La
pintura cubana tiene en Rocío García una marca inquietante y
estremecedora. Su manera de desatar torbellinos temáticos y
resolverlos mediante composiciones donde las fronteras entre la
procacidad y la sutileza se trastocan, delata una recia personalidad
que le ha conducido a una expresión muy propia, plenamente
identificable y aprehensible.
Con su exposición personal Thriller, que ahora se exhibe en
el Museo Nacional de Bellas Artes, la artista, nacida en Santa Clara,
y egresada de San Alejandro y la Academia Repin en San Petesburgo,
Rusia, con numerosas obras en colecciones de Europa, América Latina y
Estados Unidos, asciende por la espiral de su desarrollo y logra que
el espectador se sumerja en los argumentos de su pintura.
En 16 obras de grande y mediano formatos, desplegados en
superficies dimensionadas para intensificar la recepción de los
contenidos, aparecen instantes de un relato donde la ambigüedad entre
violencia y contención, acción y sugerencia, subraya el carácter
irónico de una propuesta temática que aborda de modo poliédrico la
relación entre eros, poder y representación.
Hay una especie de paráfrasis fílmica en la disposición de los
elementos narrativos de las citaciones insinuadas, más que reveladas.
Determinados acentos asimilados del pop y de la naturaleza icónica del
antiguo arte oriental se dan la mano con la reinterpretación de los
códigos figurativos que provienen de la tradición occidental. Mas todo
ello se halla articulado en una poética donde las reglas del juego las
pone una artista que no deja margen a dudar sobre su autenticidad ni
aún dentro de los riesgos que corre.
Habrá quienes se planteen, ante esta exposición, problemas de
género. Sin embargo, la pintura de Rocío no es reductivista. Hombres y
mujeres, de acuerdo con su naturaleza, podrán despejar similares
interrogantes o quedar sobrecogidos por igual frente al impacto de las
imágenes. Rocío pinta una zona de la condición humana y es bastante.