Esa misma sensación que compartí en los días en que, cumpliendo una
honrosa mi-sión, llevé a la Fundación Guayasamín el alijo de obras de
creadores cubanos comprometidos a contribuir modesta pero
entrañablemente con la continuidad del proyecto de la Capilla, la
siento al contemplar las paredes del Edificio de Arte Universal de
nuestro Museo Nacional, donde hasta el próximo día 14, se exhibe la
exposición Un abrazo de Guayasamín para Fidel.
Y es que la condición telúrica de la obra del maestro es
inseparable de las vivencias más profundas de Ecuador, de Amé-rica
Latina, de las razas primigenias del continente, y al mismo tiempo se
proyecta con ansia sideral hacia los seres humanos del todo el
planeta. Le asistía toda la razón cuando alguna vez dijo: "Vengo
pintando desde hace tres o cinco mil años".
Quisiera detenerme en una zona particular de la obra de Guayasamín,
motivada por el hecho de que la exposición habanera tiene, entre los
cuadros más celebrados por los cubanos, los retratos que se conservan
de Fidel Castro.
Al margen de la amistad que ambos cultivaron y de la mutua
admiración que se profesaron, los retratos revelan, desde el punto de
vista artístico, una concepción de género sólidamente argumentada por
el oficio y la pasión.
Ello se adivina en el gesto pictórico: el reflejo de la adustez, la
colocación de las manos, la composición de corte angular, la
irradiación pétrea de la atmósfera de los cuadros, el alma que aflora
del conjunto, que no es otra que la de un hombre —el sujeto retratado—
que trasciende su perfil histórico, que es historia misma.
A medida que se fueron sucediendo los retratos del Comandante, la
iluminación del rostro se fue haciendo mucho más contenida y esencial,
como para facilitar la profundidad de campo de la mirada.
Por testimonios escuchados a su familia tuve noticias del aprecio
que el maestro sentía por el género, pues lo consideraba un reto
superior en el ejercicio artístico al tener que habérselas con la
confrontación entre tres percepciones: la del retratado sobre sí
mismo, la de la gente que se había hecho una idea visual del retratado
y la suya propia.
Cabe hablar de un realismo comprometido en su manejo ejemplar del
género: realista por el reflejo figurativo del modelo y comprometido
por el simbolismo psicosocial de la imagen resultante. A esa
conclusión se llega cuando se miran de manera reposada y penetrante no
solo los retratos de Fidel, sino los del poeta Carlos Pellicer, los
trovadores Carlos Puebla y Silvio Rodríguez, la líder indígena
guatemalteca Rigoberta Men-chú y sus propios autorretratos.
Fiel
a la tradición de los grandes maestros del arte universal, Guayasamín
se retrató a sí mismo.
Por cierto, acerca de estos últimos vale la pena aportar el
siguiente dato: el célebre Museo de los Ufizzi, en Florencia, ha
colocado un autorretrato suyo en una sala donde se alojan los de
Rembrandt, Leonardo, Rafael. Solo otros dos artistas latinoamericanos
clasificaron: el uruguayo Torres García, el mexicano Orozco.
Razón tuvo Pablo Neruda al señalar el mérito de Gua-yasamín
retratista: "Es el creador del hombre más espacioso, de las figuras de
la vida, de la imaginación histórica". Y en un sentido más amplio,
podemos suscribir lo que dijo la Menchú a raíz de la muerte del
maestro: "Su memoria permanecerá en nosotros y será aliento permanente
para quienes buscamos un mejor futuro para la humanidad".