La juventud contagia con sus deseos de vivir, especialmente a
quienes ya no lo somos tanto —aunque permanezcan invariables los
deseos de seguir adelante—, máxime si nos atrapa un ambiente como el
que se respira hoy en Venezuela.
Y hasta aquí, para ofrecer lo mejor del deporte, han viajado
nuestras figuras más sobresalientes (solo faltan algunas), y ya se
les ve por doquier, con sus bolsos al hombro, sudorosos, risueños,
jaraneros, enamorados de sus sueños, atravesando los umbrales de las
excelentes instalaciones que esta tierra bolivariana ha puesto a
disposición de Latinoamérica… y de cuántos quieran venir de lejanas
latitudes.
Es la fiesta de todos, solo es preciso decir SÍ a la invitación
de Chávez y su pueblo. Porque nos quieren aquí, reunidos en apretado
haz de naciones en busca de su definitiva redención, y quizá no haya
una manera más noble de redimirse que hacerlo entre el triunfo y el
llanto provocado por el deporte.
La cifra no es lo importante. Si son 4 000 asistentes, bien. Si
se sobrepasan los 20 países asistentes, mejor. Pero la esencia de
estos II Juegos del ALBA no estriba en cuestiones de números
encerrados en una ligera cuartilla. Los Juegos son celebración,
hermandad, integración, solidaridad, esfuerzo, inspiración, unión.
Los Juegos son… una fuerza desatada hacia el futuro, que como
dicen por acá, ya nada la detiene.