Pero en el país ocupado, las fuerzas foráneas encabezadas por
Estados Unidos no han distinguido para nada la intimidad de un credo o
la humildad de quienes lo profesan, y contra ellos han lanzado la
metralla asesina, como la que este domingo dejó más de 200 muertos en
la ciudad santa de Nayaf.
Y aunque la censura ha querido distorsionar y esconder la verdad,
el mundo irá conociendo que fue una acción salvaje, en la que los
militares norteamericanos y del ejército local, apoyados por tanques y
helicópteros artillados, convirtieron los alrededores de Nayaf en un
verdadero campo de batalla y exterminio, en el que fueron masacradas
familias completas, incluyendo menores.
La acción hace recordar cuando el 14 de abril del 2004, más de 2
500 militares estadounidenses y otros cientos locales, dirigidos por
el general Ricardo Sánchez, comandante de las fuerzas de ocupación, se
lanzaron contra esa ciudad sagrada con el propósito de capturar "vivo
o muerto" al clérigo chiíta Moqtada al Sadr, ya por entonces erigido
en uno de los líderes que ha impulsado la resistencia contra la
ocupación.
Lo ocurrido allí se suma a la larga lista de bombardeos
norteamericanos contra mezquitas, bodas y otras fiestas familiares,
palacios, museos y escuelas, como símbolo de una cruzada contra la
cultura y la vida e historia misma del país árabe ocupado.
Por tercer año consecutivo los iraquíes solo han podido recordar su
fecha sagrada como un Ashura de la muerte, como solo puede ocurrir en
un país ocupado, masacrado y destruido¼