Si
a Ignacio Piñeiro le fuera po-sible escuchar el sonido actual del
Septeto Nacional, diría: "¡Esos son mis soneros, sí señor, cómo no!".
Ochenta años después de que al gran músico habanero se le ocurriera
fundar una agrupación con la que interpretaría sus sones, el Nacional
se mantiene fiel a sus raíces, bajo el liderazgo de Frank Oropesa, El
Matador, un bongosero cienfueguero que bebió desde muy temprano en las
fuentes de la tradición.
Para celebrar el aniversario a lo largo de este 2007, el Nacional
aguarda la presentación por la EGREM del álbum Noche de conga,
que privilegia la producción del propio Piñeiro, y evocar, con la
famosa conga Uno, dos y tres, la memoria de Rafael Ortiz (Mañungo),
quien fuera después uno de los pilares del conjunto.
Una amplia programación aparece en la agenda del Nacional este año,
tanto en Cuba como en el extranjero. Según explicaron a Granma
Eugenio Rodríguez, El Raspa, su director musical y cantante, y el
propio Frank, en febrero viajarán a Colombia, España y Venezuela, país
este donde participarán en el espectáculo del Carnaval, que se
realizará en el Teatro Municipal de Caracas. A medida que avance el
año, se presentarán en escenarios de la capital cubana y asumirán sus
ya habituales compromisos en festivales europeos de música latina y de
jazz, donde, en los últimos años, han sido acogidos cálidamente por el
público y la crítica.
En este contexto se inscribe la grabación de Desafiando al
destino, del compositor granmense Luis M. Llamo, cuyo estribillo
dedicaron al célebre grupo venezolano Soneros Clá-sicos del Caribe y a
su desaparecido fundador, el legendario percusionista Juan Carlos
Landaeta (Pan con Queso) y que ahora dirige su hijo, con el que
esperan realizar varios conciertos. "Un viejo sueño compartido", acotó
Oropesa.
En el Nacional se encontraron hace ochenta años un grupo de músicos
im-prescindibles, encabezados por el bien llamado Poeta del Son, el
cual comienza su proyección internacional en 1929, con su triunfo en
la Feria Iberoamericana de Sevilla (en la que a Ignacio le brotó el
célebre son Suavecito), lo que lo lleva a firmar un contrato de
exclusividad con la empresa de grabaciones Sedeca (Madrid) y a
realizar una gira por la península ibérica.
Herederos de los fundadores, los músicos de hoy, Raúl Acea (bajo),
Enrique Collazo (tres), Dagoberto Sacerio (guitarra y voz), Agustín
Someillán (trompeta) y Pedro Pablo Mazorra (coro y maracas), preservan
el espíritu de los sones, las guarachas y las rumbas originales y
tienen plena conciencia del carácter patrimonial de su ejercicio
profesional.
Cada interpretación del Septeto Nacional Ignacio Piñeiro lleva el
sello de la cubanía.