A
las 7 de la mañana, Emilia Gorriarán daba al mundo una vida que no
necesitó de mucho tiempo para trascender, aunque al pueblo siempre le
resultara temprana su partida. Solo 27 años bastaron. Aquel 6 de
febrero de 1932, nació el niño que convertiría el primer llanto, en
sonrisa constante.
Recaudos para huérfanos, humildad, dificultades económicas y la
guía certera de sus padres, acompañaron sus inicios. Luego, el
abandono del sueño de ser escultor que no le impidió esculpir con sus
manos una obra mayor que no precisaba estudios, solo dedicación.
La salida forzosa a Estados Unidos, una y otra vez, y el regreso
definitivo acompañado de 81 hombres en un yate que lo conducía a su
única ambición: "ir a Cuba a estar en la primera línea cuando se
combata por el rescate de la libertad y de la hombría".
En geografías accidentadas y en el llano se convirtió, no solo en
la figura mítica que el pueblo reconocía en sencillez, jocosidad y
sombrero, sino en héroe de victorias, en Comandante de una lealtad a
toda prueba al pueblo y a su máximo líder: Fidel.
Antes de confundirse con olas, su vida transcurrió entre "mil
anécdotas". A quienes solo llegó su historia no se conforman con
revivirlo en cada escuela, centro o niño que lleva su nombre, pues es
un héroe que trasciende las palabras.
Camilo, como dijera Fidel, "seguirá viviendo en hombres como él, y
en hombres que se inspiren en él".