No era el primer intento de alfabetización. Durante años, una
emisora local había impartido clases para los iletrados, y chocado con
la barrera del idioma.
De la veintena de etnias que pueblan Venezuela, la wayúu es una de
las más numerosas y aferradas a sus tradiciones. Viven en tierra
árida, sin electricidad ni agua corriente, tienen sus propias leyes, y
aunque ahora hay médicos cerca, muchos siguen apelando a sus hierbas
curativas o al piache —especie de brujo—, si el caso es complicado.
Cinco siglos atrás, cuando la espada y la cruz comenzaron los
estragos en las poblaciones americanas, los wayúu se refugiaron en la
península Guajira, bañada por el Caribe, donde el clima es tan hostil
que desgastaba a los conquistadores, antes de que consiguieran
someterlos.
Aquí termina Venezuela y empieza Colombia, o viceversa. Hace mucho
que Caracas y Bogotá se dividieron esa tierra, y sus pobladores, con
origen y costumbres comunes, no pocas veces unidos por lazos de
sangre, pasaron a ser ciudadanos de uno u otro país.
Pero los wayúu de la Alta Guajira no se sentían venezolanos.
Por ello, el día que un vehículo del ejército cruzó el semidesierto
y llegó hasta la comunidad de Jasay, para entregarles una planta
eléctrica, un televisor, un video y casetes, Dionisia González tuvo la
sensación de que algo había cambiado.
De la misma fibra de cactus con que levantan sus ranchos, hicieron
un aula, prepararon pupitres, y corrieron la voz para que los vecinos
también se incorporaran a clases.
Solo un problema: muy pocos comprendían al teleprofesor cubano, que
apareció en la pantalla impartiendo las lecciones del método Yo sí
puedo.
Un traductor sería la solución más práctica; así que buscaron entre
los miembros de la propia familia a alguien que supiera español y,
mitad en un idioma, mitad en el otro, reanudaron la batalla contra la
ignorancia.
Eduvige González no lleva la cuenta de las personas que han
aprendido a leer y a escribir con su ayuda, "pero son muchas", dice.
El trabajo del facilitador no es sencillo. Además de dominar las dos
lenguas, se requieren ciertos conocimientos para adecuar una a la
otra.
"El alfabeto wayúu tiene solo 22 letras, seis vocales y 16
consonantes. Hay caracteres del castellano que no utiliza, como la
"c", la "g", la "q".
Todos los días, Lidia desanda a lomo de burro el kilómetro que
separa a Jasay de su rancho, para asistir a clases. Es una de las
vecinas más próximas, otros viven al doble de esa distancia, porque
los wayúu, quienes se unen en familias de 20 ó 30 personas, están
habituados a tener mucho espacio libre alrededor.
Aquí aprendió a leer y a escribir hace tres años, después terminó
la primaria, y ahora cursa el bachillerato. "El día que pude poner mi
nombre me sentí muy feliz, porque nunca pensé que lograría estudiar.
Ahora me gustaría hacer una carrera universitaria".
De acuerdo a la geografía, habría que precisar que en el aula hay
siete alumnos de Venezuela y cinco de Colombia, pero entre ellos no
caben esas diferencias. "Wayúu somos todos", aclara Delia González,
vocera indígena de la Alta Guajira, y explica que "es injusto
pretender dividirnos de esa manera".
A pocos metros está la frontera que demarca oficialmente un Estado
del otro, pero el pueblo wayúu es el mismo. Siempre han vivido así y
compartido las pocas bondades de la naturaleza.
El cerro de Ipapure —del lado colombiano— por ejemplo, es el lugar
común al que acuden cuando hay un enfermo, en busca de hojas de wittou
para calmar la fiebre, o aliviar los dolores con atachón, una hierba
que, aseguran, supera en efectividad al más potente analgésico.
"Antes era difícil decir yo soy indígena. En las ciudades no nos
dejaban hablar nuestra lengua ni practicar nuestras creencias; pero
ahora estamos en la primera línea del Gobierno, se nos consultan las
decisiones, se reconoce nuestra cultura y nuestros derechos sobre las
tierras que ocupamos desde siempre.
Tiene razón. Hace 200 años, el Libertador Simón Bolívar lo resumió
en pocas palabras: "Las naciones marchan hacia su grandeza, al mismo
paso que avanza su educación".