A
veces los chistes dicen cosas más serias que el más serio de los
enunciados. Sobre ello abundó Abel Prieto en su ensayo Misha o los
chistes del socialismo real, obra escrita en 1997 que merece una
mayor difusión. Cuando cayó el muro de Berlín, circuló un cuento en el
que Lenin resucitaba en virtud de una poción milagrosa descubierta por
un científico. Con la mitad del producto, el líder de la Revolución de
Octubre abrió los ojos y tras ver lo que acontecía en el mundo,
desapareció bruscamente. Alguien tomó una sabia decisión, suministrar
la otra mitad de la poción a Dzherzhinski, pues sólo él podría saber
cuál era el destino de su compañero de luchas. Dzherzhinski fue
directo al despacho de Lenin y al hurgar en un compartimento secreto,
descubrió una nota que decía: "Búscame en Finlandia, Félix Edmundovich.
Tenemos que volver a empezar".
Howard Zinn, uno de los más célebres (e incómodos para el sistema)
historiadores norteamericanos, trajo de vuelta a Carlos Marx a nuestra
época y lo puso ante un auditorio de mendicantes en el Soho
neoyorquino. Un titular del New York Times, eufórico, rezaba: "Carlos
Marx ha muerto". Pero ahí, entre los pobres de la urbe por excelencia
del imperio, estaba el filósofo, el revolucionario, con sus palabras y
sus pasiones como únicas y tremendas armas. Con un humor desbordante y
una fe tremenda en la capacidad transformadora de los pueblos.
Marx en el Soho nació del talento de Zinn para ser llevada a
escena y desde el teatro proponer una discusión animada, para nada
panfletaria, sumamente estimulante. Sin renunciar al chiste, a la
parodia, al pastiche, haciendo gozar al espectador y, desde luego,
haciéndole pensar. Un Marx a escala humana, que evoca a su amigo
Engels, a su entrañable Jenny, a sus hijas queridas y desafiantes, que
polemiza con el anarquista Bakunin y con el dogmático Piper, es para
Zinn el pensador de una utopía que no estará completa mientras el
imperialismo agreda, el neoliberalismo enajene, y el hombre no
reconquiste su verdadera humanidad. Un Marx que al final del texto
dramático nos incita a "utilizar la increíble riqueza de la tierra a
favor de los seres humanos. Demos al pueblo lo que necesita: comida,
medicina, aire puro, agua potable, árboles y hierbas, casas
agradables, más horas de ocio. No hay que preguntar quién lo merece.
Todo ser humano lo merece".
Tres años atrás Zinn, de visita en nuestro país, pudo compartir con
el actor y director Michaelis Cue el proceso de montaje de Marx en
el Soho, por primera vez en español. En aquella ocasión expresó su
entusiasmo por considerar que era una de las mejores puestas en escena
de su obra. Las representaciones en La Habana y en otros países
cosecharon un éxito rutilante. El Consejo Nacional de las Artes
Escénicas, que lleva a cabo una política de promover sus mejores
realizaciones mediante la Televisión Cubana, ofreció a ésta la
posibilidad de filmar una versión especialmente concebida para la
pantalla doméstica que debió cerrar el ciclo de Teatro en TV
del último diciembre, pero que solo llegó a los telespectadores esta
semana, a propósito de la conmemoración del aniversario 124 de la
muerte del autor de El capital.
El inquieto realizador Jorge Alonso Padilla asumió el proyecto con
la colaboración de Raúl García Riverón en la dirección de arte,
decisiva para la traslación del monólogo al medio televisual. Si se
hubiese prescindido de ciertos subrayados innecesarios en la
concreción del Soho neoyorquino y de ese final de subido sabor
mesiánico, la atmósfera visual habría sido perfecta. Mucho más
discutible es el esteticismo victoriano que permeó las escenas del
Marx del siglo XIX, presente también en las actuaciones añadidas,
salvo la de Jorge Félix Alí, que hizo de su Bakunin un personaje
memorable. El telespectador debe saber que la adaptación televisual se
tomó la libertad de personificar figuras que en el teatro son evocadas
por el actor que desarrolla el monólogo.
Pero más allá de estos reparos, Alonso Padilla imprimió una gran
fuerza visual a una realización en la que siguió ocupando un primer
plano la extraordinaria y muy coherente actuación de Michaelis Cue,
quien se cuidó de no imitar físicamente a Marx, sino de transmitir su
actualidad, sus cuestionamientos y su carisma.
Marx en el Soho dijo muchas cosas serias con imaginación y
frescura, y renovó en todo espectador sensible la convicción de que no
solo es posible, sino necesario e impostergable, cambiar el mundo.