CIEGO DE ÁVILA.— Cansados de ver la impotencia de su equipo, los
seguidores comenzaron a marcharse cuando en el último juego, en el
estadio avileño José Ramón Cepero, los leñadores de Las Tunas
marcaron las primeras cuatro carreras, suficientes para sentenciar a
los tigres, quienes, después de tres temporadas consecutivas, eran
excluidos de los play off de una Serie Nacional de Béisbol.
Tal resultado no lo imaginó nadie. Ciego, un equipo grande, al
menos sobre el papel, ocupó el noveno lugar entre los 16 conjuntos
animadores de la pasada contienda beisbolera.
La derrota no es huérfana y sobran los motivos para los análisis.
Los razonamientos pueden tener tantas aristas como alguien se lo
proponga. Lo cierto es que los tigres no acaban de hacer honor al
nombre y las posibilidades de brindar el mejor de los espectáculos a
su público (la discusión de un campeonato) se esfuman con el paso
del tiempo.
Un Ciego de Ávila con arranque eléctrico, poco a poco decepcionó
a sus parciales. En el primer tercio ganó 20 juegos y perdió 10; en
el segundo 16 y 14, y 12 y 18 en el tercero.
Las gradas disculpan la mala suerte, pero no la falta de garra y
combatividad, la apatía y la entrega de algunos peloteros, al margen
de que las lesiones pasaran facturas en un momento determinado. ¿Por
qué tantas?, cuestionan no pocos.
No toda la culpa se le puede echar al alto mando de los tigres,
pese a determinadas fallas cometidas, como dejar expuesto a algún
lanzador a un castigo excesivo, ordenar alguna jugada no acorde con
el momento, o no iniciar la temporada con Mario Vega (la segunda
base más defensiva de la pelota cubana) para abrir con Yorelvis
Charles, entre otras.
Quisieron dar ejemplo de equipo, pero en el terreno no ocurrió
así. ¿Cómo se explica que durante la serie tuvieran 109 corredores
en tercera base con menos de dos out y 90 quedaran en espera de ser
impulsados. ¿De quién es la culpa?
Se tilda a la dirección de no "hacer jugadas". El alto mando
ordenó en 289 ocasiones el sacrificio, corrido y bateo, amago y
bateo, el robo o el squezze play, y 169 salieron mal.
En cuanto al toque por sorpresa (junto al flay de sacrificio
iniciativa individual de cada atleta), de los 88 intentos solo 21
fueron exitosos.
Tres de los considerados slugers dentro del equipo (Yorelvis
Charles, Danny Miranda y Yoelvis Fiss) encontraron 333 corredores en
posición anotadora y solo impulsaron 88, entre los peores del
campeonato cuando se les compara con otros con similar
responsabilidad en los restantes conjuntos.
En el caso del robo de base, una de las maneras de poner la
velocidad en función de la ofensiva, hay que revisar los planes
desde las categorías inferiores, pues los atletas avileños llegan a
la Serie Nacional sin saber la magia de alcanzar la próxima
almohadilla por esa vía. De los 72 corredores que salieron, 46
fueron sentenciados en el intento.
Si a todo ello se suma el anémico 258 de average de bateo, solo
superior al de Villa Clara y Metropolitanos, el 3.61 de promedio de
carreras limpias permitidas por sus lanzadores, se llega a la
conclusión de que los tigres no se hundieron antes en las
tembladeras de la selva por su hermética defensa (incluido el récord
de 144 doble play para una serie), que se mantuvo como la primera
hasta el último juego, cuando fue superada por la de Pinar del Río.
De la misma manera que afirmo que los tigres no tienen garras, me
resisto a pensar que los cinco directores que pasaron por el
conjunto en la última década no hayan podido impregnar a los atletas
el amor a la camiseta, el empuje y el colectivismo que se necesita.
¿Dónde está el director perdido?
Estoy convencido de que todos saben que el deporte que escogieron
es pasión, entrega, cultura, y pueblo que sufre la derrota y
disfruta la victoria. No se necesita, entonces, del aguijón cortante
que los compulse a dar el máximo en cada salida.
De los jugadores depende, más que de nadie, el buen o el mal
espectáculo. Ofenden cuando no corren o no cumplen con una tarea
ordenada. En más de una ocasión observé a peloteros molestos porque
se les indicó tocar bola, y a otros abandonar la carrera hacia la
primera base porque batearon de frente, y algunos aficionados
apreciaron hasta cierta falta de disposición a la hora de defender
los colores del uniforme.
De la misma manera en que las tribunas critican la apatía,
aplauden la entrega de figuras como Mario Vega, Roger Machado, Isaac
Martínez (segundo de los bateadores en la campaña); Yaibel Tamayo,
tercera base, y del receptor suplente Lisdey Díaz, quien desempeñó
con acierto su labor detrás del home, después que Machado se viera
obligado a abandonar por lesión, en los inicios del segundo tercio.
Pudiera parecer absoluto, pero creo estar asistiendo al final de
una generación que, por cierto, ha sido la mejor en la historia de
la pelota avileña. La generación perdida, diría sin eufemismo.