El llanto de los pozos

La sequía, los salideros y los derrochadores obligan al país a invertir cuantiosos recursos para garantizar el abasto de agua

Ortelio González Martínez

El río El Calvario, es el signo visible de la sequía en territorio avileño. Su espinazo pedregoso anuncia que muere antes de llegar al mar, con el que no se encuentra desde hace tiempo y, al parecer, por ahora, no tendrá esa oportunidad, porque las lluvias han sido mínimas en el actual periodo seco, comprendido entre los meses de noviembre y abril.

DE LOS POZOS ¿A LOS CONSUMIDORES?

En Cuba, una buena parte de cuanto se bombea no llega al destino de-seado. Las pérdidas comienzan en las conductoras principales y continúan por las secundarias, dentro de las viviendas y se acrecientan en las actividades productivas y de servicios.

No aseguro que en Ciego de Ávila estén los mayores derrochadores, tampoco lo niego.

Encima de la mesa de Avilio Guevara Morales, delegado del Instituto de Recursos Hidráulicos en el territorio, la computadora da cuenta del agua existente en cada uno de los 15 sectores en que está dividida la provincia; también refiere el peligro cuando no se explota con mesura el imprescindible líquido.

"El Cinco, por ejemplo, está en la fase de alerta. De la capacidad de almacenaje de 52,9 millones de metros cúbicos, dispone de solo 21,4 con la agravante de que es el tributario de más de 95 400 habitantes en la zona norte de Ciego de Ávila, los poblados de Ceballos, Ciro Redondo y una parte de la ciudad de Morón", asevera Avilio.

Anclado sobre el centro del país, este territorio es bendecido. No tiene grandes embalses. Sin embargo, en sus cuencas subterráneas, cuenta con un volumen explotable de 963 millones de metros cúbicos.

Esa bonanza se ve afectada en el territorio, pues hoy, de los 963 millones de esa cuenca, no todo está disponible. De ahí el establecimiento de un estricto control, pues si el manto freático fuera sobrexplotado podría agotarse este recurso o comenzar un proceso de intrusión salina que pudiera tornarse irreversible, como ocurrió en la década del ochenta en una franja costera de la parte sur de la provincia.

¿DEJARLA CORRER?

El acumulado de precipitaciones el pasado año en Ciego de Ávila fue de 1 203,2 milímetros, ligeramente por encima de la media histórica, pero eso no debe dar luz verde al derroche.

Hay que extremar las medidas de ahorro y evitar el derroche, precisa Avilio.

Los especialistas llaman la atención y, de acuerdo con el comportamiento de las precipitaciones actuales, no descartan el regreso de la intensa sequía.

Sin embargo, que en el territorio se derrocha agua, nadie puede ponerlo en tela de juicio. Una familia media canadiense utiliza cada día 350 litros. En Europa el promedio es de 165; en el continente árido de África es solo 20 y a los avileños —aunque no les llega la totalidad porque escapa por los innumerables laberintos— se les bombea ¡539!

Si se tiene en cuenta que en la conductora sur (abastece a 47 000 habitantes de la ciudad), se pierden 120 litros por segundo, la cifra es alarmante.

La solución comienza a llegar a partir de las inversiones iniciadas en algunos pozos de Ruspoli, la interconexión entre ellos, y la puesta en funcionamiento de bombas de mayor capacidad y eficiencia.

En el sur, a decir de Guevara Morales, la situación es más compleja. Deben sustituir la conductora de 11 kilómetros de longitud, inversión que dispone del proyecto y la preparación técnica, en espera de su aprobación.

Cada año, en las asambleas de rendición de cuenta de los delegados de circunscripciones, las dificultades con el abasto de agua están entre los tres planteamientos más reiterados de los electores.

Es una realidad, pero si en muchas partes la población no dispone de más agua en sus hogares es por dos razones esenciales: las pérdidas en las redes, y el malgasto puertas adentro.

El metro contador ahorra agua y cuida el bolsillo.

Guevara Morales argumenta esa verdad: "Estudios recientes en edificios multifamiliares de la ciudad capital demuestran que entre paredes se consume casi seis veces más por encima de la cantidad necesaria para cubrir las necesidades", dice sin eufemismo.

Me atrevo a asegurar que quienes hablan de desabasto e inconformidades —aun cuando no dejan de ser realidades insoslayables— no conocen que la norma para la ciudad capital es de 190 litros en un día, muy inferior a los ¡539! antes mencionados.

La mejor muestra de que en un tiempo la dejábamos correr está en el edificio de 12 plantas, en el centro de la ciudad cabecera. A decir de varios de sus moradores, antes era una odisea disponer del líquido. Después de instalados los metro contadores, todas las personas tienen acceso al agua las 24 horas y el consumo per cápita no llega a 100 litros, muy por debajo de los establecidos por habitante.

EL OTRO ESCAPE

El cubano, emprendedor y buscador de soluciones, no pasó tanta sed ni en los peores momentos del llamado periodo especial. El ingenio lo llevó a cavar pozos en los lugares más inimaginados, a construir cisternas, y hasta a transportarla en trenes.

Sin embargo, parte de ese esfuerzo queda en terreno desierto, por la dejadez y el descuido de gran parte de la población.

A las buenas intenciones de ahorrar, también le ponen zancadillas la falta de herrajes hidrosanitarios. Por ahí también escapa el preciado líquido.

La advertencia de que la sed atenaza, pero no mata, cobra vida y pudiera no interesarle a derrochadores e inconscientes.

Quizás no conozcan que en el mundo, según estadísticas de organismos internacionales, todos los días mueren 34 000 personas por enfermedades relacionadas con la mala calidad del agua. Sin embargo, en Cuba nadie deja de existir por esa causa.

Lo cierto es que la máxima del filósofo y científico Benjamín Franklin parece traída a la realidad cotidiana: Cuando los pozos lleguen a estar secos, entonces sabremos el valor del agua.

 

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