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El odio mata bajo aliciente yanki
Tras 15 años del alevoso crimen cometido
en la Base Náutica de Tarará
Mariagny Taset Aguilar
mariagny@granma.cip.cu
Era
9 de enero de 1992. Amanecía Cuba bajo una atmósfera sangrienta que
envolvería en instantes todo de luto y rabia a nuestro archipiélago.
Aprovechaba el terror la madrugada de aquel jueves para rondar las
costas del litoral habanero en Tarará, y derramar nuevamente sangre
generosa de hijos inolvidables de esta tierra.
Fue
un acto terrorista lleno de cobardía, asegura Polanco.
"Esa noche yo era el oficial superior de guardia en mi unidad
—recuerda el capitán Ulises Boza Valdés, entonces agente sustituto de
la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) de Santa María del Mar. De
pronto veo llegar veloz una ambulancia y me dicen: ‘Corran, que hay un
tiroteo en Tarará’. Enseguida tomé un arma y partí hacia allá. Fui
solo porque la estructura de la estación era reducida y la mayoría
estaba en la calle.
"No
tenía idea de lo sucedido. Como conocía esa base náutica por
experiencias de trabajo allí, relacionadas con el secuestro de
embarcaciones, me bajé de la ambulancia antes de alcanzar la garita y
avancé con el fusil listo para disparar. Frente a la caseta ya había
un carro patrullero, también algunos médicos... Fue entonces cuando vi
sacar a Quintosa ensangrentado, murmurándole en el oído al oficial de
la patrulla: ‘Fue el violador, el violador...’
"Entré rápido a la habitación y topé con lo más desagradable que
podía esperar. Lo nunca visto. Yo soy guajiro. Yo sé lo que es amarrar
bien a alguien de pies y manos para que no pueda ni moverse. Y así
estaban aquellos muchachos, muertos por cuchilladas y disparos hechos
desde menos de un metro."
Ver
a mis compañeros masacrados de esa forma fue tan duro, que aún no he
podido entrar de nuevo allí, confiesa Ulises.
No era este el primer acto terrorista dentro de la extensa historia
de fechorías y agresiones contra nuestro pueblo, pero sí uno de los
mayores y más atroces crímenes cometidos en Cuba; alentado por la
cínica política estadounidense de incentivar al máximo la emigración
ilegal hacia su territorio, como instrumento de lucha ideológica para
promover la indisciplina y la inestabilidad social en nuestro país.
Al filo de la medianoche habían caído indefensos, víctimas del odio
y la traición, el miembro de Tropas Guardafronteras Orosmán Dueñas y
Valero, y Rafael Guevara Borges, del Cuerpo de Vigilancia y Protección
de la entonces Ciudad Pioneril José Martí.
Minutos después, también moría el sargento de tercera de la PNR
Yuri Gómez Reynoso, de apenas 19 años, en el intento, junto al
sargento de primera de la Policía, Rolando Pérez Quintosa, de auxiliar
a sus compañeros y repeler el ataque. Este último falleció el 16 de
febrero de 1992.
Tales jóvenes fueron masacrados y ametrallados con saña por
asesinos contrarrevolucionarios que intentaban robar una lancha de la
Base Náutica de Tarará, para salir ilegalmente del país rumbo a
Estados Unidos.
"Fue muy duro. En ese momento decidí que era preferible y urgente
encontrar a los culpables para que la justicia los castigara, que
volver a presenciar otra escena como esa. Por eso no volví a entrar
allí. Continuamente llegaban automóviles de todo tipo, con varios
oficiales de alto rango y agentes policiales que cumplían diversas
órdenes. Estaba claro que aquello era un acto terrorista
extremadamente alevoso.
"Recuerdo que el mayor Oscar Callejas me asignó a varios policías
para recorrer las bases náuticas de El Cayito, Guanabo... y tomar
medidas, a fin de evitar que se robaran alguna otra embarcación, pues
el intento en Tarará resultó frustrado porque las lanchas estaban
desactivadas. Dejábamos cinco o seis compañeros vigilando cada lugar.
Situamos a otros en las casas cercanas, donde estaban los enfermos de
Chernobil, para impedir que tomaran como rehén a alguno de esos niños.
"Pasamos días en esa faena. Sin lugar a dudas, los criminales
dieron por muerto a Quintosa y huyeron confiados en que no había
testigos que denunciaran sus identidades. Pero cuando Rolando denuncia
al violador, ya sabíamos que había un sujeto, antes custodio del
lugar, que había violado a una obrera de ese campamento. Rápidamente
fue revisado su expediente y se trató de localizarlo en Barreras,
donde vivía, pero ya no estaba allí. Así comenzó la búsqueda de los
asaltantes."
El día también se anunciaba gris para Jorge Polanco Toledo, quien
en aquel momento era el segundo jefe de la Unidad Territorial 15 de la
PNR, en Celimar, y se encontraba entonces de guardia, como oficial
superior.
"La noche del 8 ya había investigado un robo en la Sala Polivalente
de Tarará, donde la esposa de Rafael era la administradora, y allí vi
sano por última vez a Rolando, en la Posta 1 del campamento. Él y Yuri
trabajaban conmigo. Eran muchachos alegres. Como hijos para mí. Ellos,
junto a otros jóvenes, habían convertido nuestra pequeña unidad en un
gran orgullo. Recuerdo cómo se guiaban por los más viejos y hacían
cualquier cosa con la mayor voluntad y respeto.
Como
aseguró en aquella ocasión Fidel: “Esto da la idea de lo que podría
esperar nuestro pueblo de la contrarrevolución, de la reacción y del
imperialismo”.
"Me entero del suceso cuando, en la madrugada, la telefonista
Arminda me comunica que han amarrado al custodio de Tarará. Cuando
llego, Ulises me explica todo. Éste no quiere volver a ver los
cuerpos. Yo le dije: Hay que entrar. Y lo hice. Pero encontrarme a mis
compañeros ultimados de manera tan brutal, amarrados, indefensos... fue
doloroso y repugnante.
"Orosmán estaba tirado en una mesa, acuchillado en la parte
superior de la cervical. Rafael agachado, apuñalado en el estómago, y
Yuri, sobre la puerta, acribillado a balazos.
"Propongo a Ulises acordonar la zona para preservar el sitio hasta
que llegara el grupo operativo, y tranquilizar un poco a la gente,
porque había varios guardafronteras alterados. Nadie entendía aquella
vileza. A mí se me salían las lágrimas, aun con mis años de
experiencia en casos de homicidio.
Rolando
Pérez Quintosa falleció el 16 de febrero, tras librar una larga
batalla contra la muerte.
"A partir de que se iniciaron las investigaciones policiales,
estuvimos como 36 horas sin dormir. Exploramos túneles, recorrimos
manzanas y ahí empezó toda una búsqueda popular hasta capturar a los
asesinos."
Los siete implicados en el atroz crimen, dirigidos por Luis Miguel
Almeida Pérez (el violador), fueron detenidos en poco tiempo gracias a
la efectiva y rápida operación llevada a cabo por fuerzas
especializadas del MININT, el Sistema Único de Vigilancia y Protección
y la activa contribución del pueblo cubano. Más tarde, el 17 de
febrero de 1992, en la despedida de duelo por la muerte del
combatiente Rolando Pérez Quintosa, Fidel afirmaba:
"Con Pérez Quintosa y los compañeros muertos no ocurre como decía
Hemingway en su novela Por quien doblan las campanas, que cada
vez que un hombre moría disminuía la humanidad. En este caso no nos
sentimos disminuidos, nos sentimos acrecidos, multiplicados e
inspirados en sus ejemplos. Ellos supieron entregar valientemente sus
vidas por la Revolución y por la Patria."
Aquellos días, en que Quintosa agonizaba en el Instituto Superior
de Medicina Militar Luis Díaz Soto (Hospital Naval), la atmósfera era
muy convulsa. El pueblo condenaba enardecido la masacre de Tarará. De
varias partes llegaban cartas fervorosas y mensajes de aliento para
los familiares de las víctimas.
"Recuerdo que Manolo, el padre de Rolando, me decía: ‘Tengo
esperanzas’, rememora Polanco. La noche en que el muchacho murió,
parecía que todos habíamos perdido a un hijo en el Naval. El silencio
en cada rincón era aterrador, y esa madrugada de febrero hacía el frío
más grande del mundo.
"Mi niño más pequeño lloraba. Yo guardaba, y guardo todavía en la
casa, unos hierritos que Quintosa me había pintado para una repisa,
que al final nunca puse. Y me decía entonces el chiquito: ‘Papi, eso
no se puede botar. Eso se va a quedar aquí para toda la vida’." |