Marx en el Soho

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Foto:NANCY REYESA veces los chistes dicen cosas más serias que el más serio de los enunciados. Sobre ello abundó Abel Prieto en su ensayo Misha o los chistes del socialismo real, obra escrita en 1997 que merece una mayor difusión. Cuando cayó el muro de Berlín, circuló un cuento en el que Lenin resucitaba en virtud de una poción milagrosa descubierta por un científico. Con la mitad del producto, el líder de la Revolución de Octubre abrió los ojos y tras ver lo que acontecía en el mundo, desapareció bruscamente. Alguien tomó una sabia decisión, suministrar la otra mitad de la poción a Dzherzhinski, pues sólo él podría saber cuál era el destino de su compañero de luchas. Dzherzhinski fue directo al despacho de Lenin y al hurgar en un compartimento secreto, descubrió una nota que decía: "Búscame en Finlandia, Félix Edmundovich. Tenemos que volver a empezar".

Howard Zinn, uno de los más célebres (e incómodos para el sistema) historiadores norteamericanos, trajo de vuelta a Carlos Marx a nuestra época y lo puso ante un auditorio de mendicantes en el Soho neoyorquino. Un titular del New York Times, eufórico, rezaba: "Carlos Marx ha muerto". Pero ahí, entre los pobres de la urbe por excelencia del imperio, estaba el filósofo, el revolucionario, con sus palabras y sus pasiones como únicas y tremendas armas. Con un humor desbordante y una fe tremenda en la capacidad transformadora de los pueblos.

Marx en el Soho nació del talento de Zinn para ser llevada a escena y desde el teatro proponer una discusión animada, para nada panfletaria, sumamente estimulante. Sin renunciar al chiste, a la parodia, al pastiche, haciendo gozar al espectador y, desde luego, haciéndole pensar. Un Marx a escala humana, que evoca a su amigo Engels, a su entrañable Jenny, a sus hijas queridas y desafiantes, que polemiza con el anarquista Bakunin y con el dogmático Piper, es para Zinn el pensador de una utopía que no estará completa mientras el imperialismo agreda, el neoliberalismo enajene, y el hombre no reconquiste su verdadera humanidad. Un Marx que al final del texto dramático nos incita a "utilizar la increíble riqueza de la tierra a favor de los seres humanos. Demos al pueblo lo que necesita: comida, medicina, aire puro, agua potable, árboles y hierbas, casas agradables, más horas de ocio. No hay que preguntar quién lo merece. Todo ser humano lo merece".

Tres años atrás Zinn, de visita en nuestro país, pudo compartir con el actor y director Michaelis Cue el proceso de montaje de Marx en el Soho, por primera vez en español. En aquella ocasión expresó su entusiasmo por considerar que era una de las mejores puestas en escena de su obra. Las representaciones en La Habana y en otros países cosecharon un éxito rutilante. El Consejo Nacional de las Artes Escénicas, que lleva a cabo una política de promover sus mejores realizaciones mediante la Televisión Cubana, ofreció a ésta la posibilidad de filmar una versión especialmente concebida para la pantalla doméstica que debió cerrar el ciclo de Teatro en TV del último diciembre, pero que solo llegó a los telespectadores esta semana, a propósito de la conmemoración del aniversario 124 de la muerte del autor de El capital.

El inquieto realizador Jorge Alonso Padilla asumió el proyecto con la colaboración de Raúl García Riverón en la dirección de arte, decisiva para la traslación del monólogo al medio televisual. Si se hubiese prescindido de ciertos subrayados innecesarios en la concreción del Soho neoyorquino y de ese final de subido sabor mesiánico, la atmósfera visual habría sido perfecta. Mucho más discutible es el esteticismo victoriano que permeó las escenas del Marx del siglo XIX, presente también en las actuaciones añadidas, salvo la de Jorge Félix Alí, que hizo de su Bakunin un personaje memorable. El telespectador debe saber que la adaptación televisual se tomó la libertad de personificar figuras que en el teatro son evocadas por el actor que desarrolla el monólogo.

Pero más allá de estos reparos, Alonso Padilla imprimió una gran fuerza visual a una realización en la que siguió ocupando un primer plano la extraordinaria y muy coherente actuación de Michaelis Cue, quien se cuidó de no imitar físicamente a Marx, sino de transmitir su actualidad, sus cuestionamientos y su carisma.

Marx en el Soho dijo muchas cosas serias con imaginación y frescura, y renovó en todo espectador sensible la convicción de que no solo es posible, sino necesario e impostergable, cambiar el mundo.

 

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