Lo bueno de sentirse útil

Miles de jubilados de todo el país comparten en la misma trinchera y aportan ideas y esfuerzos en obras priorizadas. Ciego de Ávila no es la excepción

Ortelio González Martínez

CIEGO DE ÁVILA — A los 69 años de edad, René Salas Ineráriti ve la vida con el mismo optimismo de cuando combatió en la lucha clandestina, fue internacionalista en Angola, o cuando compartió largas jornadas con Lázaro Peña, el capitán de la clase obrera cubana.

René Salas (a la derecha) en un animado diálogo con Lázaro Peña.

Hoy, está al frente de los más de 13 000 jubilados de la provincia de Ciego de Ávila, una de las de mejor trabajo en la atención a estos hombres y mujeres que mucho aportaron —y aportan— en importantes sectores de la vida económica y social del país.

Con la palabra en ristre, asevera tener bien presente el legado de Lázaro, sobre todo aquella máxima que decía que el sindicato era de todos los trabajadores; del blanco, el negro, el militante, el no militante, el creyente. Eso sí, siempre sin faltarle a los principios de la Revolución.

Y es que estos jóvenes con años acumulados mucho aportan al desarrollo del país y a las obras de la Batalla de Ideas.

Es lo que se quiere, comenta Salas, que todos demos un poquito de la sapiencia de cada quien para brindar la experiencia, y hasta ayudar con nuestro esfuerzo, si lo requieren las circunstancias."

De ello da fe Juan Drago Peña, quien a los 70 años, lo mismo trabaja con la pala o la carretilla. Siempre suele vérsele en alguna obra importante.

Ya hemos colaborado en centros de la salud y otros educacionales, más si sabemos que en la provincia escasea la fuerza de trabajo. Todavía alguno de nosotros puede sacarle un susto a cualquiera. No lo dude, dice mientras continúa pala en mano.

Bien lo sabe este reportero, quien en una jornada voluntaria compartió, carretilla por el medio, con varios de los ¿retirados? del sector de la construcción, y apenas tuvo tiempo para respirar.

Otra "jubilada", Nidia Velásquez, habla con vehemencia de lo bueno de enseñar y aportar las experiencias a las nuevas generaciones, "más en la educación", argumenta, mientras agarra la tiza y comienza a escribir en la pizarra el tema de la clase que imparte a un grupo de Adultos Mayores.

Si yo me encierro en la casa, me duele el pecho y me falta el aire. Tengo que salir, respirar, sentirme útil.

Quizás, la mayor lección es la de Diego Olivert Figueredo, de 82 años, 38 de ellos como dirigente sindical de base.

“El trabajo da fuerzas”,
asevera Diego.

Simplemente, Diego para los que lo conocen —que no son pocos— no se aferra a la idea de permanecer en casa y, aunque jamás ha descansado, desde hace un año labora de forma voluntaria en el sindicato provincial del sector como asesor, en la atención a los órganos de justicia laboral, reclamaciones de los trabajadores, y en la parte de los centros protegidos.

Por cierto, en este último aspecto su quehacer es decisivo en la declaración de los primeros 21 del ramo, labor que mejora constantemente en el territorio.

"El trabajo es la fuente de la vida, de la creación. No mata a nadie, más bien, da fuerzas. Te lo digo yo, que fui carpintero encofrador, electricista, albañil, cabillero, entre otros oficios", manifiesta Diego.

Y así piensan la mayoría de los jubilados interpelados por Granma, aun cuando todavía en no todas las secciones sindicales se les dé la misma atención a estos hombres y mujeres de edad acumulada.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir