Su
indomable espíritu de guerrero y una sorprendente saltabilidad en la
cancha explicaban por qué Ernesto Martínez, el hombre de menor
estatura entre los nacientes gigantes del equipo Cuba, fue el
capitán de aquellas selecciones de voleibol en la década de los años
70.
La muerte no es cierta cuando en el recuerdo perduran para
siempre atletas como este matancero, sepultado ayer en su natal
Pedro Betancourt. Un derrame cerebral, a los 57 años de edad, truncó
su apreciada obra de colaborador en Pana-má, según explicaba la nota
publicada por el semanario deportivo Jit.
Llevado de la mano por su carácter, mezcla de cubano jaranero y
emprendedor, moldeado con el barro de quienes nunca se dan por
vencidos, disfrutó como ninguno la gloria de saberse medallista de
bronce en los Juegos Olímpicos de Montreal’76. Después vendrían los
éxitos en el Mundial’78, en tres Juegos Centroamericanos y del
Caribe, entre 1974 y 1982; las alegrías de las Copas del Mundo y los
Juegos Panamericanos.
Nunca se regodeó en esos envidiables méritos. Siempre fue amigo
del diálogo, que entablaba desprejuiciado y abierto. Ernesto se dio
a querer en la familia del voli. Guió a jugadores juveniles, también
integró la dirección de la escuadra nacional masculina de mayores,
alternó con los mejores de Cuba y del mundo: nada, ni nadie cambió
su frescura y naturalidad. Así fue hasta el último día.