Plenitud en familia

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Mientras los vieneses, a la hora de recibir el nuevo año, se desvivieron con los valses de Strauss bajo la batuta de Zubin Mehta, aquí en La Habana, en un enero canicular como ninguno, el primer concierto de la temporada en la Basílica Menor de San Francisco de Asís transcurrió bajo el prisma de la diversidad y la intensidad, gracias al repertorio abordado por la familia López Gavilán-Junco y a la plenitud comunicativa entre los intérpretes y un público que sobrepasó todos los cálculos.

No hay adjetivos para calificar la tenacidad pedagógica y la generosidad con que asume cada entrega el maestro Guido López Gavilán al frente de la orquesta Música Eterna. Hacer que jóvenes músicos se compenetren estilísticamente con partituras de difícil lectura desde la perspectiva del goce espiritual, es hazaña meritoria, que se vio coronada con la ejecución de tres versiones del propio Guido sobre obras de concierto populares: la Chacona en Re menor, de Johann Sebastian Bach (originalmente compuesta para violín, como movimiento final de una célebre partita), la ópera Porgy y Bess, de George Gershwin (a partir de dos temas, uno de ellos el archiconocido Summertime) y Movimiento perpetuo, de Nicolo Paganini, alarde de virtuosismo multiplicado por la formación de cámara.

La nueva generación de los López Gavilán se hizo sentir en la jornada. Desde hace algún tiempo, a partir de la conquista del Gran Premio Cubadisco 2000, Aldo destaca en el panorama jazzístico cubano como uno de los más originales exponentes. La gracia de ese toque fresco y de su imaginación sonora se explayó en Maracuyá, asistido por su hermano Ilmar, y en una obra quizá predecible pero líricamente bien resuelta, Paisaje con luna roja, con el concurso del guitarrista griego Vaguelis Stefanopoulos y de Daiana García, una de las más talentosas directoras jóvenes, que aquí probó tener una hermosa voz.

A Ilmar y a Teresita Junco les correspondió animar dos piezas de Guido que confirman su autoridad creativa: Un recuerdo rinde culto al entorno en que la danza cobró credencial de cubanía en el siglo XIX, mientras que En Mi menor, mi menor conga seduce por su ingenio y humor a partir de uno de nuestros emblemáticos patrones rítmicos.

En ambos momentos, y luego al final, con la exultante partitura de Aires gitanos, de Pablo Sarasate, Ilmar López Gavilán fue mucho más que un virtuoso. Hay músicos que se proponen electrizar al público con ardides pirotécnicos y poses arrebatadoras, y hay quienes apuestan por la creación de una imagen artística que transmita conceptos y emociones. Ilmar, para nuestra suerte, es de estos últimos.

 

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