Estados Unidos

Terrorismo doméstico

ORLANDO ORAMAS LEÓN

Regine Rohde estudiaba en la Columbine High School, Colorado, cuando hace ocho años dos condiscípulos, Eric Haris y Dylan Blebod, armados hasta los dientes y encapuchados, abrieron fuego y asesinaron a 12 de sus compañeros y a un profesor.

Cho Seung Hui, estudiante de 23 años, devenido asesino múltiple.

El centro de los disparos fue la cafetería de la institución docente, de donde ella pudo escapar del ametrallamiento, cuyos motivos siguen siendo oscuros, pero siempre asociados a la violencia y enajenación provocadas por aquella sociedad.

Aquel ataque fue archivado como uno de los más mortíferos ocurridos en planteles escolares estadounidenses, y ni el FBI ni la policía local se cuestionaron siquiera si habían asistido a un acto terrorista.

Desde entonces Regine Rohde ha estado escuchando la palabra terrorismo y conocido, por los discursos del presidente George W. Bush, que tal flagelo motivó una cruzada global de la Casa Blanca y dos guerras en latitudes bien lejanas: Afganistán e Iraq.

Ella no sufrió en carne propia los sucesos traumáticos en las torres gemelas en Nueva York y el Pentágono, pero desde antes tardó en dejar de imaginar que sería objeto de un ataque. "Llega el día en que puedes volver a hacer tu vida normal, de todos los días, y dejar de mirar todo el tiempo a tu alrededor, por si alguien intenta acabar con tu vida, aunque nunca vuelves a tener la completa tranquilidad, a sentirte segura", confesó en una entrevista.

DE COLUMBINE A VIRGINIA TECH

Así se sentía, hace unos días en que reiniciaba clases después del fin de semana, esta vez en el Instituto Tecnológico de Blacksburg, Virginia, al igual que otros 26 000 educandos.

Esa Universidad había recibido amenazas de bombas, que provocaron suspensiones parciales de clases, pero nada hacía augurar la tragedia que se abocaba aquel lunes negro.

De ese color llegó vestido Cho Seung Hui, con el rostro semicubierto y sin los libros de la licenciatura en Filología, en Lengua Inglesa. En su mochila traía pistolas, candados y cadenas, complementos de todo el horror y muerte premeditado en quien sabe cuántas horas de soledad, desequilibrio y marginación.

De 23 años y origen sudcoreano, Cho emigró, con apenas ocho años junto a su familia, a Estados Unidos. Era parte de una minoría, y en sus años de estudio había sentido la diferencia, según se desprende de los videos y testimonios que dejó a manera de testamento y explicación de la barbarie.

Disparó casi 200 veces con las pistolas que compró sin ningún problema en armerías de ese estado, uno de los que menos controles aplica para la venta de armas de fuego, en el país más liberal, (o irresponsable) en la materia.

Regine no estuvo en la línea de fuego, en la que murieron 32 estudiantes y profesores, y resultaron heridos otros 29 educandos.

¿ACTO TERRORISTA?

A diferencia de la masacre en Columbine, esta vez el FBI se cuestionó si la matanza en la Universidad de Virginia fue un acto terrorista. La conclusión fue negativa.

Quizás la interrogante estuvo latente porque el asesino nació fuera de Estados Unidos. Pero probablemente la conclusión tomó en cuenta que Cho no era palestino, iraquí, jordano, saudita, yemenita o persa.

Tampoco musulmán, ni se había pronunciado respecto a la guerra en Iraq, ni se comprobaron nexos con los atentados del 11-9, aunque su suicidio pudo levantar suspicacias con los ataques de tal tipo en Iraq, Afganistán y otros países en la mira de la cruzada antiterrorista de Washington.

Las armas utilizadas no fueron suministradas por Al Qaeda. Por el contrario. Las pistolas del asesino, calibres nueve y 22 mm, son apenas dos de los 200 millones de armas que portan los ciudadanos de Estados Unidos, y cuyos disparos provocan unas 30 000 muertes cada año.

Según la enciclopedia Wilkipedia, el término terrorismo es comprendido como "una sucesión de actos de violencia que se caracteriza por inducir terror en la población civil de forma premeditada".

Y sigue: "Dentro de los comportamientos forzados por la amenaza del terrorismo en dicha población civil se incluyen la aceptación de condiciones de muy diversa índole: políticas, económicas, lingüísticas, de soberanía, religiosas, etc. Cuando este tipo de estrategias es utilizado por gobiernos oficialmente constituidos, se denomina terrorismo de Estado".

La matanza de Cho tiene todas las trazas de ser un acto terrorista, cometido en un país cuyas políticas domésticas resultan caldo de cultivo para ataques como el de Virginia Tech o el que le sucedió poco después en el Centro Aeroespacial Johnson, de la NASA, en Texas, donde un empleado asesinó a un rehén y luego se quitó la vida.

Todo pese al flamante y poderoso Departamento de Seguridad de la Patria y la Ley Patriota, que cercenan libertades en nombre de la batalla antiterrorista.

Y ni hablar de la política exterior de Washington, que convirtió a Iraq en escenario de combate de Al Qaeda y de guerra confesional, mientras prevalece la inseguridad mundial junto a restricciones de todo tipo y en los más diversos países.

Claro que para Washington la definición de Wilkipedia resulta inaceptable, y ello explica que en Naciones Unidas no se pongan de acuerdo sobre un término que gravita en las relaciones internacionales, y que tiene al mundo en vilo por las guerras actuales y las futuras, "preventivas".

Detrás de todo ello está el doble rasero de la Casa Blanca, cómplice de Posada Carriles, carcelera de los Cinco y corresponsable del terrorismo doméstico en Estados Unidos, que se repite aunque lo pretendan camuflar.

 

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