Hace
justo dos años el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz acudía una vez
más a esa arma insuperable que es la denuncia pública contra las
injusticias. Durante una comparecencia especial en el Palacio de las
Convenciones, ante la prensa y familiares de las víctimas del
terrorismo, ofrecía oportunos elementos acerca de la entrada en
territorio estadounidense del connotado criminal Luis Posada Carriles.
Diecinueve días llevaban allí entonces el asesino y sus
acompañantes de viaje, y ni una sola palabra habían pronunciado las
autoridades del imperio. Comenzaba así una situación embarazosa que
dura hasta nuestros días. El gobierno de los Estados Unidos portaba en
su vientre un monstruo, y no sabía de qué forma sacarlo a la luz.
¿Cómo entender tal amparo a Posada Carriles?, se preguntaba el
Comandante en Jefe, para responderse con la propia frase de W. Bush:
"Si usted da refugio a un terrorista, si apoya a un terrorista, si
alimenta a un terrorista, usted será tan culpable como los
terroristas".
La cobija brindada por la administración norteamericana representa
una afrenta a las personas que han perdido a sus seres queridos por
causa de los atroces actos terroristas, definía Fidel; un ultraje a
los ciudadanos estadounidenses que murieron en las Torres Gemelas de
Nueva York.
El emplazamiento del Jefe de la Revolución contenía todas las
pruebas de la complicidad de Washington, desde el indulto, liberación
y salida de Panamá de Posada y compañía, hasta su llegada a Miami.
Antes, con un pasaporte estadounidense falso, se movió el
terrorista por Centroamérica; y en una embarcación tipo camaronera, de
bandera norteamericana, llamada Santrina, arribó cerca de las costas
de Isla Mujeres, en México.
La enigmática entrada a los Estados Unidos violaba el sinnúmero de
medidas adoptadas por las autoridades de ese país, luego de los
atentados del 11 de septiembre del 2001. De nada sirvió la veintena de
entidades agrupadas en el nuevo Departamento de Seguridad de la
Patria, con una plantilla de 180 000 empleados y un presupuesto que en
el 2005 alcanzó los 30 000 millones de dólares.
¿Cómo fue posible tanta incapacidad para impedir la entrada de un
terrorista?, cuestionaba Fidel.
La intención de encubrir al terrorista internacional resulta
evidente. Si bien Estados Unidos no otorga oficialmente asilo político
a Posada, porque ello generaría lógicas acusaciones por albergar a un
reconocido criminal, razones obvias indican que los gobernantes del
imperio nunca lo juzgarían en su territorio como terrorista, ni lo
someterían a un tribunal internacional, y mucho menos lo extraditarían
a Venezuela.
Lo logrado en el complejo camino de hacer justicia es apenas la
presentación de un Jurado Federal en el distrito occidental de Texas
de una acusación formal contra Posada por siete cargos, que incluyen
fraude en el proceso de naturalización, y por ofrecer información
falsa durante las entrevistas ante oficiales del servicio migratorio.
Pero lamentablemente en este caso, y para descrédito del gobierno
de los Estados Unidos, de terrorismo no se habla.