Arte efímero y frágil

AMADO DEL PINO

Entre los peligros —con algo de encanto— del arte teatral está su carácter efímero. En los últimos tiempos las grabaciones en video (o en el más reciente DVD) atenúan esa sensación, pero el hecho irrepetible de una función nunca podrá apresarse en soporte alguno.

El programa de mano puede ser más o menos elegante; se recoge rápido a la entrega de la función, pero cumple un importante servicio como aliado de la memoria. Al crítico le resulta útil poseer una "programoteca", una colección de esas hojitas en que está el dato puntual que mañana será oro para la historia. Un error en el programa es siempre lamentable. Recuerdo una vez que se olvidó el nombre del asesor del grupo y —para no herir su natural vanidad— pusimos en cada uno de los cientos de programas su nombre. En otro espectáculo fue una falta de ortografía (una s por c, nunca lo olvidaré) lo que debimos rectificar con delicadeza. Mientras el elenco se maquillaba para la función nos turnábamos poniendo c, desde el director de la puesta hasta el utilero.

Además de estar amenazado por la fugacidad, el teatro presenta notables niveles de riesgo. Como lo asumen seres humanos en vivo, está sujeto a los avatares y azares de los hombres y mujeres que lo protagonizan. Cuando ya un intérprete logró consolidar un personaje, después de dos o tres meses de ensayos y búsquedas, suelo decirle: "Ahora mira bien al cielo para que no te caiga nada en la cabeza y al suelo para que no vayas a tener un accidente en los pies". Le estoy deseando que una circunstancia fortuita no arruine tantas horas de laboreo físico y espiritual. Se han dado muchos casos de teatristas que han ofrecido funciones con mucha fiebre o padeciendo diversas enfermedades. Moliére, moribundo, salió a escena para interpretar una de sus obras que —casi irónicamente— se titulaba El enfermo imaginario.

Durante siglos se empleó la concha del apuntador. El buen hombre se encogía dentro del hermoso aditamento y "soplaba" los textos a los intérpretes. Vale recordar que no existía el cine y las compañías teatrales debían poseer un repertorio tan amplio y variado que la memoria humana no lograba alcanzar. En el último siglo y medio se memoriza y esa práctica ha contribuido a que se alcance mayor naturalidad, verismo y hasta fluidez. Claro, siempre hay recursos para garantizar que la función continúe ante una humana quiebra de la memorización. En las "patas" u hombros del teatro —allí donde no llega la mirada del espectador— suele estar el traspunte, alguien que —libreto en mano— protege de cualquier "bache". En casos de que el actor "se quede en blanco", resulta de gran importancia la capacidad de los demás de relacionarse con el accidente para seguir adelante. A un buen teatrista habanero sus colegas le nombraron "cariñosamente", Cuatro Páginas, pues omitió esa cantidad de texto en una aciaga función.

Recuerdo una representación en la que el actor se sintió enfermo y comenzó a sudar, a tambalearse. Dio la casualidad que el argumento de la obra pasaba por un instante en que el personaje se encontraba en una situación embarazosa. La mayoría del público pensó que se trataba de una magnífica caracterización. A mi lado estaba, como espectadora, una actriz que antes interpretó esa obra y se percató de que los parlamentos que el enfermo balbuceaba sobre las tablas se alejaban demasiado del texto original. Fue la primera en correr en busca de un médico. Abrimos paso y el protagonista fue conducido rápido hacia el hospital. Por suerte, al día siguiente salió a escena de nuevo, a correr el riesgo nuevamente.

 

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