Caso Posada Carriles

La denuncia oportuna del Comandante

ALBERTO NÚÑEZ BETANCOURT

Hace justo dos años el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz acudía una vez más a esa arma insuperable que es la denuncia pública contra las injusticias. Durante una comparecencia especial en el Palacio de las Convenciones, ante la prensa y familiares de las víctimas del terrorismo, ofrecía oportunos elementos acerca de la entrada en territorio estadounidense del connotado criminal Luis Posada Carriles.

Diecinueve días llevaban allí entonces el asesino y sus acompañantes de viaje, y ni una sola palabra habían pronunciado las autoridades del imperio. Comenzaba así una situación embarazosa que dura hasta nuestros días. El gobierno de los Estados Unidos portaba en su vientre un monstruo, y no sabía de qué forma sacarlo a la luz.

¿Cómo entender tal amparo a Posada Carriles?, se preguntaba el Comandante en Jefe, para responderse con la propia frase de W. Bush: "Si usted da refugio a un terrorista, si apoya a un terrorista, si alimenta a un terrorista, usted será tan culpable como los terroristas".

La cobija brindada por la administración norteamericana representa una afrenta a las personas que han perdido a sus seres queridos por causa de los atroces actos terroristas, definía Fidel; un ultraje a los ciudadanos estadounidenses que murieron en las Torres Gemelas de Nueva York.

El emplazamiento del Jefe de la Revolución contenía todas las pruebas de la complicidad de Washington, desde el indulto, liberación y salida de Panamá de Posada y compañía, hasta su llegada a Miami.

Antes, con un pasaporte estadounidense falso, se movió el terrorista por Centroamérica; y en una embarcación tipo camaronera, de bandera norteamericana, llamada Santrina, arribó cerca de las costas de Isla Mujeres, en México.

La enigmática entrada a los Estados Unidos violaba el sinnúmero de medidas adoptadas por las autoridades de ese país, luego de los atentados del 11 de septiembre del 2001. De nada sirvió la veintena de entidades agrupadas en el nuevo Departamento de Seguridad de la Patria, con una plantilla de 180 000 empleados y un presupuesto que en el 2005 alcanzó los 30 000 millones de dólares.

¿Cómo fue posible tanta incapacidad para impedir la entrada de un terrorista?, cuestionaba Fidel.

La intención de encubrir al terrorista internacional resulta evidente. Si bien Estados Unidos no otorga oficialmente asilo político a Posada, porque ello generaría lógicas acusaciones por albergar a un reconocido criminal, razones obvias indican que los gobernantes del imperio nunca lo juzgarían en su territorio como terrorista, ni lo someterían a un tribunal internacional, y mucho menos lo extraditarían a Venezuela.

Lo logrado en el complejo camino de hacer justicia es apenas la presentación de un Jurado Federal en el distrito occidental de Texas de una acusación formal contra Posada por siete cargos, que incluyen fraude en el proceso de naturalización, y por ofrecer información falsa durante las entrevistas ante oficiales del servicio migratorio.

Pero lamentablemente en este caso, y para descrédito del gobierno de los Estados Unidos, de terrorismo no se habla.

 

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