de poner en su sitio.

Pero revisando la abultada lista de películas sobre el héroe, los seriales de televisión, comics y juegos computadorizados, resalta que el hombre mono se ha mantenido con una envidiable vitalidad hasta nuestros días, e incluso el año pasado uno de los musicales más costosos presentados en la historia de Broadway fue una versión del Tarzán de Disney.

Lo que hace reconocer que si bien para algunos el rey de la selva se quedó flotando en la lejana atmósfera de un cine de barrio, para millones en el mundo sometidos a lo que "les llegue", Tarzán —que en lenguaje manganí significa "piel blanca"— ya sea renovado, un poco "progre" y hasta posmodernista en su disfraz acorde con los nuevos tiempos, sigue gritando desde lo alto.

 

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