La vitalidad de Adigio Benítez (Santiago de Cuba, 1924), Premio
Nacional de Artes Plásticas, se halla a toda prueba. En la galería
Villa Manuela, de la UNEAC, despliega por estos días una espléndida
exposición titulada Ensayo sobre la esperanza en la cual, al
mismo tiempo que da continuidad a sus motivos recurrentes de los
últimos tiempos, acentúa dichos rasgos con una impronta lírica que
se agradece por su frescura e intencionalidad lúdicra.
Es cosa de admirar el juego que establece el maestro entre la
figura de la mujer y la geometría frágil y sensible del origami,
arte de la transformación del papel en formas de distintos tamaños
partiendo de una base inicial cuadrada, rómbica o rectangular que
pueden ir desde sencillos modelos hasta plegados de gran
complejidad, inspirados en la filosofía tradicional japonesa.
El contraste que establece Adigio entre la figuración de corte
clásico y la abstracción figurativa de las construcciones de papel
sugiere una especie de armónico equilibrio entre la representación y
la realidad.
Máscaras, alusiones cubistas, guiños a la transculturación de
elementos grecolatinos y africanos no se amalgaman aquí
eclécticamente, sino con un sentido compositivo que apunta a un
auténtico mestizaje cultural.
En el orden técnico, Adigio vuelve a demostrarnos el magisterio
de largos años de recorrido por los ámbitos de la pintura y el
diseño. Puede hablarse con propiedad de pinturas excelentemente
diseñadas o de un producto diseñado con muy válidas soluciones
pictóricas. Todo ello sin perder un referente narrativo abierto a la
imaginación del espectador.
Es, en definitiva, motivo de alegría saber que Adigio trabaja, y
trabaja con ahínco, pasión y voluntad poética. Es un ejemplo
vivificante y alentador.