|
Abril 28 de 1959: Fidel viaja a Brasil, Argentina
y Uruguay
Despertar la fe de los pueblos
LUIS BÁEZ
Durante su estancia en Nueva York en
abril de 1959, Fidel recibe una invitación del presidente argentino
Arturo Frondizi para participar en Buenos Aires, en la Conferencia de
los 21, iniciativa del mandatario brasileño Juscelino Kubistchek,
donde se abordarán los problemas económicos de la región.
Cuando viajábamos rumbo a Trinidad, donde haríamos escala para
continuar a América del Sur, al sobrevolar La Habana algunos de los
periodistas que lo acompañábamos improvisamos una conferencia de
prensa.
Cuando
Fidel llega a Uruguay, el país había sido azotado por un fenómeno
natural; inmediatamente recorrió las zonas damnificadas.
La conversación realizada en la cabina de la nave se transmite en
directo para el pueblo cubano por las ondas de Radio Rebelde. Una
entrevista a 19 500 pies de altura. Eddy Martín actúa de moderador.
La primera pregunta se la hace este enviado especial y está
relacionada con el mitin efectuado unos días atrás en el Parque
Central de Nueva York.
— Tiene su valor simbólico, su valor moral y su valor emocional, y
entiendo que pasará como un gran evento en la historia de la política
de nuestro país y también entre los grandes triunfos de Cuba y de
nuestra Revolución, porque allí se reunió una masa enorme de
ciudadanos cubanos, latinoamericanos y norteamericanos que atestiguan
la admiración y la simpatía que se ha sabido ganar en el mundo nuestra
causa.
Al preguntársele sobre la Conferencia Económica de los 21 en
Argentina, donde hablará el 2 de mayo de 1959, expresa:
—Vamos a Buenos Aires a mantener los puntos de vista de la
Revolución cubana sobre los problemas económicos de América, y
esperamos encontrar la coincidencia de los demás pueblos hermanos de
América Latina y de los demás pueblos del Continente Americano por
cuanto entendemos que es hora ya de buscar verdaderas soluciones a lo
que constituye la fuente de las grandes preocupaciones, los grandes
trastornos sociales, económicos y políticos de América, que es el
subdesarrollo y la crisis crónica que en el orden económico están
viviendo los pueblos latinoamericanos.
A las 11:07 de la noche del miércoles 29 de abril Fidel llega a
Puerto España, Trinidad, y es recibido por el Primer Ministro Erick
Williams.
El jueves 30 se emprende vuelo hacia Sudamérica. El turbohélice de
Cubana se posa en el campo de aterrizaje de Sao Paulo, donde realiza
una escala de pocas horas.
Tan pronto como se conoce la noticia del arribo de Fidel, la
multitud comienza a congregarse frente al hotel Excélsior. El viajero
enfrenta otra vez las cámaras y la prensa.
—América Latina debe mejorar su mercado interno a fin de
realizar mayor progreso económico...
Más adelante:
—Las dificultades económicas de mi país son las mismas que la de
los demás países latinoamericanos. Nuestras aspiraciones son las
mismas en toda América Latina.
El viajero marcha bajo el signo de la prisa. No es posible preparar
un programa formal pues el presidente Juscelino Kubistchek lo espera
en Brasilia.
La futura capital a 1 200 pies sobre el nivel del mar se levanta en
medio de un lujuriante panorama de selva. La naturaleza retrocedía
vencida por la acción creadora del hombre. El genio del arquitecto
Oscar Niemeyer se puede apreciar en las obras terminadas.
Como el Palacio de la Alvorada, sede presidencial, donde se celebra
el encuentro entre el mandatario cubano y el brasileño. Fabuloso
edificio, hecho de vidrios coleados y de mármol blanco, proyectado en
armonía con las largas líneas del horizonte montañoso.
La entrevista con el presidente de la gran nación del sur transita
entre tazas de aromático café. La expresión satisfecha con la que
luego respondieron a los periodistas sirve de índice para medir el
balance de la charla.
—Da gusto hablar con un hombre que puede realizar un sueño, dijo
Fidel, porque entre otras cosas, tiene el respaldo del pueblo.
Kubistchek, apoyando su mano en el brazo del Primer Ministro,
manifiesta:
— Fidel es un gran héroe de Cuba... Siento que la noble nación
cubana toma nuevos caminos de paz, fe y prosperidad.
La noticia de la proximidad de Fidel acrecía la expectación en
Buenos Aires. El propio comité de los 21 pasaba a un plano secundario,
como si el evento entrara en un compás de espera, pendiente del
pronunciamiento destinado a insuflarle dimensión y contenido.
Detrás de los bastidores, en laboriosos conciliábulos diplomáticos
se allegaron fórmulas para designar al presidente de la reunión. Por
su jerarquía, el cargo correspondía al Primer Ministro de Cuba.
De otro lado, conforme a inocuos formulismos, apunta el nombre del
delegado de Nicaragua. Finalmente se acuerda en escoger al canciller
argentino Carlos A. Florit.
En realidad, a Fidel no le interesa ni le apetece el tedioso papel
de director de debates. Le mueve un afán más alto y su mismo rango
humano no necesita otro escaño que la silla de la delegación isleña.
Por su voz va a hablar la esperanza de América.
UN HÉROE DE NUESTRO TIEMPO
Desde que se anunció el viaje, la embajada cubana en Buenos Aires
se vio asediada por centenares de llamadas. Instituciones porteñas de
todo tipo, representativas de las clases sociales quieren ofrecer
tribuna al legendario guerrillero.
En
Argentina, el doctor Fidel Castro habla durante 80 minutos ante la
Conferencia de los 21, haciendo trascendentales pronunciamientos.
Argentina vive una hora difícil, bajo el agobio de problemas
sociales y políticos. Se desarrolla una marejada de huelgas y se ha
decretado el estado de sitio.
En semejante clima de agitación colectiva la presencia de Fidel
representa un impacto emocional de alcance imponderable. Las esferas
oficiales no disimulan su preocupación. El nerviosismo aumenta cuando
se proyecta un documental que refleja los recibimientos y actos
multitudinarios de Washington y Nueva York.
La acogida, 1:37 de la madrugada del viernes 1 de mayo, sirve de
termómetro para calibrar los sentimientos populares. A pesar de la
hora y del intenso frío, rompiendo los cordones policiales, una
inmensa multitud se hace presente en el aeródromo de Ezeiza a unos
cuarenta kilómetros de la capital.
En los alrededores del hotel Alvear Palace, alojamiento del
visitante, se repiten las escenas de Estados Unidos. En el silencio y
la quietud de un primero de mayo sin manifestaciones públicas ni
desfiles obreros, la zona aledaña pone una nota de excepcional
animación.
El viernes día de los trabajadores, receso para el proletariado
mundial, es de intenso esfuerzo para el Primer Ministro. No sale a la
calle, sino que permanece en sus habitaciones, leyendo y estudiando
los discursos pronunciados hasta ese momento en la Conferencia de los
21. Junto a él Regino Botí y otros miembros de la delegación. En el
transcurso de la jornada recibe al canciller Florit.
Temprano en la mañana del sábado, Fidel abandona el hotel para
dirigirse al moderno edificio de la Secretaría de Comercio, sede de la
reunión. Tras un breve recorrido por la ciudad penetra en el salón de
conferencias.
Antes que le toque su turno intervienen otros oradores. El ministro
de Relaciones Exteriores de Venezuela, Ignacio Luis Arcaya, al
mencionar la presencia de Fidel en el recinto, afirma:
—Tenemos aquí al hombre que representa el símbolo de lucha por la
libertad de América.
Toma la palabra el canciller Florit:
—En mi carácter de presidente de esta reunión tengo el alto honor
de expresar el sentir unánime de los delegados al recibir entre
nosotros al señor delegado de Cuba, doctor Fidel Castro.
Una pausa y añade:
—Creo que no exagero al decir que Castro constituye hoy en América
una figura de brillante relieve por su esforzado trabajo a favor de la
libertad humana y que toda América está pendiente de la realización de
esta gran obra que él está enfrentando arduamente en Cuba. ¡Tiene la
palabra el doctor Castro!
El héroe de la Sierra se pone de pie con las manos en la espalda.
Empieza a hablar pausadamente, espaciando las frases, apenas sin
levantar el volumen de la voz.
—Soy aquí un hombre nuevo en este tipo de reuniones; somos además,
en nuestra patria, un gobierno nuevo y, tal vez por eso, sea también
que traigamos más frescas las ideas y la creencia del pueblo, puesto
que sentimos como pueblo, hablamos aquí como pueblo y como un pueblo
que vive un momento excepcional de su historia, como un pueblo que
está lleno de fe en sus propios destinos... Vengo a hablar aquí con la
fe y la franqueza de ese pueblo.
Emergía como portavoz de la sinceridad. El orador examina el
panorama negativo de las conferencias interamericanas, con sus vacuos
torneos oratorios, con el análisis teórico de los problemas, sin que,
en ningún caso, se levantara una firme solución.
—Los pueblos apenas si se preocupan por las cuestiones que se
discuten en las conferencias internacionales. Los pueblos apenas si
creen en las soluciones a que se llega en las conferencias
internacionales. Sencillamente, no tienen fe...
Hubo movimientos de asentimiento. Nadie había dicho antes, en el
propio escenario de una conferencia, aquellas verdades tan evidentes y
concretas.
—No tienen fe, porque no ven realidades; y no tienen fe, porque las
realidades muchas veces están en contradicción con los principios que
se adoptan y proclaman en las conferencias internacionales... No
tienen fe, porque hace muchos años que los pueblos nuestros están
esperando soluciones verdaderas y no las encuentran...
Agitó repetidamente el brazo derecho, como si estuviera sembrando,
a golpes de martillo, sus ideas. El estilo oratorio con el que se
había ganado la voluntad de las multitudes parecía ejercer su
irresistible influjo en la sensibilidad del auditorio. La palabra fe,
incesantemente repetida, cobraba en su acento matices peculiares.
—Se hace necesario despertar la fe de los pueblos, y la fe de
las masas no se despierta con promesas; la fe de los pueblos no se
despierta con teorías; la fe de los pueblos no se despierta con
retórica... La fe de los pueblos se despierta con realidades, la fe de
los pueblos se despierta con hechos, la fe de los pueblos se despierta
con soluciones verdaderas y nosotros debemos tener muy en cuenta que
el más terrible vicio que se puede apoderar de la conciencia de los
hombres y de los pueblos es la falta de fe y la falta de confianza en
sí mismos.
Fidel hablaba de la fe y de pueblos. Y al decir "pueblo" no se
refería a una persona jurídica ni expresaba un concepto abstracto,
sino que otorgaba a la idea un contorno individual y físico, como una
estampa vívida del hambre y la miseria.
—... Porque no es posible olvidar que esos pueblos existen, que son
realidades de carne y hueso...
Con pasión:
—Al expresar aquí un sentimiento respecto a las fórmulas que se
discuten y se barajan para resolver nuestros problemas, yo diría que
lo primero, lo fundamental, no es solo la fórmula que se busca... Lo
fundamental es la actitud de ánimo con que vamos a aplicar esa
fórmula. Lo fundamental es la cuantía de la medicina que les vamos a
aplicar a nuestros males.
Con firmeza.
—Nosotros podemos llegar a conclusiones correctas, adecuadas, sobre
la solución de nuestros problemas, y emprender esas soluciones
desalentados, escépticos, o bien con la creencia errónea de que los
males que conocemos en su cuantía, en su magnitud y en su alcance, los
vamos a resolver con dosis de remedios que están muy lejos de resolver
verdaderamente el problema.
Elaborando los cimientos de su tesis:
—Aquí se ha dicho que una de las causas del subdesarrollo es la
inestabilidad política. Y quizás la primera verdad que debe sacarse en
claro es que esa inestabilidad política no es la causa, sino la
consecuencia del subdesarrollo.
La ovación no le deja terminar la frase. Cada pensamiento expuesto
encadena al siguiente. La improvisación no afecta la singular
arquitectura del discurso. Ni una sola vez incurre en disquisiciones
marginales ni abandona la idea cardinal.
—Hay que salvar el continente para el ideal democrático, más no
para una democracia teórica, no para una democracia de hambre y de
miseria, no para una democracia bajo el terror y bajo la opresión,
sino para una democracia verdadera, con absoluto respeto a la dignidad
del hombre, donde prevalezcan todas las libertades bajo un régimen de
justicia social, porque los pueblos de América no quieren ni libertad
sin pan, ni pan sin libertad.
Insiste en que las cuestiones políticas son inseparables de los
conflictos económicos, como las dos caras de la misma moneda.
Antes de concluir su histórica intervención, plantea:
—El desarrollo económico de América Latina necesita un
financiamiento de 30 mil millones de dólares en un plazo de diez años.
Como si hubiera recibido un corrientazo de 220 watts, el auditorio
se pone de pie a la vez que una cerrada ovación apoya el
pronunciamiento del líder cubano.
Quien no recibe con agrado la propuesta es Thomas Mann —nada tiene
que ver con el novelista—, jefe de la delegación norteamericana, quien
se apresura a declarar: "No contestaré a esa petición".
Pero el subsecretario de estado, Douglas Dillon, dice ante la
Comisión de Relaciones Exteriores del Senado: "La cifra pedida por
Castro es mucho más de lo que podemos aportar. Treinta mil millones
son muchos millones".
Inmediatamente, la iniciativa es calificada en Washington de
ridícula y demagógica. Sin embargo, menos de dos años después, el
presidente John F. Kennedy ofrecería 25 000 millones de dólares para
el desarrollo de América Latina, de acuerdo con el programa de la
Alianza para el Progreso. Fidel, entonces, riéndose, comentaría que se
trataba de un intento de arrebatarle su iniciativa.
Fidel tenía una percepción extraordinaria sobre las necesidades y
actitudes de Latinoamérica que ninguna Administración de los Estados
Unidos podría o querría comprender en las siguientes décadas.
Y el contraste entre su viaje triunfador y el recorrido del
vicepresidente Nixon, entre pedradas y salivazos, a través de América
del Sur un año antes, destacaba el estado de ánimo reinante en esa
región del globo.
El matutino La Nación se refirió de la siguiente manera a Fidel:
"Un héroe de nuestro tiempo. Si el rostro es el espejo del alma, el
alma de Fidel Castro tiene la lealtad, la nobleza y la grandeza de los
seres excepcionales".
Antes de partir de Buenos Aires, Fidel concurre a Cabello 3589
donde almuerza con su tío Gonzalo Castro, de 79 años, hermano de su
padre Ángel, que reside en Argentina desde 1913.
También visita en su residencia a los padres de Che Guevara y
sostiene una entrevista de cuarenta y cinco minutos en la residencia
presidencial de "Los Olivos" con Arturo Frondizi.
DÉJEME TOCARLO
De Argentina, Fidel se traslada a Uruguay que está viviendo
momentos muy difíciles por el desbordamiento del Río Negro que ha
producido numerosas víctimas y cuantiosos daños materiales en algunas
ciudades del interior del país.
—¡Fidel es nuestro!
De los balcones, en la terraza del aeropuerto de Carrasco de
Montevideo, cuelga el cartel de bienvenida. Hombres y mujeres alzan en
brazos a sus hijos para que capten siquiera una visión fugaz del paso
del líder revolucionario. Centenares de manos se extienden en su afán
de estrechar la diestra de Fidel. Los cordones de protección ceden al
suave requerimiento del pueblo.
—Fidel es nuestro señor; déjeme tocarlo...
Es un permanente desbordamiento de entusiasmo, sin vacíos de
reposo. Hay algo de mayor hondura que la simple admiración por el
héroe. La aguda sensibilidad de la patria de José Artigas se percata
lúcidamente de la dimensión política de Fidel.
Desde de la misma Terminal Aérea, a través de las cadenas de radio,
pronuncia las primeras palabras de saludo.
La escena se repite más tarde en las extensas zonas arrastradas por
las inundaciones. Habla con los damnificados. Su presencia contribuye
a levantar los ánimos.
En Chamberlain, una de las ciudades afectadas por la crecida, el
Primer Ministro elogia el esfuerzo de los comandos de emergencia del
ejército que auxilian a las víctimas del desastre. Las tropas en
formación, le rinden honores a los acordes del himno nacional del
Uruguay.
—Esta misión, comenta Fidel, ayudar y servir al pueblo en su
infortunio, es la más alta tarea que puede realizar un ejército de
América.
A su regreso a Montevideo, frente al hotel Victoria Plaza, la
policía moviliza refuerzos para rescatar a Fidel de la marea popular.
A pesar de que sopla un airecillo frío de otoño austral, gotas de
sudor le mojan la frente.
Al atardecer se dirige a la Casa de Gobierno a cumplimentar la
usual visita de cortesía al presidente del Consejo, Martín Etchegoyen.
La charla con el político uruguayo y sus ministros se efectúa en
presencia de los periodistas, a la sombra de un gigantesco cuadro del
prócer José Artigas. Se habla de la conferencia de los 21, de la gesta
cubana, de la catástrofe de Río Negro, de la generosa hospitalidad
uruguaya.
La inevitable rueda de prensa abarca diversos temas. Sobre la
conferencia económica celebrada en Buenos Aires, expresa:
—El mercado común del continente representaría un gran paso hacia
la futura unión política, en una confederación de los estados
latinoamericanos, como fue el sueño de nuestros fundadores...
En la noche, el apasionado interés de Montevideo, se traslada hacia
la explanada municipal para escuchar y ver al líder revolucionario. El
pueblo se derrama por las calles. Jamás la ciudad había presenciado
una concentración semejante. El calor de la multitud compensa la fría
temperatura. Ya frente el micrófono, entre otras cuestiones, Fidel
destaca:
—Es que hemos implantado fronteras artificiales que han creado
diferencias donde no existen. Hemos creado ficciones en medio de
verdades que son evidentes. Hemos cerrado los ojos ante ellas y hemos
vivido en medio del absurdo, sin que voces aisladas o voces unánimes
de todos nuestros pueblos empezasen a comprender la verdad de nuestra
debilidad, la verdad de nuestra impotencia, la verdad de nuestra
infelicidad.
Precisa:
—Es que siendo unos, enteros, hemos vivido separados, hemos vivido
alejados, hemos vivido divididos. Hemos vivido al margen de lo que
pudo habernos hecho grandes; de lo que pudo habernos protegido de la
impotencia.
Con vehemencia:
—Hemos vivido al margen de la orientación de nuestros libertadores,
a los que hemos levantado estatuas, a los cuales hemos dedicado
millares de ramos de flores, millones tal vez de discursos, pero a los
que no hemos seguido en la esencia pura de su pensamiento.
Redondeando la idea:
—Parécenos que si se presentaran hoy ante nosotros, desde Simón
Bolívar hasta José Martí, desde José de San Martín hasta Artigas, y
con ellos todos los próceres de las libertades de América Latina nos
reprocharían vernos como nos encontramos todavía y se preguntarían si
ésta es la América que ellos soñaron, grande y unida, y no el racimo
de pueblos divididos y débiles que somos hoy.
En la huella de una ovación aborda las profundas razones que
explicaban la extraordinaria concentración. Ni la curiosidad, ni el
mérito, ni la gratitud política podían hacer el milagro de reunir a
millares de uruguayos para escuchar la palabra de un gobernante de
otra tierra.
—¿Qué es lo que reúne a los pueblos si no es una aspiración, si no
es una conciencia latinoamericana, si no es un decoro que late en el
corazón de todos nosotros? ¿Qué quiere decir que a mí no se me mire
como a un extranjero, palabra indigna para calificarnos los hermanos
de América Latina?
Cada pregunta tenía un vigoroso acento afirmativo:
—¿Qué quiere decir sino que hay una conciencia que despierta en
todo el continente? ¿Qué quiere decir esto sino que la América va
madurando para la gran tarea que debe realizar en el mundo, para
cumplir también su rol en el mundo, para llevar adelante los sueños y
aspiraciones a que tienen derecho todos los pueblos?
Con emoción advierte:
—Si la revolución cubana, por errores de los cubanos, por la
traición de sus líderes, por falta de sentido de responsabilidad,
lejos de conducirla al triunfo la llevan al fracaso, seremos
responsables ante los ojos de América de haber dado muerte a una de
sus más hermosas esperanzas.
Finaliza:
—Al igual que hoy nuestros corazones pueden abrazarse por encima de
esas barreras que absurdamente se interponen entre ustedes y nosotros,
porque ustedes son llamados uruguayos y nosotros somos llamados
cubanos, tenemos pasaportes distintos, leyes distintas... Al igual que
hoy nos abrazamos por encima de esas barreras, en un futuro más o
menos lejano, si nosotros no lo vemos, nuestros hijos pueden abrazarse
con los corazones, sin barreras de ninguna clase.
UN MAR EN RÍO
El martes cinco la comitiva viaja rumbo a Río de Janeiro. Antes de
posarse en el aeropuerto de Galeao, desde la nave se puede observar la
bahía en forma de media luna y los recios mogotes del Pan de Azúcar y
el Corcovado.
En
Brasil, se congregaron más de 500 periodistas para la conferencia del
líder de la Revolución cubana.
Le dan la bienvenida el ministro de Relaciones Exteriores,
Francisco Negrao de Lima; el representante presidencial, general
Nelson Melo; el embajador brasileño en Cuba, Vasco Leitao da Cunha, y
el representante diplomático cubano en Brasil, Rafael García Bárcenas.
La primera actividad de Fidel es en la Associacao Brasilera de
Imprensa, en una de las salas del complejo Heitor Beltrao. Responde a
numerosas interrogantes de los periodistas cariocas.
Durante su estancia en Río de Janeiro, Fidel sostiene diversas
entrevistas. Habla nuevamente con el presidente Juscelino Kubitsheck y
con el vicepresidente Joao Goulart.
En el transcurso de una entrevista por televisión, Fidel lee un
artículo de Ernest Hemingway. El autor de El Viejo y el Mar,
plantea:
—Creo en la causa del pueblo cubano. Algunos oficiales de Fulgencio
Batista eran hombres buenos y honestos, pero muchos de ellos era
ladrones, sádicos y torturadores. Algunas veces torturaron a niños tan
malamente que los mataron. Sus cuerpos fueron encontrados mutilados.
A renglón seguido:
—Las ejecuciones (de los esbirros batistianos) fueron necesarias.
Si el gobierno no hubiera fusilado a esta gente, los hubieran
asesinado por venganza. El resultado serían las vendettas personales
por todos los campos y ciudades... Confío ampliamente en la revolución
de Castro porque tiene el apoyo del pueblo cubano. Creo en su causa.
Cuba ha sido buena para mí. Es un maravilloso lugar para vivir. Viví y
trabajé allí...
Esa noche, Fidel asiste a una concentración pública convocada por
la Unión Nacional de Estudiantes. El discurso de dos horas mantiene la
tónica americana que preside su gira.
El jueves siete, el Primer Ministro inicia su viaje de retorno a la
Isla. Noche en Puerto España y de allí hacia la patria.
REGRESO A CASA
El espectáculo no es nuevo para la capital. Desde el triunfal
primero de enero, La Habana ha vivido horas similares. Alegría en las
calles, emoción en los rostros, banderas en los balcones, columnas de
mujeres y hombres respondiendo a una convocatoria de entusiasmo.
A las 3:15 de la tarde la torre de control registra la presencia
del avión aproximándose a la capital. Aparatos de la Fuerza Aérea
Revolucionaria escoltan a la nave cuando penetra en cielos cubanos.
Al
pasar sobre Cuba, los periodistas que integraron la comitiva
entrevistaron a Fidel lo que se escuchó por radio y fue reproducido en
todos los periódicos. Eddy Martin (a la derecha) fue el moderador.
Flanqueado por Raúl baja las escalerillas del Britannia. La banda
de música de la policía Nacional entona las notas del Himno Nacional y
luego las del 26 de Julio.
En medio de la multitud, Fidel monta en un jeep abierto. Junto a él
se encuentran compartiendo la jubilosa demostración, Raúl, Camilo
Cienfuegos, Che, Juan Almeida, Ramiro Valdés y Efigenio Ameijeiras.
Miles de capitalinos lo vitorean a su paso por la avenida de Rancho
Boyeros. Frente al edificio de Bohemia, Fidel reclama un ejemplar de
la última edición de la revista, puesta a la venta ese propio día.
Inmediatamente se pone a hojearla.
La Plaza Cívica —hoy Plaza de la Revolución— y las avenidas
colaterales se encuentran repletas de pueblo.
Violeta Casals, como en los días de la guerra, hace la
presentación. Son las 7:40 de la noche. Fidel, con su ademán
característico, hace pantalla con la mano sobre los ojos para
disfrutar del hermoso panorama.
Comienza diciendo:
—Salimos de la Patria, no a limitar nuestra revolución, salimos de
la Patria a fortalecer nuestra revolución... Salimos de la Patria, no
a negar nuestra revolución, sino a reafirmarla... A decir a los
pueblos del continente las causas que tuvimos para hacerla y las
razones que tenemos para llevarla adelante... Hemos respondido a las
preguntas de cientos de periodistas, hemos hablado aproximadamente a
cien millones de personas. Tuvimos que hablar en un idioma que no era
el nuestro, y nos entendieron...
Establece un paralelo entre el recibimiento del 8 de enero y este
del 8 de mayo. Entonces afloraba un júbilo cuajado de esperanzas.
Ahora, a cuatro meses de distancia, es la alegría serena y confiada de
una nación que se enfrenta al porvenir.
—¿Temor por qué, de una revolución cuyas ideas y fines están
nítidamente claros? ¿Temor por qué, de una revolución que se lleva
adelante bajo un cielo enteramente claro? ¿Temor por qué, de una
revolución que es tan respetuosa con los derechos y la dignidad del
hombre? ¿Temor por qué, de una revolución donde todo el mundo puede
hablar y escribir libremente? ¿Temor por qué, de una revolución donde
las ideas no se imponen, sino que se razonan, donde las ideas no se
imponen, sino que se discuten?
Argumenta:
—¿Por qué los pueblos no van a tener derecho a su propia ideología
nacida de la entraña de la tierra, nacida de las necesidades del
pueblo, nacida del corazón de los pueblos, nacida de la esperanza de
los pueblos y nacida de las aspiraciones de los pueblos?
Un alto mientras se lleva la mano a la garganta enronquecida.
Camilo le ofrece una botella de agua mineral. Fidel pasea la mirada
por el grupo verde olivo que le rodea.
—Nadie hizo con tanto desinterés y con tanta pureza lo que han
hecho nuestros hombres... Ni con tanta lealtad a la nación y
generosidad lo que han hecho nuestros hombres. Y no eran académicos,
no eran doctores, ni eran generalotes, ni son generalotes... Son
modestos comandantes de un ejército que ganó una guerra...
Cierra su oración el recuerdo de Antonio Guiteras:
—Antonio Guiteras: Por primera vez podemos conmemorar un 8 de mayo
enteramente soberano y libre. Antonio Guiteras, por primera vez
podemos conmemorar un 8 de mayo digno, porque los hombres que a ti té
asesinaron, ya no empuñan armas ni volverán a empuñarlas jamás. Porque
el ejército que a ti te asesino, cayó vencido y destruido por los
gallardos combatientes de tu pueblo. Y porque el tirano que a ti te
asesinó hubo de morder, esta vez, y para siempre, el polvo de la
derrota, y huyó cobardemente de esta tierra que ensangrentó, pero
donde nunca más volverá a pisar con sus botas.
Ha hablado durante cuatro horas. El auditorio de seis millones de
cubanos ha quedado satisfecho.
Durante 23 días el líder cubano mezclado con la muchedumbre
donde quiera que fuese —en los Estados Unidos, Canadá y América del
Sur— ha sido siempre fácil blanco para un asesinato. Sin embargo, en
ningún sitio se hizo jamás un intento público de agresión contra su
persona. Cuando le mostraron en Nueva York unos titulares de prensa
que anunciaban una conspiración para asesinarle, Fidel sonrió y
comentó:
"Eso no me preocupa. No viviré ni un día más allá del día de mi
muerte". |