Ever Fonseca, a lo largo de los años, ha atrapado la personalidad
de los seres que pueblan sus creaciones. Diríamos, es un "jigüe"
pintor que, metamorfosea la vida, recuerda, vive y crea. Su obra es
el itinerario del cubano, es una poética-diálogo entre
hombre-vegetación.
Si quiere comprobar lo anterior, acérquese a la exposición
Donde desemboca el río. (Homenaje a Manzanillo), abierta en la
galería La Acacia (San José No. 114, entre Industria y Consulado, La
Habana Vieja), en la cual el artista muestra un conjunto de pinturas
y esculturas en madera policromada, que cuentan anécdotas,
percepciones y mitos conocidos en su ámbito de paisajes rurales.
Allí, el espectador podrá entrar en contacto con uno de los pintores
más auténticos de Cuba, porque su manera de hacer no es comparable
con la de ningún otro, además de reconocer en esa obra un lenguaje
de signos muy propios.
Ever Fonseca nació en un "caguayo" verde que flota en el Caribe,
y siempre vivirá en él, porque sobre su piel corretea desde que sus
ojos se abrieron al mundo. Allí conoció al Don Jigüe, inseparable
compañero de aventuras reales y pictóricas, y de su mano caminó por
valles y montañas, bebió el agua de los ríos, tocó los colores del
amanecer y las sombras de la noche. Todo ello salpicó su obra de una
cubanía nata, de una sensibilidad especial que se acumula ahora en
telas, cartulinas, maderas y barro. De ahí que sus trabajos lleven
los colores del campo, del cielo. "Me gusta todo, uno no puede
adelantarse a sí mismo. Mi obra está circunscrita en la Isla y es un
trabajo vital donde el mar desempeña un papel fundamental aunque no
esté presente en la obra", dijo el creador. En estas fábulas
pictóricas aparecen animales muy diversos, una vegetación asombrosa,
to-do un concierto de visiones-sonoridades de árboles, pájaros,
pequeños reptiles¼ que siluetean en la
distancia el sol o la luna, dependiendo de la hora que se fije en la
superficie.
Desde el punto de vista técnico, hay un énfasis en el empleo de
la línea como elemento constructivo para expresar ideas, pues no hay
en ninguna de sus composiciones un elemento discordante que conspire
contra la percepción de formas-mensajes, y todas las figuras están
resueltas mediante líneas vitales. Pero algo importante al mirar su
obra es que a pesar de que el tiempo pasa, el desarrollo no ha
podido eliminar de él ese toque "silvestre" de su personalidad y de
sus creaciones.
En los inicios, hacia los 60 y 70 se observan en sus trabajos
líneas muy sensuales porque según refiere Ever "en aquel tiempo era
la juventud, las novias, mi madre estaba viva y ese mundo de cosas
se entremezclaba. Ahora hay una paz, una sedimentación, un reposo,
factores que corresponden a la madurez biológica, la experiencia
acumulada. Aunque en cuanto a la sensualidad, el amor, en esencia
soy el mismo, sólo que me he transformado por fuera, por la piel. Y
lo que caracteriza mi obra es el sentido orgánico de un desarrollo
que va al ritmo de los años: el tiempo de las vivencias. Pero no
puedo decir que las piezas de una década son mejores o peores,
simplemente es un reflejo de mi trabajo, que siempre he realizado
con el mismo amor, con la misma responsabilidad y eso es lo que me
mantiene vivo".