Recordar dos de esos filmes, Gángsteres en Nueva York o
El aviador sería como acuñar lo anterior: allí donde el artista
hacía aparecer el buen pulso dramático para levantar sus historias,
irrumpe (a veces disfrazada, en otras sin recato) la recetita
trillada, pero de indudable eficacia como sonajero de taquillas.
¿Sequedad del creador o imposición comercial del que aporta el
dinero para la producción? Las dos. Pero hay más. De haberse filmado
hace veinte años, quizá Infiltrados pudiera considerarse hasta
una obra maestra. Pero el tiempo no pasa por gusto. Y si algo resalta
en el último Scorsese es la reiteración de sus formas constructivas —Uno
de los nuestros (1990), ¿se acuerdan?— un reciclamiento que
cualquier conocedor de su obra detecta transcurrida media hora de
película.
Hay entretenimiento y mucho oficio en Infiltrados, eso nadie
lo niega, pero donde algunos han creído ver el extra del filme, "lo
diferente" a otras historias de mafia —las complejas situaciones
psicológicas de los personajes— termina siendo una guerrita entre
buenos y malos debido a los tirones de conducta que sin ton ni son
sufren los policías que interpretan Di Caprio y Matt Damon.
Pudiera hablarse de otros aspectos discutibles, como ciertas
torceduras del guión sin ir después a ninguna parte, o la profusión de
diálogos, lo mismo simplones que confusos, o ese personaje que no
quedará en la memoria de nadie, el de la psicóloga (¡qué poca fuerza
en la construcción de la justificación amorosa para encamarla con Di
Caprio!), pero de lo que se trata en estas líneas no es de exaltar las
virtudes del filme, que claro que las tiene, o de seguir criticando.
De lo que se trata es de alertar que con todo y su flamante Oscar a
mejor película y mejor director, Infiltrados es una copia. O,
para exponerlo con mayor dulzura, un remake de una cinta ya de culto
en el cine asiático, realizada en Hong Kong en el 2002 por Wai Keung
Lau y Siu Fai Mak y que lleva por título Juego sucio (Infernal
Affairs).
¿Un remake a solo cuatro años de una cinta considerada por la
crítica como poderosa, con un "todo" dicho, aunque poco vista en cines
del mundo y solo ahora distribuyéndose en DVD? Habría que recordar que
un remake, según reglas no escritas, debe realizarse con una función
de aporte en el tiempo a la obra original. Y ese no es el caso de
Infiltrados, sino más bien aprovecharse de una película que con su
contundencia expositiva y don para explotar el lado oscuro
delincuencial —a la manera de un Melville y su El samurái— le
abrió una nueva época al thriller asiático, luego de que John Woo se
fuera a trabajar a Hollywood.
Lo que Scorsese logra a medias en Infiltrados está
redondeado en Juego sucio: una historia de redención en la que
el hilo que separa el bien del mal es apenas perceptible, debido a la
ambigüedad moral que roe a sus personajes.
Fueron tantos los triunfos artísticos de Juego sucio en su
marco geográfico, que rápidamente se filmaron una segunda y tercera
partes. De las tres se alimentó el maestro Scorsese para realizar el
filme que le valió el Oscar.
Y junto con ello, reafirmar una vieja evidencia: a sabiendas de la
poca distribución que tienen en Estados Unidos o en Europa filmes
provenientes de diversas cinematografías, el cine norteamericano paga
altas sumas porque le permitan robar ideas que, reelaboradas mediante
altos presupuestos y actores de vendibles imágenes, puedan
garantizarles el éxito.
Una vergüenza, pensarán algunos, pero en el medio lo llaman "un
buen negocio".