Mientras
los vieneses, a la hora de recibir el nuevo año, se desvivieron con
los valses de Strauss bajo la batuta de Zubin Mehta, aquí en La
Habana, en un enero canicular como ninguno, el primer concierto de
la temporada en la Basílica Menor de San Francisco de Asís
transcurrió bajo el prisma de la diversidad y la intensidad, gracias
al repertorio abordado por la familia López Gavilán-Junco y a la
plenitud comunicativa entre los intérpretes y un público que
sobrepasó todos los cálculos.
No hay adjetivos para calificar la tenacidad pedagógica y la
generosidad con que asume cada entrega el maestro Guido López
Gavilán al frente de la orquesta Música Eterna. Hacer que jóvenes
músicos se compenetren estilísticamente con partituras de difícil
lectura desde la perspectiva del goce espiritual, es hazaña
meritoria, que se vio coronada con la ejecución de tres versiones
del propio Guido sobre obras de concierto populares: la Chacona
en Re menor, de Johann Sebastian Bach (originalmente compuesta
para violín, como movimiento final de una célebre partita), la ópera
Porgy y Bess, de George Gershwin (a partir de dos temas, uno
de ellos el archiconocido Summertime) y Movimiento
perpetuo, de Nicolo Paganini, alarde de virtuosismo multiplicado
por la formación de cámara.
La nueva generación de los López Gavilán se hizo sentir en la
jornada. Desde hace algún tiempo, a partir de la conquista del Gran
Premio Cubadisco 2000, Aldo destaca en el panorama jazzístico cubano
como uno de los más originales exponentes. La gracia de ese toque
fresco y de su imaginación sonora se explayó en Maracuyá,
asistido por su hermano Ilmar, y en una obra quizá predecible pero
líricamente bien resuelta, Paisaje con luna roja, con el
concurso del guitarrista griego Vaguelis Stefanopoulos y de Daiana
García, una de las más talentosas directoras jóvenes, que aquí probó
tener una hermosa voz.
A Ilmar y a Teresita Junco les correspondió animar dos piezas de
Guido que confirman su autoridad creativa: Un recuerdo rinde
culto al entorno en que la danza cobró credencial de cubanía en el
siglo XIX, mientras que En Mi menor, mi menor conga
seduce por su ingenio y humor a partir de uno de nuestros
emblemáticos patrones rítmicos.
En ambos momentos, y luego al final, con la exultante partitura
de Aires gitanos, de Pablo Sarasate, Ilmar López Gavilán fue
mucho más que un virtuoso. Hay músicos que se proponen electrizar al
público con ardides pirotécnicos y poses arrebatadoras, y hay
quienes apuestan por la creación de una imagen artística que
transmita conceptos y emociones. Ilmar, para nuestra suerte, es de
estos últimos.