En 1992, en una de
las coyunturas más tensas y difíciles de la Revolución, el Consejo
Nacional de la UNEAC dio a conocer el documento La cultura cubana
de hoy: temas para un debate. Entonces, cuando apenas podíamos
imaginar una salida para la crisis, y nuestras instituciones
culturales sufrían una brutal recesión, el documento defendía la
función crítica y reflexiva de la cultura y la necesidad de
consolidar espacios de discusión. Ratificaba, además, que el
proyecto socialista cubano era la "única alternativa realista y
posible para preservar la obra revolucionaria y la propia existencia
de nuestra nación" y añadía: "confiamos, por demás, en la inevitable
reorganización del pensamiento de izquierda que debe producirse en
los años 90, un proceso en el que la intelectualidad cubana puede
hacer aportes decisivos".
"Lo primero que hay que salvar es la cultura", diría Fidel, un
año más tarde, en el V Congreso de la UNEAC, y esta decisión comenzó
a materializarse poco tiempo después en el respaldo al trabajo de
instituciones culturales de base y en importantes inversiones.
Nuestras discusiones en el VI Congreso, en 1998, se concentraron
en la repercusión entre nosotros del hegemonismo cultural
imperialista, la expansión desenfrenada de una cultura del consumo
apoyada en las redes mediáticas, el intento de imponer un gusto
estandarizado y un pensamiento único, neocolonial, y el peligro que
corría nuestra identidad ante el embate de tales procesos. En aquel
encuentro, junto a Fidel, analizamos fenómenos como la marginalidad,
la discriminación racial, el gerencismo, la asimilación acrítica de
los patrones del mercado, el desconocimiento de nuestras jerarquías,
la degradación y miamización en la arquitectura y en la ciudad y la
banalidad en los medios.
Hoy, al iniciar el proceso preparatorio para nuestro VII
Congreso, podemos decir, sin triunfalismo, que gracias a la voluntad
de la dirección del país y al trabajo de escritores, artistas y
promotores, se ha ido restaurando el tejido cultural de la nación.
Sin embargo, como nos alertó el propio Fidel en su intervención en
la Universidad de la Habana, el 17 de noviembre de 2005, estamos muy
lejos de haber hecho irreversibles los valores humanistas de la
Revolución. Esta batalla ética a la que se nos convoca, tiene que
animar nuestras reflexiones. Es más urgente que nunca luchar contra
todas las expresiones de colonialismo cultural presentes entre
nosotros y contra la persistencia de fenómenos sociales ajenos a
nuestros valores y contrarios al proyecto socialista. Debemos
convertir la auténtica cultura en parte esencial de la vida
cotidiana del pueblo y seguir dando prioridad al trabajo
comunitario. Al propio tiempo, se hace imprescindible que
participemos activamente en la convocatoria mundial por frenar la
destrucción del medio ambiente y en todos los grandes temas del
debate internacional de hoy.
Nuestros propósitos, y nuestros fines, siempre dentro de la
Revolución, pasan necesariamente por la defensa de la diversidad,
por el debate de ideas, la franqueza y el rigor en las discusiones.
Cuando la UNEAC acaba de cumplir cuarenta y cinco años, convocamos a
un nuevo Congreso, y nuestra mayor aspiración es que participemos
todos en el análisis de estos y otros temas. Se abre una nueva etapa
de reflexión y estímulo para el trabajo intelectual y artístico en
esta "hora del recuento y de la marcha unida".
Aquella "reorganización del pensamiento de izquierda" a que
aludía nuestro Consejo en 1992 ha ido mucho más lejos: asistimos hoy
a un nuevo y esperanzador auge revolucionario en América Latina y el
Caribe. Tenemos la oportunidad histórica tantas veces pospuesta de
realizar el sueño de nuestros fundadores, sólo posible desde la
cultura y las ideas.