La cordillera de Guaniguanico sirvió de refugio entre finales del
siglo XVIII y mediados del XIX a los llamados cimarrones, esclavos
africanos, quienes plantaron la primera semilla de la rebeldía en
Cuba.
Especialistas del ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio
Ambiente en Pinar del Río encontraron en la Sierra de los Órganos
signos probatorios de la presencia de antiguos seres humanos en áreas
de difícil acceso y existencia de cuevas.
Esas condiciones facilitan la vida de cualquier perseguido, aunque
también hay referencias de asentamientos en costas y manglares.
Objetos artesanales como flechas, pipas de fumar, peines tallados a
cuchillo en maderas y adornos de huesos para el cabello, constituyen
algunas de las evidencias halladas.
Los artículos están decorados con figuras geométricas incisas de
estilo aparentemente africano occidental, no reflejan fielmente ningún
elemento de la naturaleza y forman dibujos diferentes.
Muchas son las leyendas que rodean al cimarrón y lo presentan como
hombres malvados, sangrientos e inhumanos, sin embargo, la realidad es
otra.
La mayoría de ellos eran pacíficos y sólo buscaban librarse de la
esclavitud y vivir en paz, pero la persecución feroz y el empleo
incluso de la técnica canina los tornaba agresivos, aunque únicamente
se defendían de la crueldad y los maltratos que le profesaban sus
amos.
Los cimarrones de Vueltabajo no provenían de las plantaciones de
tabaco y las pocas de café que existían en el territorio, sino de
otras regiones del occidente cubano con altas concentraciones de
ingenios y cafetales, algunas de las cuales limitaban con el extremo
oriental de la Cordillera de Guaniguanico.
A los cimarrones no se les consideró ni revolucionarios ni
rebeldes, ya que carecían de un plan organizado para poner fin a la
explotación, en tanto sus acciones sólo fueron un modo de subsistencia
que sirvió de antecedentes a las posteriores manifestaciones de
insubordinación del cubano, a partir del propio Siglo XIX. (AIN)