¼ Empiezan las relaciones de amor en
nuestra tierra por donde debieran terminar. —Una mujer de alma severa
e inteligencia justa debe distinguir entre el placer íntimo y vivo que
asemeja el amor sin serlo, sentido al ver a un hombre que es en
apariencia digno de ser estimado, —y ese otro amor definitivo y
grandioso, que como es el apegamiento inefable de un espíritu a otro,
no puede nacer sino de la seguridad de que el espíritu al que el
nuestro se une tiene derecho por su fidelidad, por su hermosura, por
su delicadeza, a esta consagración tierna y valerosa que ha de durar
toda la vida. – Ve que soy un excelente médico de almas, y te juro por
la cabecita de mi hijo, que eso que te digo es un código de ventura, y
quien se olvide de mi código no será venturoso. He visto mucho en lo
hondo de los demás, y mucho en lo hondo de mí mismo. Aprovecha mis
lecciones.
No creas mi hermosa Amelia, en los cariños que se pintan en las
novelas vulgares, y apenas hay novela que no lo sea, por escritores
que escriben novelas porque no son capaces de escribir cosas más altas
—copian realmente la vida, ni son ley de ella. Una mujer joven que ve
escrito que el amor de todas las heroínas de sus libros, o el de sus
amigas que los han leído como ella, empieza a modo de relámpago, con
un poder desvastador y eléctrico —supone, cuando siente la primera
dulce simpatía amorosa, que le tocó a su vez en el juego humano, y que
su afecto ha de tener las mismas formas, rapidez e intensidad que esos
afectillos de librejos, escritos —créemelo Amelia— por gentes
incapaces de poner remedio a las tremendas amarguras de que origina su
modo convencional e irreflexivo de describir pasiones que no existen,
o existen de una manera diferente de aquella con que las describen.
¿Tú ves un árbol? ¿Tú ves cuánto tarda en colgar la naranja dorada, o
la roja granada, de la rama gruesa? Pues ahondando en la vida se ve
que todo sigue el mismo proceso. El amor como el árbol, ha de pasar de
semilla a arbolillo, a flor y a fruto...