Los últimos días que vi a Camilo

En ocasión del aniversario 75 del natalicio del Comandante Camilo Cienfuegos, nuestro diario reproduce el siguiente material (publicado en 1975) de Jorge Enrique Mendoza, quien fue un destacado combatiente de la lucha clandestina, capitán del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, fundador y locutor de Radio Rebelde y director de Granma durante 20 años. La publicación del artículo constituye también un homenaje a su autor, ya fallecido

Jorge Enrique Mendoza

Transcurrían los duros meses de 1957 cuando por primera vez escuché de la leyenda heroica de Camilo Cienfuegos.

El Héroe de Yaguajay, junto a Mendoza (al centro) y Ricardo Martínez, locutor de Radio Rebelde, quien sirvió en 1959 como ayudante de Camilo.

Tenía el anhelo de conocer personalmente a los héroes que como Fidel y Camilo revivían los tiempos gloriosos de Céspedes y Agramonte, de Martí, Maceo y Gómez.

Cuando llegué al Territorio Libre eran los días en que Fidel terminaba de derrotar la última y gran ofensiva de Batista contra los picachos de la Sierra Maestra, el Che y Camilo obligaban al ejército batistiano a abandonar el campo de batalla, virtualmente en pleno llano; Almeida se preparaba para volver a la zona de Santiago de Cuba, y Raúl arreciaba la guerra en el Segundo Frente.

A los pocos días de comenzar mi tarea junto a los compañeros fundadores de la Radio Rebelde, llegó Camilo al campamento de la Comandancia General en La Plata. Todos miraban aquella figura que tanto amaba a Martí, a Maceo, a Fidel. No aparté un solo instante los ojos de aquella estampa heroica. De inmediato, su sonrisa y su simpatía se adueñaron de todos los que lo veíamos por primera vez. Vestía de verde olivo, con su sombrero alón; tenía un brillante pañuelo rojo alrededor de su cuello.

Días después presencié un intercambio de bromas que sostuvo con William Gálvez, a quien empezó a pegar con su pañuelo rojo, a la vez que le decía: "Vamos, que te voy a dar un 'pase' antimperialista".

Cuando recibió de manos de Fidel la orden militar que lo designaba jefe de la Invasión al occidente cubano, y que le brindaba la oportunidad de repetir la hazaña de Maceo, al salir de la cabañita de la Comandancia General se acercó con humildísima alegría revolucionaria a un pequeño grupo de compañeros veteranos de la Sierra y les dio la noticia de la nueva misión. Me situé detrás del grupo, y así pude escuchar sus modestas expresiones que resumían un amor inmenso por la patria, confianza absoluta en las ideas, estrategia y sueños de Fidel.

Había en sus ojos una mezcla de honor otorgado, de alegría, de preocupación por la trascendente tarea y de seguridad en que llegaría a cumplirla cabalmente, aunque creo que en su corazón deseaba que Ia guerra concluyera antes de llegar con su columna a Pinar del Río, para que de esa manera siguiera siendo Maceo el único con gloria tal.

Ya habían llegado mis jefes y amigos camagüeyanos Alfredo Álvarez Mola y Mario Herrero, que habían tenido necesidad de quedarse unos días más en el campamento de Canabacoa que dirigía el entonces teniente Idelfredo "Chino" Figueredo en el llano, muy cerca del pueblo de Veguitas.

Camilo era de los hombres que les tomaba cariño muy rápidamente a los demás. Sus deferencias hacia Alfredito (que subía a la Sierra por segunda vez) y Mario eran evidentes. Alfredo y Mario, trabajadores bancarios, iban a quedarse en la Sierra por orden de Fidel, que pensaba designarlos para dirigir el cobro del impuesto sobre el café, pero ellos soñaban con los combates de Agramonte, Gómez y Maceo. Camilo los incorporó a la Columna Invasora y Fidel asintió, despidiéndolos muy cariñosamente el día que partieron de La Plata.

Estas fueron mis primeras impresiones de Camilo.

Si no podré olvidar mis primeras impresiones de Camilo, mucho menos se borrarán de mi mente los últimos días que vi a Camilo.

En la mañana del 21 de octubre de 1959, en la ciudad de Camagüey, Camilo fue el primero en entrar en el Regimiento donde se guarecía "la traición que pretendía dividir las filas del Ejército Rebelde y sembrar la confusión en el pueblo, sirviendo a la reacción y al imperialismo".

De allí salió para informar a Fidel, que se encontraba en el INRA provincial. Ya en ese momento había en la calle una gigantesca multitud de camagüeyanos, que crecía por minutos, aguardando las órdenes de Fidel, en prueba de que "hombres puede haber traidores, pero no pueblos".

Al entrar al local de la casa-oficina de la calle San Pablo, en el patiecito interior, junto a Fidel ya estaba Camilo. Le informaba de la situación del cuartel, de la actitud traidora del jefe del regimiento.

Nunca olvidaré su gesto de delicadeza al explicarme la enconada situación interna que se encontró en la jefatura del cuartel y cómo tuvo que actuar. A partir de aquel instante admiré mucho más a aquel hombre que unía a su valor de leyenda una brillantísima inteligencia.

Cuando Fidel entró desarmado al cuartel, seguido de millares y millares de camagüeyanos, Camilo se llevó detenido al traidor. Recuerdo su radical discurso desde el balcón de la Comandancia del regimiento.

Al siguiente día, 22 de octubre, Fidel se dirigió por televisión desde La Habana al pueblo de Cuba para informar en detalles del ametrallamiento perpetrado contra la capital por aviones dirigidos por Díaz Lanz y que salieron de los Estados Unidos. Camilo llegó un rato antes a mi casa, que era la de mis padres. Muy próximo a comenzar Fidel su comparecencia por televisión, mi madre nos preparó comida a todos, y siguiendo la costumbre invitó a pasar al comedor. Camilo muy cortésmente, le dijo: "¿Usted no se pone brava, mi vieja, si nos llevamos los platos para la sala para poder escuchar a Fidel?" Mi madre respondió con una sonrisa —ella tampoco quería dejar de oírlo— y todos nos llevamos los platos para la sala y nos dispusimos a oír a Fidel, que estaba a punto de comenzar.

En medio de la intervención del Comandante en Jefe sonó el timbre del teléfono: era una llamada local de alguien que quería hablar con Camilo. Camilo se puso de pie, con rostro serio, y después de escuchar brevemente preguntó qué estaban haciendo. No sé lo que le contestaron, pero jamás podré olvidar la respuesta de Camilo: "Cuando Fidel está hablando lo único que debe hacer un revolucionario es oírlo".

La tarde del domingo 25 de octubre de 1959 fue de trabajo. Me habían invitado a una reunión donde se plantearon los recientes acontecimientos del ametralIamiento a La Habana y las últimas deserciones. Todos los allí presentes, encabezados por Fidel, expresaron su inquebrantable fe en el pueblo de Cuba y en su victoria definitiva.

Al terminar la reunión, Camilo quiso coger un poco de fresco por las calles de La Habana. Al rato de estar dando vueltas, entramos en un barcito. Pudimos sentarnos y conversar. Me habló de los deberes de la Revolución, hasta dónde llegaría, de que no tendría límites la lucha por la redención del hombre. Como cierre a sus palabras afirmó categóricamente:

"Si tenemos que llegar a la luna, llegaremos a la luna con un cohete".

Me impresionó vivamente aquella frase.

No estuve presente la noche del 21 de octubre en que les habló a los soldados rebeldes en Camagüey, y no había tenido la oportunidad de leer su discurso. Días después, cuando la adversidad nos arrebató a todos al héroe inolvidable, busqué el discurso. Allí estaba planteada aquella idea.

(Al comenzar a escribir estas líneas acabo de volver a oír la grabación, de ocho minutos, de aquellas memorables palabras en apoyo a Fidel y a la Revolución, interrumpidas clamorosamente, en cinco ocasiones, por los 500 soldados del regimiento Agramonte.)

". . . es bueno que todos los compañeros sepan —decía Camilo— que esta Revolución no se detendrá ante nada ni se detendrá ante nadie.

"¿Hasta dónde vamos? se nos pregunta. Y nosotros decimos que nosotros vamos con esta Revolución hasta el final. ¡Vamos a realizar una verdadera justicia social! Vamos a sacar a los campesinos y a los obreros de la miseria en que los tienen sumidos los intereses que hoy mueven las cuerdas de la contrarrevolución. ¡La Revolución cubana no se detendrá nunca ante nada!

"¡Si tenemos que llegar a la luna con un cohete nuestro, a la luna llevará la Revolución cubana un cohete también!". . .

Nos acostamos a dormir bien entrada la madrugada. Estábamos en su despacho de Ciudad Libertad. Cuando me desperté pasado el mediodía, ya Camilo estaba en pie y, siempre gentil, me invitó a que fuera con él en su automóvil —una cuña descapotada— al acto que esa tarde, a las 4, se celebraría en la Avenida de las Misiones, frente a la terraza norte del antiguo Palacio Presidencial.

Partimos de su despacho cerca de la hora señalada para comenzar la concentración. En las calles que conducían desde el antiguo campamento militar de Columbia hasta el hoy Museo de la Revolución había un mar humano. Todos se dirigían a concentrarse al llamado de Fidel para dar un grito más de "¡Independencia o Muerte!"

Al paso de Camilo, las gargantas gritaban su nombre con inmenso fervor y cariño; los brazos se agitaban para saludarlo, y él correspondía con su sonrisa agitando también sus brazos.

A los 15 ó 20 minutos de repetirse incesantemente esta escena, se volvió y me dijo:

"Qué equivocados están los fatuos que se creen que los aplausos y los saludos del pueblo son para ellos. Yo contesto a los saludos con igual cariño, porque sé que no me saludan a mí sino a la Revolución".

 

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