"¿Cuál
es de ustedes el señor Maceo?". Con tal pregunta, despojada de alusión
a grados militares o actitudes beligerantes hacia Cuba, iniciaba sutil
el general Martínez Campos su entrevista con el Titán de Bronce, aquel
15 de marzo de 1878, bajo los históricos Mangos de Baraguá. El futuro
de la nación estaba en juego: la cita determinaría una tregua en el
combate o la capitulación definitiva de las fuerzas cubanas.
"Yo soy el General Maceo", rectificaba Antonio. Porque aun cuando
al militar español le costara trabajo reconocerlo, aquello era una
conversación entre dos ejércitos todavía en guerra. El segoviano
presuponía que el encuentro no pasaba de una simple demostración de
vanidad del Jefe mambí, antes de aceptar la rendición.
Por ello, tras cuidadosos halagos sobre la juventud de Maceo (aún
no tenía 33) y sus enfrentamientos en campaña, Martínez Campos se
dispone a conciliar el pacífico trato que entrañaba la total derrota
de los criollos. Toma entre sus manos el Pacto del Zanjón, ya firmado
por varios mambises en la región camagüeyana, mientras otros apenas
continuaban peleando en Las Villas, Las Tunas y el extremo Oriente.
Sin premura, con tono pausado pero determinante, el cubano rebelde
impide la lectura del pliego. Ni mis compañeros ni yo estamos de
acuerdo con lo firmado en Camagüey sin consultarnos, le espetó.
Además, no podemos entenderlo. Tenemos la esperanza de que Cuba y su
pueblo encuentren al fin el sendero de la paz y la felicidad, pero
ello es imposible sin la libertad. Por otra parte, ¿qué reforma puede
ser buena si no viene precedida por la abolición de la esclavitud?
Señores, he venido creyendo que hablaríamos de paz, objetaba el
español, aunque ya vislumbraba que aquel puñado de patriotas no
traicionaría sus principios independentistas. Y haciendo un último y
desesperado intento conciliador inquiría: Si no están conformes con
las bases del convenio¼ ¿qué es lo que
quieren?
La respuesta rasgó el aire como un trueno, escapada de los labios
del doctor Félix Figueredo, quien sin poder contenerse replicó:
¡Queremos la independencia!
Y así, en medio de aquella atmósfera cargada de hirviente
patriotismo y rabia ibérica, el general Martínez volvía sobre sus
pasos; convencido de que sin libertad no habría entendimiento posible,
de que su plan de rendición se volvía tregua, de que tras ocho días
"volverían a romperse las hostilidades", como concluyó Maceo, de que
había intercambiado con cubanos dignos, al mando de uno de los más
admirables generales de la historia, y de que, finalmente, había sido
derrotado por la brillante estrategia de resistencia del Titán.
José Martí definiría aquel gesto de una manera categórica: "Tengo
ante mis ojos la Protesta de Baraguá, que es de lo más glorioso de
nuestra Historia".