Hay mucho engaño en las campañas de publicidad en torno a estos
productos; tenemos, agregó, que desenmascarar lo que hay detrás de esa
gran publicidad, pues se pretende cometer un genocidio.
Según opinó, las posiciones actuales de la representación de la FAO
en América Latina, indican que esa organización ha abandonado su
compromiso de promover la agricultura y la alimentación; se ha puesto
al servicio de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y del gran
capital.
Pero no solo se trata, alertó, de luchar contra los
agrocombustibles, debemos ir más allá y pensar en la soberanía
alimentaria, pues en cualquier momento pueden surgir otras iniciativas
del gran capital para seguir arrebatándonos ese derecho humano. El
problema central, concluyó, es el imperialismo, el capitalismo salvaje
que hoy día agobia la existencia misma de los pueblos.
Para el ingeniero agrónomo Horacio Martín de Carvalho, asesor del
Movimiento Sin Tierras, de Brasil, el empeño por producir
aceleradamente agrocombustibles responde a la crisis energética del
capitalismo monopolista a escala internacional, provocada por sus
propios patrones de consumo. Solo Estados Unidos, ilustró, es dueño
del 40% de la flota de autos en el planeta.
Es cierta, dijo, la disminución del petróleo y de otros
combustibles tradicionales en el mundo, pero la situación empeora por
la irracionalidad del capital. Los biocombustibles, expresó,
ingresaron en una nueva matriz energética bajo el control de los
mismos grupos económicos internacionales que han provocado la crisis
energética mundial.
La base de los agrocombustibles es la biomasa; ello significa que
también el imperialismo necesita controlar las tierras, el agua¼
de las naciones subdesarrolladas, evaluó el especialista.
Según la FAO, comentó, dentro de los próximos 15 a 20 años, los
agrocombustibles serán el 25% del total de la demanda mundial de
energía; detrás de ello está la ofensiva internacional del capitalismo
monopolista para el control de las fuentes de energía. Esa voracidad
del capital se observa en Brasil: quieren convertir al país en centro
mundial de producción de etanol para beneficio de EE.UU., Japón,
Europa.
Entre las implicaciones directas de ese fenómeno en su país,
Carvalho incluyó la concentración de terrenos en manos de las
trasnacionales, la destrucción de plantaciones dedicadas al sustento
de la población, la disminución de las fuentes de agua, algunas de las
cuales incluso han sido privatizadas, y la apertura liberal a las
inversiones extranjeras.
Esa ofensiva del imperialismo, aseveró, trata también de reducir
las formas de control social sobre el capital e instituye de manera
masiva la orientación capitalista del empleo de la tierra, en
perjuicio del campesinado y de los pueblos originarios.
Agencias ambientalistas y movimientos sociales están haciendo estas
denuncias, pero son sofocadas por las noticias alabadoras sobre los
grandes negocios y los miles de millones de dólares que podrían
ingresarse en un año, explicó el ingeniero.
Gobiernos como el de EE.UU., recordó, están invirtiendo millones en
investigaciones acerca de nuevas tecnologías, entre ellas las
dirigidas a fabricar etanol celulósico; ello equivale al control sobre
las patentes; a la imposibilidad de acceso de las naciones pobres.
Carvalho ponderó finalmente la necesidad de articular la lucha en
distintos y simultáneos planos: la resistencia social en cada lugar,
la articulación de los movimientos en los distintos países, la
realización de acciones concretas para combatir al capital, y la
denuncia desde las perspectivas social, económica, medio ambiental,
con fuerte y sólida argumentación científica.
Según denunció María Luisa Mendoza, representante de la Red de
Justicia Social de Brasil, la política energética de EE.UU. y de
países de Europa también se está garantizando mediante cláusulas
incluidas en los Tratados de Libre Comercio bilaterales y
multilaterales, así como por las políticas trazadas por el Banco
Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
Es necesario, coincidió, desmitificar la propaganda sobre los
supuestos beneficios de los agrocombustibles. Se habla, dijo, de
energía limpia y renovable, pero el cultivo y procesamiento de la caña
con esos fines consume gran cantidad de productos químicos; solo una
parte de los residuos de la fabricación de etanol se usa como
fertilizante, la mayor cantidad provoca contaminación en ríos y
fuentes subterráneas de agua.
La quema de la caña de azúcar, agregó, afecta los suelos, contamina
el aire, causa enfermedades respiratorias. En tanto, el proceso de los
ingenios, es fuente de polución ambiental.
Por la extensión de las plantaciones de soya para fabricar
biocombustible se están destruyendo selvas y sabanas, argumentó. Esa
expansión interesa igualmente a las empresas fabricantes de organismos
genéticamente modificados, por la posibilidad de aumentar sus ventas y
dominio monopólico; así han creado la caña transgénica de superior
productividad, pero no comestible.
Está comprobada, además, la existencia de trabajadores sometidos a
condiciones similares a la esclavitud, otros han muerto por
agotamiento en medio de las plantaciones y por la quema de los
cañaverales antes del corte, planteó la delegada brasileña.