El juicio a Libby

Trapos sucios de Bush

NICANOR LEÓN COTAYO

El juicio en Washington al ex asesor principal del vicepresidente Richard Cheney inició su segunda semana el pasado 29 de enero y desnuda aún más la actuación gangsteril que caracteriza a la actual jefatura de la Casa Blanca.


 

 

Libby-Cheney: protagonistas del CIA-gate.

Se trata del proceso judicial contra Lewis Libby, quien reveló la identidad de una agente encubierta de la CIA, Valerie Plame, para vengarse de su esposo, el ex embajador Joseph Wilson.

Este último fue enviado a Nigeria por esa agencia de espionaje en el 2002, con la misión de verificar que el gobierno de Iraq adquiría uranio destinado a fabricar armas de exterminio masivo.

Uno de los principales argumentos de Bush para invadir a esa nación árabe era que Saddam Hussein poseía los referidos armamentos, y deseaban fortalecer su pretexto con los resultados del viaje de Wilson.

Sin embargo, una vez en Nigeria, Wilson comprobó la falsedad de tal acusación y así lo hizo saber a su gobierno, pero Bush repitió la mentira en su informe sobre el estado de la Unión en el 2003.

Luego, un periodista del diario The New York Times, Nicholas Kristof, mencionó el desmentido de Wilson, a quien solo identificó entonces como "un ex embajador" norteamericano.

El 6 de julio del 2003, el ex diplomático publicó un artículo en el mismo periódico donde narró lo sucedido en Nigeria y, para repetirlo, compareció en un programa televisivo de la NBC. Así firmó su sentencia de muerte política.

La semana siguiente, Cheney utilizó a su asistente de prensa, Cathie Martin, y a Joseph Lobby, para reiterar en el juicio contra Libby las siguientes ideas: no conocían a Joseph Wilson, no lo enviaron a Nigeria, se enteraron de su viaje por la prensa.

Un cable de AP recordó el 28 de enero pasado que "fue Cheney quien dictó esos puntos a Martin, quien a su vez los envió por correo electrónico a la Secretaría de Prensa de la Casa Blanca con destino a los reporteros".

Durante el juicio a Libby, Cathie Martin reveló la forma en que la oficina del Vicepresidente de los Estados Unidos, en armonía con Bush, manipuló la información periodística al respecto.

AP resumió que los conspiradores deci-dían: "¿Cuándo dejar que el nombre de una persona se utilice y cuándo esconderlo? ¿Qué medios de prensa eran más susceptibles de controlar y cuál era el momento más oportuno para hacerlo?"

Esa agencia noticiosa dijo que la testigo Martin narró lo anterior "con gran candidez", incluso cuando se refirió a la clasificación de periodistas "como amigos a quienes favorecer y críticos que acallar".

En el juicio seguido a Libby han pululado también las maquinaciones dirigidas a borrar o disminuir sus responsabilidades y, sobre todo, las de prominentes figuras gubernamentales. Pero persisten las contradicciones.

Por ejemplo, el ex secretario de prensa de la Casa Blanca, Ari Fleischer, declaró que el acusado le habló sobre Valerie Plame durante un almuerzo que tuvo lugar el 7 de julio del 2003.

Sin embargo, Libby planteó a los investigadores del caso que por primera vez supo de Plame el 10 de julio de aquel año, a través de Tim Russert, un reportero de la cadena de televisión NBC.

La ex periodista de The New York Times, Judith Miller, declaró el martes último que Libby, en diálogos con ella, identificó a Plame el 23 de junio y el 8 de julio del 2003, y más tarde estuvo detenida durante 85 días por negarse a confesar tales conversaciones.

Otros cuatro testigos del Gobierno también reconocieron haber hablado sobre la misma persona con el asesor principal de Cheney antes de la fecha declarada por él.

Un periodista de AP, Matt Apuzzo, comentó desde Washington que casi todos los citados admitieron haber hablado con Libby en cuanto al tema, "pero nadie recuerda los detalles".

Según Apuzzo, "los primeros testimonios del juicio dejan en claro las dificultades que encararán los fiscales para demostrar que hubo obstrucción y perjurio (jurar en falso) de parte del acusado".

Libby, recordó, adujo que fue un periodista quien le reveló la identidad de la agente de la CIA Plame, "cuando en realidad se la habían dado a conocer Cheney y otros funcionarios del gobierno".

Este fangoso proceso judicial no ha terminado. Pero lo sucedido contribuye a demostrar, entre otras cosas, cuatro hechos irrefutables:

Pone de manifiesto una vez más las mentiras utilizadas por Bush y Cheney en su afán por agredir a Iraq para arrebatarle su petróleo y controlar su posición estratégica.

Demuestra la brutal represión que se ejerce en los Estados Unidos hacia "disidentes" como Joseph Wilson, por manifestar una opinión diferente a la oficial.

Sale a relucir de nuevo en qué consiste la titulada libertad de prensa en ese país, así como la forma en que es administrada por los más altos funcionarios del Gobierno.

Evidencia que la Casa Blanca está en manos de un grupo de connotados farsantes, al estilo de quienes integraron la pandilla que acompañó a Adolfo Hitler en el siglo pasado.

Aquellos cayeron un día. Estos —con el Presidente a la cabeza— inician ese camino, ya sin la certeza de terminar su segunda vuelta por la mansión ejecutiva.

 

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