Scott interpretó seis veces a Tarzán, de 1955 a 1960 y puede
considerarse el sucesor de Lex Barker (cinco ocasiones este, de 1949
a 1953), a quien también se le puede recordar en La dulce vida,
de Fellini, como el marido celoso de Anita Ekberg.
Son muchos los actores que se han puesto el traje del héroe
desnudo, desde que en 1918 el policía Elmo Lincoln lo interpretara
en el cine silente, pero tres intérpretes fundamentales marcaron a
mi generación, en especial Johnny Weissmuller, con 12 filmes, de
1932 a 1948, y los ya mencionados Scott y Barker.
Weissmuller falleció en 1984 en un estado demencial que le hacía
tamborilearse los pectorales en el hospital donde se encontraba
recluido y clamar "¡Tamanganí", el mismo grito de guerra que los
muchachos del barrio proferíamos luego de repetir una y otra vez los
filmes de Tarzán y creernos todo lo que habíamos visto, entre ello
la superioridad del hombre blanco sobre el nativo africano, torpe,
chambón, capaz de expresarse únicamente en aquella "lengua de
monos", mientras nuestro héroe había aprendido, él solito y sin
computadora, a leer y a escribir y también a hablar inglés y
francés, sin acento.
Y aunque con la muerte de Gordon Scott, Danton Burroughs, nieto
del escritor Edgard Rice Burroughs, declarara que el actor "fue un
Tarzán maravilloso y capaz de retratar al personaje como un hombre
inteligente y amable, tal como lo había descrito mi abuelo", lo
cierto es que de los ¡150! filmes y seriales para la televisión que
se han realizado basados en el adalid creado por la literatura en
1912, solo dos de ellos mostraron interés por la fuente literaria
original: Greystoke: La leyenda de Tarzán (1984), de Hugh
Hudson, y el filme de animación Tarzán (1999), de Chris Buck
y Kevin Lima.
El personaje siempre ha estado sometido a las más diversas
interpretaciones a partir de una mercadotecnia de grandes
proporciones, generada por los herederos de su creador y magnificada
en el cine luego de que la Metro Goldwyn Mayer se hiciera con los
derechos de adaptación en 1932 y pusiera a volar por las lianas al
primer Johnny Weissmuller. Adaptaciones en las que han prevalecido
—lo mismo de manera desaforada, que taimada— una visión
etnocentrista.
Para mis recuerdos, el Tarzán de los cincuenta no es siquiera una
nostalgia de niñez clasificando junto a las películas de romanos y
piratas y las comedias de Los Tres Chiflados, sino una trampita de
emociones que los años se encargarían de poner en su sitio.
Pero revisando la abultada lista de películas sobre el héroe, los
seriales de televisión, comics y juegos computadorizados, resalta
que el hombre mono se ha mantenido con una envidiable vitalidad
hasta nuestros días, e incluso el año pasado uno de los musicales
más costosos presentados en la historia de Broadway fue una versión
del Tarzán de Disney.
Lo que hace reconocer que si bien para algunos el rey de la selva
se quedó flotando en la lejana atmósfera de un cine de barrio, para
millones en el mundo sometidos a lo que "les llegue", Tarzán —que en
lenguaje manganí significa "piel blanca"— ya sea renovado, un poco
"progre" y hasta posmodernista en su disfraz acorde con los nuevos
tiempos, sigue gritando desde lo alto.