Oscar copiado

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

LOS ESPECTADORES pudieron apreciar en la primera cinta de este último sábado por televisión el filme que, veinticuatro horas más tarde, ganaría el Oscar a la mejor película y al mejor director, Infiltrados, de Martin Scorsese, un director a quien Hollywood se la debía desde los lejanos tiempos de Taxi Driver (1976) y Toro salvaje (1980), pero un artista cuyas últimas entregas han demostrado que el talento y el buen hacer no tejen necesariamente aureolas vitalicias.

Juego sucio (Infernal Affairs), la película asiática que sirvió de inspiración para fabricar el Oscar de este año.

Recordar dos de esos filmes, Gángsteres en Nueva York o El aviador sería como acuñar lo anterior: allí donde el artista hacía aparecer el buen pulso dramático para levantar sus historias, irrumpe (a veces disfrazada, en otras sin recato) la recetita trillada, pero de indudable eficacia como sonajero de taquillas.

¿Sequedad del creador o imposición comercial del que aporta el dinero para la producción? Las dos. Pero hay más. De haberse filmado hace veinte años, quizá Infiltrados pudiera considerarse hasta una obra maestra. Pero el tiempo no pasa por gusto. Y si algo resalta en el último Scorsese es la reiteración de sus formas constructivas —Uno de los nuestros (1990), ¿se acuerdan?— un reciclamiento que cualquier conocedor de su obra detecta transcurrida media hora de película.

Hay entretenimiento y mucho oficio en Infiltrados, eso nadie lo niega, pero donde algunos han creído ver el extra del filme, "lo diferente" a otras historias de mafia —las complejas situaciones psicológicas de los personajes— termina siendo una guerrita entre buenos y malos debido a los tirones de conducta que sin ton ni son sufren los policías que interpretan Di Caprio y Matt Damon.

Pudiera hablarse de otros aspectos discutibles, como ciertas torceduras del guión sin ir después a ninguna parte, o la profusión de diálogos, lo mismo simplones que confusos, o ese personaje que no quedará en la memoria de nadie, el de la psicóloga (¡qué poca fuerza en la construcción de la justificación amorosa para encamarla con Di Caprio!), pero de lo que se trata en estas líneas no es de exaltar las virtudes del filme, que claro que las tiene, o de seguir criticando. De lo que se trata es de alertar que con todo y su flamante Oscar a mejor película y mejor director, Infiltrados es una copia. O, para exponerlo con mayor dulzura, un remake de una cinta ya de culto en el cine asiático, realizada en Hong Kong en el 2002 por Wai Keung Lau y Siu Fai Mak y que lleva por título Juego sucio (Infernal Affairs).

¿Un remake a solo cuatro años de una cinta considerada por la crítica como poderosa, con un "todo" dicho, aunque poco vista en cines del mundo y solo ahora distribuyéndose en DVD? Habría que recordar que un remake, según reglas no escritas, debe realizarse con una función de aporte en el tiempo a la obra original. Y ese no es el caso de Infiltrados, sino más bien aprovecharse de una película que con su contundencia expositiva y don para explotar el lado oscuro delincuencial —a la manera de un Melville y su El samurái— le abrió una nueva época al thriller asiático, luego de que John Woo se fuera a trabajar a Hollywood.

Lo que Scorsese logra a medias en Infiltrados está redondeado en Juego sucio: una historia de redención en la que el hilo que separa el bien del mal es apenas perceptible, debido a la ambigüedad moral que roe a sus personajes.

Fueron tantos los triunfos artísticos de Juego sucio en su marco geográfico, que rápidamente se filmaron una segunda y tercera partes. De las tres se alimentó el maestro Scorsese para realizar el filme que le valió el Oscar.

Y junto con ello, reafirmar una vieja evidencia: a sabiendas de la poca distribución que tienen en Estados Unidos o en Europa filmes provenientes de diversas cinematografías, el cine norteamericano paga altas sumas porque le permitan robar ideas que, reelaboradas mediante altos presupuestos y actores de vendibles imágenes, puedan garantizarles el éxito.

Una vergüenza, pensarán algunos, pero en el medio lo llaman "un buen negocio".

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir