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Los pasos encontrados en la Gran Sabana
RONALD SUÁREZ
RIVAS Y ALBERTO BORREGO ÁVILA (foto) ,
Enviados especiales de
Granma
"¿A dónde va el pueblo?", preguntó el médico cubano esa mañana.
"No se preocupe doctor, que acá nos haremos cargo de usted. Le
seguiremos preparando la comida que le gusta. Nada le faltará con
nosotros", le respondieron.
Los
doctores cubanos fueron los primeros en entrar a las aldeas de los
indios pemones, en la Gran Sabana.
Lester Montoya tuvo que correr mucho para atajar a los miembros de
la aldea, y convencerlos de no bloquear las carreteras del sur de la
Gran Sabana. Iban resueltos a hacer que nadie entrara o saliera, ni
siquiera la Guardia Nacional o el Ejército, porque la Constitución
venezolana otorga esa autonomía a los dominios indígenas.
En otras comunidades sucedía lo mismo. El motivo de la protesta:
impedir que trasladaran a los doctores cubanos.
"Trabajo costó convencerlos", recuerda Lester, quien deshecho en
argumentos, logró salvar la situación. Explicó que no quedarían
desamparados, pues otros especialistas mejores y más preparados
vendrían a relevarlos, y nadie en la aldea notaría su falta.
Primero se reunió el consejo de ancianos, y luego la asamblea con
todos los habitantes. Después de prolongados debates, accedieron a
confiar una vez más en su médico, el primero en cruzar selva para
atenderlos.
Puesto de Honor
La historia había comenzado seis meses antes, cuando los toques de
cacerolas despertaron a los galenos de la Isla. "¡Qué curiosa manera
de comenzar el día!", pensaron, ajenos a que los cacerolazos
respondían a la preocupación de muchos por su presencia.
"Son militares de Fidel Castro y ya descargaron las armas para
atacar el pueblo", había dicho una emisora de radio local, y la
población alarmada salió a la calle a verificarlo.
En efecto, la jornada anterior, un camión de la Guardia Nacional le
entregó varias cajas a los recién llegados.
Medicinas e instrumental médico... Uno por uno, los paquetes fueron
abiertos ante los habitantes de Santa Elena de Uairén, uno de los
paisajes que aparecen en la novela Los pasos perdidos de Alejo
Carpentier.
Los 27 doctores cubanos habían arribado después de un viaje
interminable por carretera, de más de 2 000 kilómetros, siguiendo la
ruta que tomara el novelista medio siglo atrás, en busca de los
orígenes del hombre americano y de la música.
Traían la misión de atender a la población de Santa Elena y el
resto de las comunidades del municipio Gran Sabana, con 48 881
habitantes, dispersos en un territorio equivalente a la mitad de Cuba.
En Ikabarú, Betania, Maurak, todos en plena selva, instalaron las
consultas luego de que el consejo de ancianos —la máxima instancia de
la tribu— aprobara en cada aldea la llegada de los extraños, y los
autorizara a tratar a sus mujeres.
Después, en asamblea, se discutió qué darles de alimento a
huéspedes que no traían el hábito de comer el gusano de moriche, el
bachaco tostado —especie de hormiga— ni la sopa de mondongo.
La lejanía, las condiciones y la falta de comunicación, hicieron
considerar a la Gran Sabana un puesto de honor. Y la labor de nuestros
galenos refrenda todos los días el calificativo.
En Ikabarú, la doctora Ibis se desprendió de su propio suero
antiofídico a fin de neutralizar el veneno a una paciente mordida por
una culebra. En Santa Elena, el doctor Tejeda donó su sangre para
salvarle la vida a un minero con una hemorragia. Pero lo más
importante ha sido la transformación de los hábitos higiénicos, y
convencer de la necesidad de acudir a consulta a pueblos enteros que
nunca antes tuvieron un médico.
La tierra de Los pasos perdidos
La Gran Sabana compensa en paisajes todos los siglos que la alejan
de la modernidad. Es la selva levantada a kilómetro y medio sobre el
nivel del mar, con pendientes verticales que hacen descender en
torrente los ríos que generan casi toda la electricidad de Venezuela.
Según los científicos, estas fueron las primeras tierras en
emerger, pero también de las últimas en explorarse. Fue la codicia la
que empujó hasta acá al hombre blanco en busca del Dorado, la mítica
ciudad revestida de oro.
Tal vez, los colaboradores cubanos sean los únicos que no llegaran
tras la leyenda; pero sí los primeros en internarse en la selva y
vivir en las aldeas de los indios pemones, donde antes se nacía y se
moría sin un diagnóstico médico. |