Recorrer la exposición de grabados japoneses, que por varias
semanas, gracias a la colaboración entre la Oficina del Historiador
de la Ciudad, la Japan Foundation y la Embajada de Tokio en La
Habana, ha ocupado parte del Convento de San Francisco, suscita,
junto al disfrute, una reflexión: hasta qué punto la balanza entre
la tradición y la modernidad es decisiva en el arte contemporáneo de
esa nación.
El envío visto por nosotros nos pone al día acerca de nombres
esenciales del grabado y las artes plásticas en general en el
periodo que va de 1950 a 1990, etapa en la que el país asiático
restañó las heridas de la guerra e irrumpió como potencia económica
mundial, con el alma y el cerebro puestos en función de la
innovación tecnológica y la competencia con Estados Unidos y las
naciones industrializadas de Europa.
Pudiera pensarse que ese contexto incentivó el cosmopolitismo
evidente en buena parte de las estampas, que emulan con las
tendencias al uso en Londres, París, Nueva York y Milán, y hasta en
algunos casos parecen ganar la porfía. Basta contemplar la
contención con que concibe el arte óptico Kumi Sagai, la sagacidad
con que Chimei Hamada asimila las influencias de Dubuffet, y la
especulación constructivista de Jiro Takamatsu, realizada
curiosamente en los mismos días en que entre nosotros, allá por los
sesenta, Frémez recuperaba para el arte cubano ese procedimiento.
Sin embargo, a un ojo atento no debe pasar por alto cierta
determinación artística por encontrar caminos cruzados entre
Occidente y Oriente. La pieza de Toyoshige Watanabe, de inmaculado
poder sintético; la manipulación fotográfica de Katsuro Yoshida; y
la ascética geometría de Kojin Tomeyama, tienen mucho que ver tanto
con la tradición caligráfica como con la visualidad vernácula
heredada. Y si el tratamiento pop de las figuraciones de Ushio
Shinohara nos sorprende, habrá que buscar las raíces de su peculiar
uso del color y el dibujo en las mangas, tiras cómicas japonesas que
deberíamos conocer mejor.
En todo caso, aunque no tengamos una respuesta completa, ni
siquiera esbozada, para el problema que planteamos al inicio de esta
nota, al menos nos queda, gracias a esta exposición, una idea acerca
de cómo Japón no es una plaza cualquiera en el arte del grabado,
sino un punto de referencia técnico, artístico y conceptual muy a
tener en cuenta.