En aquellos tiempos, la administración Kennedy presentaba "la
defensa hemisférica contra el comunismo internacional y su penetración
en Cuba", como un problema continental que debía ser resuelto bajo la
guía de Estados Unidos. El 15 de enero de 1962, ya el presidente
aseguraba que Cuba "no tiene lugar en el sistema interamericano" y que
"la voz del hemisferio hablará contra las dictaduras de izquierda,
sostenidas y apoyadas desde el exterior del hemisferio".
A fin de definir tal situación, una semana después los cancilleres
de América se dieron cita en Punta del Este, Uruguay, para asistir a
la que se conoció como la VIII Reunión de Consulta de Ministros de
Relaciones Exteriores Americanos. Según la prensa de la época, fue una
de las más falsas y dramáticas conferencias celebradas jamás, pues
nunca se había visto tan desesperado al imperialismo, ante la
incapacidad de sus representantes para persuadir a los asistentes al
encuentro, aun con el apoyo de Guatemala y Colombia, que de manera
servil protagonizaron con fuerza la ofensiva anticubana.
Nuestra delegación partió hacia Uruguay encabezada por el entonces
Presidente de la República Osvaldo Dorticós Torrado, e integrada
también por el canciller Raúl Roa García, y otros notables
diplomáticos.
En aquel encuentro, y como días antes lo había afirmado Fidel, Cuba
"sentó al imperialismo en el banquillo de los acusados". Sus patrañas
fueron nuevamente desenmascaradas ante la opinión pública mundial,
pese a que los debates estuvieron matizados por intercambios privados
que ocasionaron cambios repentinos de posición de varios países.
Algunos presionados por Estados Unidos mediante el soborno, el
chantaje y las promesas de ayuda monetaria.
Dean Rusk, secretario de estado norteamericano al frente de su
delegación, proponía ayuda financiera mediante la famosa Alianza para
el Progreso (AP), auspiciada por Washington y en vigor desde agosto de
1961, a raíz de la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y
Social de la OEA, celebrada también en Punta del Este. La AP no era
entonces más que un instrumento de chantaje diplomático para comprar
votos contra nuestro gobierno.
Desde el principio, Rusk mostró la intención de aplicar a Cuba
sanciones económicas y militares, condenando nuestros vínculos con los
entonces países socialistas. El 26 de enero pidió la adopción de una
serie de estas medidas, y recomendó que el Consejo de la OEA, con sede
en Washington, se encargara de determinar el método y la fecha en que
debían aplicarse.
Rusk reclamó que se declarara que "las actividades actuales de Cuba
constituyen un peligro común y constante para el continente", y
planteó la suspensión de relaciones económicas de los países
americanos con la nación caribeña. También solicitó que se nos
excluyera del sistema interamericano, y se creara "una nueva comisión
especial de seguridad", dependiente de la Junta Interamericana de
Defensa, para que aconsejara a los países miembros de la OEA "medidas
individuales y colectivas contra cualquier acto de amenaza o
agresión".
Pero no pudo obtener apoyo a sus afanes intervencionistas ni la
aprobación de las severas sanciones que deseaba imponer. Contábamos
con el respaldo de varios países como Brasil y México, quienes
apoyaban el precepto de autodeterminación y no intervención en los
asuntos internos de otros pueblos. Estados Unidos apenas logró la
ilegal exclusión de Cuba de la OEA, con el mínimo de votos.
Un día antes de la propuesta de Rusk, el presidente cubano leía en
la declaración formal acerca de nuestra posición al respecto:
"Si lo que se pretende es que Cuba se someta a las determinaciones
de un país poderoso (¼ ), si lo que se
busca es que Cuba capitule, renuncie a las aspiraciones de bienestar,
progreso y paz, que animan su revolución socialista y entregue su
soberanía, si lo que se intenta es que Cuba vuelva la espalda a países
que le han demostrado una amistad sincera y un respeto cabal; si, en
una palabra, se intenta esclavizar a un país que ha conquistado su
libertad total después de siglo y medio de sacrificios, sépase de una
vez: ‘Cuba no capitulará’."
Y el 30 de enero de 1962, durante el debate sobre la resolución que
proponía excluirnos de la OEA, ratificaba:
"Vinimos convencidos de que se tomaría una decisión contra Cuba (¼
) pero eso no afectará el desarrollo de nuestra Revolución. (¼
) Vinimos para pasar de acusado a acusador, para acusar al culpable
aquí, que no es otro que el gobierno imperialista de Estados Unidos."
Más tarde, tras enumerar los logros de la Revolución cubana y
denunciar el verdadero carácter de la organización como bloque
político-militar bajo el mando del imperialismo yanki, afirmó que de
esta cita Estados Unidos "no sacó todo lo que quería", porque "Cuba
dentro o fuera de la OEA, continuará manteniendo relaciones con los
países socialistas".
La resolución fue aprobada al día siguiente, bajo el título
"Exclusión del actual Gobierno de Cuba de su participación en el
Sistema Interamericano". Obtuvo 14 votos a favor (Estados Unidos,
Guatemala, El Salvador, República Dominicana, Colombia, Venezuela,
Uruguay, Nicaragua, Costa Rica, Honduras, Panamá, Perú, Paraguay y
Haití), seis abstenciones (Brasil, Argentina, México, Chile, Bolivia y
Ecuador), y la oposición de Cuba.
Esta fue una violación flagrante de la Carta de la OEA, que no
contiene normas expresas que sirvan de base para suspender o excluir a
un país miembro del sistema interamericano, principal razón por la que
varios países se abstuvieron de votar. Demostraban así que emprendían
el camino hacia una política exterior independiente.
Pese a las amenazas y presiones estadounidenses, la aprobación
apenas fue lograda por los 14 votos imprescindibles, dos tercios
estrictos que no incluían a ninguno de los llamados países grandes de
la región. Por aquellos días, la prensa extranjera reconocía el duro
golpe que había significado la reunión de Punta del Este para el
gobierno yanki.
Incluso William L. Ryan, corresponsal de la agencia norteamericana
Associated Press, reconocía que aunque Estados Unidos había logrado
dos tercios de la votación, "el otro lado obtuvo la votación de dos
tercios de la población latinoamericana".
Y añadía: "Parecía que luchaban con sombras (¼
) La fuerza de Castro es tan obvia que es significativo el hecho de
que la aislada Punta del Este, a la cual solo un camino bien guardado
conduce, fue casi el único lugar en la América Latina considerado
seguro para celebrar la conferencia hemisférica".