La doctrina propagandística estadounidense —un campo en el que ha
marcado la pauta desde hace muchos años con técnicas muy depuradas— ha
enaltecido la "credibilidad" como requisito indispensable para que los
medios triunfen con sus "mentiras" cuando necesiten acudir a ellas.
Una suerte de regla no escrita precisa a los grandes medios,
aquellos que el gobierno controla a nombre del establishment, a
no faltar innecesariamente a la objetividad, a fin de tener
credibilidad a la hora buena.
A ello atribuyen algunos especialistas en asuntos mediáticos el
hecho de que Washington haya logrado tan amplia aceptación en la
opinión pública de su país para sus falsedades en momentos cruciales,
como cuando ha necesitado justificar una declaración o una acción de
guerra.
Recuérdese la explosión del acorazado Maine en la bahía de La
Habana; los incidentes del Golfo de Tonkin y la presencia de armas de
destrucción masiva en Iraq, que respectivamente sirvieron de
justificaciones para lanzar las guerras contra España en 1898, Viet
Nam en 1964 e Iraq en el 2003.
Estados Unidos ha sorprendido al mundo por la ingenuidad con que su
opinión pública ha asimilado las versiones oficiales acerca del
asesinato del presidente John F. Kennedy y el abominable acto
terrorista contra las torres gemelas del World Trade Center de Nueva
York, dos historias que se parecen más a cuentos de horror y misterio
hollywoodenses que a cualquier otra cosa. La segunda de estas dos
entelequias le sirvió de pretexto para el lanzamiento de su llamada
guerra contra el terrorismo y, como parte de ella, al recorte de las
libertades públicas de sus ciudadanos.
Quizás sea por estos significativos logros de hipnosis masiva a
través de los medios, que el cuidado de la credibilidad (o de la
legitimidad relativa) esté siendo olvidado con mayor frecuencia.
En la campaña propagandística contra la Revolución en Cuba se
aprecian muchos ejemplos en este sentido.
Como regla, el gobierno cubano ha evitado responder caso a caso
cada una de las engañifas mediáticas contrarias al proceso
revolucionario para no contribuir a su resonancia. Han sido los hechos
mismos, y las denuncias a cargo de amigos y simpatizantes, los que han
contestado a ellas.
La excepción más sobresaliente de esta regularidad ocurrió en el
2005, cuando la revista norteamericana Forbes publicó un informe en el
que se incluía al presidente cubano Fidel Castro entre los gobernantes
más ricos del planeta.
Cualquier persona inteligente advierte que, al lanzar al vuelo
mentiras tan evidentes como aquella, se echa por la borda toda la
credibilidad de la persona, la institución o el medio de prensa que lo
hace. Y el líder cubano garantizó que así fuera, al anunciar que
renunciaría a todos sus cargos y responsabilidades públicas si la
revista lograba probar una sola de sus imputaciones acerca de su
patrimonio personal.
Similar absurdo se aprecia en el reciente anuncio del denominado
proyecto Archivo Cuba, en Madrid, que trata de documentar supuestos
crímenes que se habrían producido durante el proceso revolucionario en
la Isla "que suman 8 190 casos". Con procacidad inaudita, los
promotores afirman, según la información difundida, "que este registro
no solo quiere reflejar las víctimas que se han producido desde 1959
—año en el que la revolución llegó al poder—, sino ampliarlo hasta el
año 1952, cuando comenzó la dictadura de Batista, para que todos sean
considerados como víctimas y no haya rencor".
Aparentemente se trataría de sumar a los 20 000 mártires que dejó
la tiranía batistiana, el número de asesinos y torturadores del
régimen depuesto ejecutados por sentencia judicial de los tribunales
revolucionarios populares, así como el de agresores y agredidos
fallecidos a causa de la invasión a Playa Girón patrocinada por
Washington y las víctimas de los miles de actos terroristas y
atentados promovidos por Estados Unidos contra Cuba. Todo ello para
tratar de manchar, con tan grosera manipulación, el limpio expediente
de respeto a los derechos humanos de la Revolución, un sostenido
propósito de Estados Unidos para justificar sus agresiones contra el
pueblo cubano.
En muestra inequívoca de proyección de su propia ideología, así
como de falta de objetividad e imaginación, se imputan al proceso
cubano los vicios y crímenes que la superpotencia practica en sus
guerras imperiales y que ha extendido por todo nuestro continente,
como la tortura de prisioneros, las ejecuciones extrajudiciales y los
desaparecidos. Ignominiosamente desconocen el comportamiento ético y
humanitario para con sus enemigos que ha caracterizado a la Revolución
cubana desde los tiempos de la lucha guerrillera en las montañas y en
la clandestinidad de las urbes durante la guerra de liberación contra
la tiranía de Batista, así como a lo largo de casi medio siglo de
desarrollo del proyecto socialista, tan agresivamente objetado por la
superpotencia vecina.
Estas acciones de apariencia tan absurda, tienen el propósito de
dejar, como pica en Flandes, esas falsedades en el subconsciente de
millones de personas, aunque sea al precio de la ignominia para el
calumniador, al quedar restablecida la verdad.
Si buscamos motivaciones para estos ejercicios, constatamos de
inmediato que el más reciente plan oficial del gobierno de los Estados
Unidos encaminado a subvertir el orden constitucional en Cuba asigna
para tal objetivo en los años 2007 y 2008 un presupuesto de 80
millones de dólares, de los cuales 24 millones están destinados a
reforzar la propaganda contra la isla.
El resto se dedica a financiar una oposición interna que no ha
podido lograr que se maneje por sí misma, realizar actividades de
reclutamiento de desertores, así como para tratar de conseguir apoyo
de otras naciones para sus planes contra Cuba.
Estas asignaciones se suman a aquellas que, para similares fines,
manejan públicamente o de manera encubierta diversas instituciones de
la superpotencia, entre las que siempre ha sobresalido, por la
intensidad de su trabajo y el volumen de los recursos de que dispone,
la Agencia Central de Inteligencia (CIA), significativamente
incrementadas a partir del fin de la "guerra fría".
No son, por ello, ni remotamente gratuitas las increíbles mentiras
que de vez en vez se construyen contra la revolución de los cubanos. Y
se descalifican por sí mismas.
*Profesor en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales de
La Habana.