La
euforia triunfal de 1959 y los tempranos sesenta y la fusión de los
héroes y las masas en las calles se revelan como una iconografía
entrañable: un fragmento de la memoria del pueblo cubano late en esas
vivencias atesoradas en fotos de la época, en la prensa del momento,
en los relatos de testigos plasmados en una serie de dibujos de
reciente factura de un artista que, curiosamente, no había nacido aún
cuando aquello acontecía: Javier Guerra.
Conciencia del pasado para una visión del presente. De eso trata
Barbudos, la serie de dibujos que Javier desplegó a lo largo de
abril en la galería de 23 y 12 en el Vedado. La obra capta, desde una
dinámica muy peculiar, el tiempo de cambio. El oficio del dibujante
sustenta la explosión de imágenes tratadas con la pátina amorosa que
suele vencer los desafíos del calendario. La disposición de las piezas
en la galería sugiere la densidad caleidoscópica que impregnó la
documentalística de Santiago Álvarez. El impacto visual del conjunto
no resta méritos a la minuciosidad del trazo ni a la composición de
los detalles.
El espacio para mostrar la serie es parte viva de aquellos tiempos
de nuevas experiencias y utopías. Todavía resuenan allí las palabras
de Fidel al proclamar el carácter socialista de la Revolución y el
fervor de los milicianos que partirían al combate contra la invasión
mercenaria.
Vale citar la precisión que el poeta Bladimir Zamora acota en la
nota que reseña la exposición: "Es obra ajena al encargo, hija del
desprejuiciado sentido de íntima pertenencia, como decir del agua y de
la luz, de la realidad que se nos vino encima, gracias a Fidel y a los
demás barbudos".
Así Javier Guerra recrea y anima aquellos momentos de júbilo,
definición y esperanza, una herencia que el artista comparte sin tener
que inventarse la nostalgia. Barbudos nos hace creer en la
noble confluencia de rigor estético y vigor ético.