Tenía el anhelo de conocer personalmente a los héroes que como
Fidel y Camilo revivían los tiempos gloriosos de Céspedes y Agramonte,
de Martí, Maceo y Gómez.
Cuando llegué al Territorio Libre eran los días en que Fidel
terminaba de derrotar la última y gran ofensiva de Batista contra los
picachos de la Sierra Maestra, el Che y Camilo obligaban al ejército
batistiano a abandonar el campo de batalla, virtualmente en pleno
llano; Almeida se preparaba para volver a la zona de Santiago de Cuba,
y Raúl arreciaba la guerra en el Segundo Frente.
A los pocos días de comenzar mi tarea junto a los compañeros
fundadores de la Radio Rebelde, llegó Camilo al campamento de la
Comandancia General en La Plata. Todos miraban aquella figura que
tanto amaba a Martí, a Maceo, a Fidel. No aparté un solo instante los
ojos de aquella estampa heroica. De inmediato, su sonrisa y su
simpatía se adueñaron de todos los que lo veíamos por primera vez.
Vestía de verde olivo, con su sombrero alón; tenía un brillante
pañuelo rojo alrededor de su cuello.
Días después presencié un intercambio de bromas que sostuvo con
William Gálvez, a quien empezó a pegar con su pañuelo rojo, a la vez
que le decía: "Vamos, que te voy a dar un 'pase' antimperialista".
Cuando recibió de manos de Fidel la orden militar que lo designaba
jefe de la Invasión al occidente cubano, y que le brindaba la
oportunidad de repetir la hazaña de Maceo, al salir de la cabañita de
la Comandancia General se acercó con humildísima alegría
revolucionaria a un pequeño grupo de compañeros veteranos de la Sierra
y les dio la noticia de la nueva misión. Me situé detrás del grupo, y
así pude escuchar sus modestas expresiones que resumían un amor
inmenso por la patria, confianza absoluta en las ideas, estrategia y
sueños de Fidel.
Había en sus ojos una mezcla de honor otorgado, de alegría, de
preocupación por la trascendente tarea y de seguridad en que llegaría
a cumplirla cabalmente, aunque creo que en su corazón deseaba que Ia
guerra concluyera antes de llegar con su columna a Pinar del Río, para
que de esa manera siguiera siendo Maceo el único con gloria tal.
Ya habían llegado mis jefes y amigos camagüeyanos Alfredo Álvarez
Mola y Mario Herrero, que habían tenido necesidad de quedarse unos
días más en el campamento de Canabacoa que dirigía el entonces
teniente Idelfredo "Chino" Figueredo en el llano, muy cerca del pueblo
de Veguitas.
Camilo era de los hombres que les tomaba cariño muy rápidamente a
los demás. Sus deferencias hacia Alfredito (que subía a la Sierra por
segunda vez) y Mario eran evidentes. Alfredo y Mario, trabajadores
bancarios, iban a quedarse en la Sierra por orden de Fidel, que
pensaba designarlos para dirigir el cobro del impuesto sobre el café,
pero ellos soñaban con los combates de Agramonte, Gómez y Maceo.
Camilo los incorporó a la Columna Invasora y Fidel asintió,
despidiéndolos muy cariñosamente el día que partieron de La Plata.
Estas fueron mis primeras impresiones de Camilo.
Si no podré olvidar mis primeras impresiones de Camilo, mucho menos
se borrarán de mi mente los últimos días que vi a Camilo.
En la mañana del 21 de octubre de 1959, en la ciudad de Camagüey,
Camilo fue el primero en entrar en el Regimiento donde se guarecía "la
traición que pretendía dividir las filas del Ejército Rebelde y
sembrar la confusión en el pueblo, sirviendo a la reacción y al
imperialismo".
De allí salió para informar a Fidel, que se encontraba en el INRA
provincial. Ya en ese momento había en la calle una gigantesca
multitud de camagüeyanos, que crecía por minutos, aguardando las
órdenes de Fidel, en prueba de que "hombres puede haber traidores,
pero no pueblos".
Al entrar al local de la casa-oficina de la calle San Pablo, en el
patiecito interior, junto a Fidel ya estaba Camilo. Le informaba de la
situación del cuartel, de la actitud traidora del jefe del regimiento.
Nunca olvidaré su gesto de delicadeza al explicarme la enconada
situación interna que se encontró en la jefatura del cuartel y cómo
tuvo que actuar. A partir de aquel instante admiré mucho más a aquel
hombre que unía a su valor de leyenda una brillantísima inteligencia.
Cuando Fidel entró desarmado al cuartel, seguido de millares y
millares de camagüeyanos, Camilo se llevó detenido al traidor.
Recuerdo su radical discurso desde el balcón de la Comandancia del
regimiento.
Al siguiente día, 22 de octubre, Fidel se dirigió por televisión
desde La Habana al pueblo de Cuba para informar en detalles del
ametrallamiento perpetrado contra la capital por aviones dirigidos por
Díaz Lanz y que salieron de los Estados Unidos. Camilo llegó un rato
antes a mi casa, que era la de mis padres. Muy próximo a comenzar
Fidel su comparecencia por televisión, mi madre nos preparó comida a
todos, y siguiendo la costumbre invitó a pasar al comedor. Camilo muy
cortésmente, le dijo: "¿Usted no se pone brava, mi vieja, si nos
llevamos los platos para la sala para poder escuchar a Fidel?" Mi
madre respondió con una sonrisa —ella tampoco quería dejar de oírlo— y
todos nos llevamos los platos para la sala y nos dispusimos a oír a
Fidel, que estaba a punto de comenzar.
En medio de la intervención del Comandante en Jefe sonó el timbre
del teléfono: era una llamada local de alguien que quería hablar con
Camilo. Camilo se puso de pie, con rostro serio, y después de escuchar
brevemente preguntó qué estaban haciendo. No sé lo que le contestaron,
pero jamás podré olvidar la respuesta de Camilo: "Cuando Fidel está
hablando lo único que debe hacer un revolucionario es oírlo".
La tarde del domingo 25 de octubre de 1959 fue de trabajo. Me
habían invitado a una reunión donde se plantearon los recientes
acontecimientos del ametralIamiento a La Habana y las últimas
deserciones. Todos los allí presentes, encabezados por Fidel,
expresaron su inquebrantable fe en el pueblo de Cuba y en su victoria
definitiva.
Al terminar la reunión, Camilo quiso coger un poco de fresco por
las calles de La Habana. Al rato de estar dando vueltas, entramos en
un barcito. Pudimos sentarnos y conversar. Me habló de los deberes de
la Revolución, hasta dónde llegaría, de que no tendría límites la
lucha por la redención del hombre. Como cierre a sus palabras afirmó
categóricamente:
"Si tenemos que llegar a la luna, llegaremos a la luna con un
cohete".
Me impresionó vivamente aquella frase.
No estuve presente la noche del 21 de octubre en que les habló a
los soldados rebeldes en Camagüey, y no había tenido la oportunidad de
leer su discurso. Días después, cuando la adversidad nos arrebató a
todos al héroe inolvidable, busqué el discurso. Allí estaba planteada
aquella idea.
(Al comenzar a escribir estas líneas acabo de volver a oír la
grabación, de ocho minutos, de aquellas memorables palabras en apoyo a
Fidel y a la Revolución, interrumpidas clamorosamente, en cinco
ocasiones, por los 500 soldados del regimiento Agramonte.)
". . . es bueno que todos los compañeros sepan —decía Camilo— que
esta Revolución no se detendrá ante nada ni se detendrá ante nadie.
"¿Hasta dónde vamos? se nos pregunta. Y nosotros decimos que
nosotros vamos con esta Revolución hasta el final. ¡Vamos a realizar
una verdadera justicia social! Vamos a sacar a los campesinos y a los
obreros de la miseria en que los tienen sumidos los intereses que hoy
mueven las cuerdas de la contrarrevolución. ¡La Revolución cubana no
se detendrá nunca ante nada!
"¡Si tenemos que llegar a la luna con un cohete nuestro, a la luna
llevará la Revolución cubana un cohete también!". . .
Nos acostamos a dormir bien entrada la madrugada. Estábamos en su
despacho de Ciudad Libertad. Cuando me desperté pasado el mediodía, ya
Camilo estaba en pie y, siempre gentil, me invitó a que fuera con él
en su automóvil —una cuña descapotada— al acto que esa tarde, a las 4,
se celebraría en la Avenida de las Misiones, frente a la terraza norte
del antiguo Palacio Presidencial.
Partimos de su despacho cerca de la hora señalada para comenzar la
concentración. En las calles que conducían desde el antiguo campamento
militar de Columbia hasta el hoy Museo de la Revolución había un mar
humano. Todos se dirigían a concentrarse al llamado de Fidel para dar
un grito más de "¡Independencia o Muerte!"
Al paso de Camilo, las gargantas gritaban su nombre con inmenso
fervor y cariño; los brazos se agitaban para saludarlo, y él
correspondía con su sonrisa agitando también sus brazos.
A los 15 ó 20 minutos de repetirse incesantemente esta escena, se
volvió y me dijo:
"Qué equivocados están los fatuos que se creen que los aplausos y
los saludos del pueblo son para ellos. Yo contesto a los saludos con
igual cariño, porque sé que no me saludan a mí sino a la Revolución".