Los soldados estadounidenses que regresan de Iraq con serios
trastornos mentales son entregados por la Administración Bush a un
servicio siquiátrico de muy baja categoría.
Ello luego de haber afrontado allí múltiples ataques de la
resistencia, el sostenido peligro de las emboscadas, los ataques
suicidas y las bombas en las carreteras, extendido hasta las misiones
más rutinarias.
El periódico The Washington Post y el Journal Medical Association
situaron el año pasado entre un 30 y un 35% a los soldados
norteamericanos procedentes de Iraq con padecimientos mentales.
Según el Post, en ese país árabe ellos tienen más posibilidades que
en Afganistán u otros lugares de ver heridos, mutilados y muertos, así
como de tener pensamientos agresivos o suicidas.
Un oficial retirado del Ejército, Andrew Krepine, autor en el 2006
de un informe para el Pentágono, exhortó a no enviar más soldados a
Iraq debido a la "enorme presión psicológica" que genera su situación
en las tropas.
Los periódicos McClatchy, con sede en el estado de Illinois,
revelaron que el gubernamental Departamento de Asuntos de Veteranos no
está preparado para brindarles la atención que exige su salud mental.
Una de sus reporteras, Chris Adams, explicó que basaron tal
criterio en el análisis de todas las citas médicas del 2005, en
documentos oficiales y en intercambios con médicos, soldados y
familiares.
La investigación subrayó que ese año unas 100 clínicas locales no
brindaron asistencia psiquiátrica y actualmente "el veterano promedio
con esos problemas recibe casi una tercera parte menos de visitas".
Si todo lo dicho resultó grave, aún más lo fue saber que el
Gobierno de los Estados Unidos envió a Iraq y mantuvo en combate a
soldados con evidentes problemas psíquicos.
El 14 de mayo del 2006 un diario del estado de Connecticut, The
Hartford Courant, afirmó que, al hacerlo, los mandos militares
violaron lo dispuesto por el Congreso en 1997 respecto a la evaluación
mental de los desplegados en zonas de combate.
Apoyada en estadísticas del Pentágono, la publicación dijo que
hasta octubre del 2005 solo uno de cada 300 efectivos movilizados
hacia Iraq fue enviado a un especialista antes de iniciar su misión.
No en balde, comentó, aquel año se suicidaron allí 22 soldados
estadounidenses y en el 2006 más de una de cada cuatro muertes fuera
de combate recorrieron el mismo camino.
Una parte de ellos, como se denunció, fueron mantenidos en activo a
pesar de mostrar claros signos de problemas mentales o de ser
militares reenviados a Iraq no obstante sufrir trastornos de estrés
postraumático.
Esto ayuda a explicar, como han narrado corresponsales de la prensa
internacional, la locura de guerra que se ha ido extendiendo entre
soldados norteamericanos desplegados allí.
De acuerdo con esas fuentes, estos últimos han llegado a disparar
hasta contra animales domésticos que se les cruzan, como perros o
caballos, muchas veces señalados como sospechosos de portar
explosivos.
El doctor Mohamed Salaheddin dijo a la agencia Europa Press que en
el hospital Yarmouk, de Bagdad, todos los días reciben a numerosas
víctimas de tiroteos efectuados por enloquecidos soldados del
Pentágono.
Un documento de la Marina de los Estados Unidos, difundido por The
New York Times, dice que "muchos marines sufren profundas enfermedades
psiquiátricas después de servir en Iraq y Afganistán".
Es cuando, junto a otros uniformados, son llevados a tratamientos
médicos de tercera categoría, en medio de una avalancha de pacientes
que han puesto en crisis los fondos para tales fines.
Bush los arrastró hacia el infierno de una agresión ajena a sus
intereses, después vieron muertos o heridos a numerosos colegas y por
último han visto crecer contra ellos el odio del pueblo iraquí.
Y al final, una gran parte de quienes pudieron regresar ni siquiera
obtiene la asistencia psiquiátrica que necesita a gritos para
disminuir las secuelas que los acompañarán en lo adelante. Sensible
imagen de un poder que se desmorona.