Se trata del proceso judicial contra Lewis Libby, quien reveló la
identidad de una agente encubierta de la CIA, Valerie Plame, para
vengarse de su esposo, el ex embajador Joseph Wilson.
Este último fue enviado a Nigeria por esa agencia de espionaje en
el 2002, con la misión de verificar que el gobierno de Iraq adquiría
uranio destinado a fabricar armas de exterminio masivo.
Uno de los principales argumentos de Bush para invadir a esa nación
árabe era que Saddam Hussein poseía los referidos armamentos, y
deseaban fortalecer su pretexto con los resultados del viaje de
Wilson.
Sin embargo, una vez en Nigeria, Wilson comprobó la falsedad de tal
acusación y así lo hizo saber a su gobierno, pero Bush repitió la
mentira en su informe sobre el estado de la Unión en el 2003.
Luego, un periodista del diario The New York Times, Nicholas
Kristof, mencionó el desmentido de Wilson, a quien solo identificó
entonces como "un ex embajador" norteamericano.
El 6 de julio del 2003, el ex diplomático publicó un artículo en el
mismo periódico donde narró lo sucedido en Nigeria y, para repetirlo,
compareció en un programa televisivo de la NBC. Así firmó su sentencia
de muerte política.
La semana siguiente, Cheney utilizó a su asistente de prensa,
Cathie Martin, y a Joseph Lobby, para reiterar en el juicio contra
Libby las siguientes ideas: no conocían a Joseph Wilson, no lo
enviaron a Nigeria, se enteraron de su viaje por la prensa.
Un cable de AP recordó el 28 de enero pasado que "fue Cheney quien
dictó esos puntos a Martin, quien a su vez los envió por correo
electrónico a la Secretaría de Prensa de la Casa Blanca con destino a
los reporteros".
Durante el juicio a Libby, Cathie Martin reveló la forma en que la
oficina del Vicepresidente de los Estados Unidos, en armonía con Bush,
manipuló la información periodística al respecto.
AP resumió que los conspiradores deci-dían: "¿Cuándo dejar que el
nombre de una persona se utilice y cuándo esconderlo? ¿Qué medios de
prensa eran más susceptibles de controlar y cuál era el momento más
oportuno para hacerlo?"
Esa agencia noticiosa dijo que la testigo Martin narró lo anterior
"con gran candidez", incluso cuando se refirió a la clasificación de
periodistas "como amigos a quienes favorecer y críticos que acallar".
En el juicio seguido a Libby han pululado también las maquinaciones
dirigidas a borrar o disminuir sus responsabilidades y, sobre todo,
las de prominentes figuras gubernamentales. Pero persisten las
contradicciones.
Por ejemplo, el ex secretario de prensa de la Casa Blanca, Ari
Fleischer, declaró que el acusado le habló sobre Valerie Plame durante
un almuerzo que tuvo lugar el 7 de julio del 2003.
Sin embargo, Libby planteó a los investigadores del caso que por
primera vez supo de Plame el 10 de julio de aquel año, a través de Tim
Russert, un reportero de la cadena de televisión NBC.
La ex periodista de The New York Times, Judith Miller, declaró el
martes último que Libby, en diálogos con ella, identificó a Plame el
23 de junio y el 8 de julio del 2003, y más tarde estuvo detenida
durante 85 días por negarse a confesar tales conversaciones.
Otros cuatro testigos del Gobierno también reconocieron haber
hablado sobre la misma persona con el asesor principal de Cheney antes
de la fecha declarada por él.
Un periodista de AP, Matt Apuzzo, comentó desde Washington que casi
todos los citados admitieron haber hablado con Libby en cuanto al
tema, "pero nadie recuerda los detalles".
Según Apuzzo, "los primeros testimonios del juicio dejan en claro
las dificultades que encararán los fiscales para demostrar que hubo
obstrucción y perjurio (jurar en falso) de parte del acusado".
Libby, recordó, adujo que fue un periodista quien le reveló la
identidad de la agente de la CIA Plame, "cuando en realidad se la
habían dado a conocer Cheney y otros funcionarios del gobierno".
Este fangoso proceso judicial no ha terminado. Pero lo sucedido
contribuye a demostrar, entre otras cosas, cuatro hechos irrefutables:
Pone de manifiesto una vez más las mentiras utilizadas por Bush y
Cheney en su afán por agredir a Iraq para arrebatarle su petróleo y
controlar su posición estratégica.
Demuestra la brutal represión que se ejerce en los Estados Unidos
hacia "disidentes" como Joseph Wilson, por manifestar una opinión
diferente a la oficial.
Sale a relucir de nuevo en qué consiste la titulada libertad de
prensa en ese país, así como la forma en que es administrada por los
más altos funcionarios del Gobierno.
Evidencia que la Casa Blanca está en manos de un grupo de
connotados farsantes, al estilo de quienes integraron la pandilla que
acompañó a Adolfo Hitler en el siglo pasado.
Aquellos cayeron un día. Estos —con el Presidente a la cabeza—
inician ese camino, ya sin la certeza de terminar su segunda vuelta
por la mansión ejecutiva.