El mejoramiento de la situación alimentaria es fundamental para
combatir el hambre y mejorar las condiciones de vida en todos los
continentes. Esto significa que para cambiar el curso de las cosas en
relación con la escasez del vital elemento, los agricultores deben
encontrar modos de producir más alimentos con una cantidad
proporcionalmente menor de agua. Se necesitan entre 1 000 y 2 000
litros de agua para producir un kilo de trigo y entre 13 000 y 15 000
litros para producir la misma cantidad de carne de vacuno alimentado
con granos. En comparación, la cantidad que necesita diariamente una
persona se estima entre 2 a 5 litros apenas, en circunstancias en que
cada día "comemos" un promedio de 2 000 litros de agua. Así, el
consumo diario efectivo por persona es 1 000 veces superior a la
cantidad estimada de agua que ingerimos. Sin agua no podemos producir,
y sin ella simplemente no podemos comer. El planeta está sediento
porque sufre hambre.
El crecimiento de la población mundial está contribuyendo al
aumento de la demanda. Se espera que la población mundial crezca de
los actuales 6 500 millones de personas a 8 100 millones en el año
2030. Para mantener el ritmo de la creciente demanda de alimentos, y
calculando un aumento en la productividad del agua, se estima que para
el año 2030 un 14% más del líquido deberá ser destinado a uso
agrícola, a fin de obtener ese 55% de aumento en la producción de
alimentos que se necesita.
El cambio climático está implicando nuevos desafíos, del mismo modo
como lo plantean el desarrollo y la tendencia hacia la urbanización,
que crecientemente exigen que a la tradicional demanda para la
agricultura, se agregue ahora una mayor demanda de agua para la
industria y los hogares.
El acceso al agua que se necesita puede ser un problema incluso en
áreas con abundantes recursos del líquido, por lo que se comprenderá
que la escasez es muy seria en las zonas más secas del mundo, donde
habitan más de 2 000 millones de personas, y la mitad de toda la gente
pobre. Hay escasez aguda de agua en países del Cercano Oriente y el
Norte de África, como también en México, Paquistán, Sudáfrica y vastas
regiones de China e India.
En años recientes ha habido un consenso creciente en que las
políticas internacionales, nacionales y locales deben ser coordinadas
para hacer más efectivo el uso de los recursos de agua en la
agricultura, la urbanización y la industria.
En lo que concierne a la agricultura, la FAO apoya proyectos de
irrigación a corto plazo y en pequeña escala a nivel de las aldeas,
incluyendo el desarrollo de tecnologías relativamente simples y de
bajo costo que puedan ser utilizadas por los pequeños agricultores en
el regadío de sus cultivos. También necesitamos concentrarnos en
perspectivas futuras de largo plazo, primero, poniendo al día y
mejorando la gestión de los sistemas de regadío y, luego, trabajando
más allá de las fronteras nacionales en el desarrollo y la protección
de las cuencas hidrológicas.
Países tan diversos como Sudáfrica, Turquía y México se han volcado
a la ejecución de proyectos pilotos y programas de riego en pequeña
escala y al desarrollo de sistemas comunitarios para cosechar aguas de
lluvia y para proteger estanques que alimentan cursos de agua. Al
mismo tiempo, la FAO ha apoyado programas interregionales y de manejo
de cuencas de ríos que coordinan las respuestas de diversos gobiernos
o agencias, como es el caso de los países que comparten el inmenso río
Nilo en África, el que se ha visto afectado por la sequía y la
actividad humana.
El mejoramiento de las prácticas agrícolas y de la productividad
del agua tendrá que recorrer un largo camino para proteger los
recursos que precisamos para satisfacer todas nuestras necesidades. A
nivel mundial, 1 100 millones de personas no tienen acceso a agua
limpia suficiente y 2 600 millones no tienen acceso a sistemas de
saneamiento adecuados. Cada día 3 800 niños mueren a causa de
enfermedades asociadas a la falta de agua potable y de condiciones
sanitarias dignas.
El acceso al agua está estrechamente vinculado al logro de la
mayoría de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que pretenden
disminuir a la mitad para el año 2015 la extrema pobreza y el hambre,
detener la difusión del VIH/SIDA, asegurar la educación primaria a
todos los niños, y lograr la sostenibilidad ambiental.
Pero el acceso directo al agua para producir el propio alimento no
es posible para cada país o región. El mercado internacional de
alimentos sirve como un vehículo importante para exportar "agua
virtual" desde regiones exportadoras con abundantes recursos hídricos
a regiones importadoras deficitarias en este recurso. De hecho,
cualquier importación de alimentos equivale a una importación de agua
en una forma concentrada. Un estudio de la FAO estima, por ejemplo,
que 68,5 kilómetros cúbicos de agua serían necesarios para cultivar
los alimentos que son importados por el Cercano Oriente, lo que supera
el flujo anual del Nilo en la región. El comercio de agua virtual no
solo es potencialmente beneficioso para los países importadores sino
también para el manejo global del agua por dos razones. En primer
lugar, uno de los principales productos de importación son los
cereales y estos pueden ser producidos con menos agua en países que
tienen una alta productividad de este recurso. En segundo lugar, el
grueso de los granos importados se produce en zonas templadas de
secano, y está, por lo tanto, solo "consumiendo" la humedad del suelo
y no el agua de superficie o subterránea que puede ser destinada a
otros usos.
Como comunidad global, tenemos la capacidad de ir más allá de
respuestas de circunstancias sobre la escasez, desarrollando una
gestión sólida y permanente de nuestros recursos hídricos. El
transformar esa capacidad en resultados concretos requiere de recursos
financieros, voluntad política y una cooperación duraderas.
*Jacques Diouf es secretario general de la FAO.