A cualquier crítico le ha sucedido a la hora de leer el
comentario de algún colega sobre un filme conocido —¿habremos visto
la misma película?—, o escuchar elogios acerca de la obra de un
cineasta —¿será fulano o alguien con el mismo nombre?— a quien se le
remonta en alfombras de ditirambos, cuando en realidad apenas ha
podido despegar unos metros del piso.
La relación crítico-amistad con el creador es una larga
contaminación de la que no parece escapar el mundo del cine, pero
que se torna más patente allí donde los afanes de comercialización
son capaces de ponerle precio al alma de los santos.
Resulta el cine un negocio demasiado caro como para dejar que
unas cuantas opiniones atenten contra la criatura de celuloide desde
su mismo nacimiento. De ahí que casas productoras, agencias de
publicidad y sesudos del marketing acosen tanto a las publicaciones
escritas como a los programas de televisión y desplieguen
invitaciones a viajes, fiestas y cenas, de las que quedarían
excluidos aquellos "contratados" que no entren por el aro, o se
empeñen en "ponerla difícil".
Un libro escrito recientemente por la crítica española Nuria
Vidal revela las relaciones entre colegas de la profesión en su país
y entre esos mismos críticos con los cineastas. Lo expuesto ha dado
lugar a arduas polémicas y comentarios, en los que se mezclan por
igual seriedad, humor y hasta cinismo. Y aunque cada entorno
cinematográfico tiene sus características y matices, hay asuntos de
carácter general que pueden relacionarse con cualquier latitud.
Los implicados en el tema coinciden en que hay dos grandes retos
para los críticos de cine: tener que dar siempre una opinión por
contrato, por sueldo, por la agenda de un jefe, y saber distanciarse
de los autores de películas, de manera que los juicios no se vean
condicionados por la amistad.
Mediante numerosos ejemplos, la Vidal pone de manifiesto la
cohabitación entre los criticados y la crítica, disfrazada esta, por
supuesto, de las más variadas artimañas, algo que convierte el digno
trabajo de la opinión periodística en un timo para los lectores. No
faltan ejemplos de críticos que siempre hablan bien de los mismos
directores, "hagan lo que hagan", y de otros demasiados "fundidos"
en sus puntos de vista con los postulados creativos de amigos
realizadores, productores y distribuidores.
En su sitio de cine, Iván Reguera reproduce consejos del crítico
Diego Galán en torno a los problemas que entraña decir la verdad,
principalmente en proyecciones privadas en las que se encuentran los
ejecutantes de lo que se está viendo. Recomienda el crítico no
asistir a las proyecciones de las distribuidoras, donde los acosos
son incesantes. Mejor resultan los pases para la prensa. Pero allí
también pueden colarse directores y promotores. ¿Qué hacer a la
salida de la sala? El mejor recurso es escapar por la puerta que no
da al vestíbulo, ganar directamente la calle y, si es posible,
¡correr! Salir antes de finalizar la proyección también es
conveniente, "pero sin que se note". Si afuera espera el director o
algún otro del "equipo", sería necesario hacerse el entretenido, y
si no queda más remedio y hay que enfrentarlos, pues mentir
descaradamente.
Otra opinión de alguien que come y alimenta a su familia gracias
al cine resulta cínica, pero sincera. El crítico se reconoce como
corruptible y presionado por las grandes campañas publicitarias. Y
cuenta lo sucedido luego del pase de un filme: "Al acabar la
película, el dicharachero jefe de marketing se acercó al grupo en el
que estaba y nos preguntó, a quemarropa, qué tal. ‘¿Os ha gustado?’.
‘Sí’, le contestamos. ‘El final un poco ñoño, pero bien’, rematé.
¿Mentimos? Sí. ¿Hubiese servido de algo decir la verdad? No, hubiese
sido un suicidio. Ahí no estábamos para una tertulia intelectual,
sino para hablar de publicidad".
El crítico de marras aplaude a los que se pueden mantener
comprometidos con la honestidad del oficio, pero da recomendaciones
a los que por necesidad son como él, de manera que ofrezcan
respuestas "de manual" a los realizadores incapaces de hacer buenos
filmes y sin embargo acosan al término de las proyecciones.
Algo así como mentir, pero con elegancia.
He aquí tres consejos útiles, dichos mirando siempre a los ojos
del demandante: 1) "Tu película es tal como me esperaba". 2) "Solo
tú podías haber rodado algo así". 3) "Después de esto, ¿cuándo nos
emborrachamos?".