El maestro y el retrato

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

En la casa quiteña de Oswaldo Guayasamín —no digamos ya en la Capilla del Hombre—, pareciera que el artista en cualquier momento va a salir a nuestro encuentro para decirnos su credo: "Pintar es una forma de oración al mismo tiempo que el grito. Es casi una actitud fisiológica y la más alta consecuencia del amor y de la soledad. Por eso, quiero que todo sea nítido, claro, que el mensaje sea sencillo y directo. No quiero dejar nada al azar, que cada figura, cada símbolo, sean esenciales; porque la obra de arte es la búsqueda incesante de ser como los demás y no parecerse a nadie".

En los retratos de Fidel, Guayasamín volcó su
sentimiento de admiración y
su maestría artística.

Esa misma sensación que compartí en los días en que, cumpliendo una honrosa mi-sión, llevé a la Fundación Guayasamín el alijo de obras de creadores cubanos comprometidos a contribuir modesta pero entrañablemente con la continuidad del proyecto de la Capilla, la siento al contemplar las paredes del Edificio de Arte Universal de nuestro Museo Nacional, donde hasta el próximo día 14, se exhibe la exposición Un abrazo de Guayasamín para Fidel.

Y es que la condición telúrica de la obra del maestro es inseparable de las vivencias más profundas de Ecuador, de Amé-rica Latina, de las razas primigenias del continente, y al mismo tiempo se proyecta con ansia sideral hacia los seres humanos del todo el planeta. Le asistía toda la razón cuando alguna vez dijo: "Vengo pintando desde hace tres o cinco mil años".

Quisiera detenerme en una zona particular de la obra de Guayasamín, motivada por el hecho de que la exposición habanera tiene, entre los cuadros más celebrados por los cubanos, los retratos que se conservan de Fidel Castro.

Con gran penetración, el artista ecuatoriano captó el registro espiritual del poeta mexicano Carlos Pellicer.

Al margen de la amistad que ambos cultivaron y de la mutua admiración que se profesaron, los retratos revelan, desde el punto de vista artístico, una concepción de género sólidamente argumentada por el oficio y la pasión.

Ello se adivina en el gesto pictórico: el reflejo de la adustez, la colocación de las manos, la composición de corte angular, la irradiación pétrea de la atmósfera de los cuadros, el alma que aflora del conjunto, que no es otra que la de un hombre —el sujeto retratado— que trasciende su perfil histórico, que es historia misma.

A medida que se fueron sucediendo los retratos del Comandante, la iluminación del rostro se fue haciendo mucho más contenida y esencial, como para facilitar la profundidad de campo de la mirada.

Por testimonios escuchados a su familia tuve noticias del aprecio que el maestro sentía por el género, pues lo consideraba un reto superior en el ejercicio artístico al tener que habérselas con la confrontación entre tres percepciones: la del retratado sobre sí mismo, la de la gente que se había hecho una idea visual del retratado y la suya propia.

Cabe hablar de un realismo comprometido en su manejo ejemplar del género: realista por el reflejo figurativo del modelo y comprometido por el simbolismo psicosocial de la imagen resultante. A esa conclusión se llega cuando se miran de manera reposada y penetrante no solo los retratos de Fidel, sino los del poeta Carlos Pellicer, los trovadores Carlos Puebla y Silvio Rodríguez, la líder indígena guatemalteca Rigoberta Men-chú y sus propios autorretratos.

Fiel a la tradición de los grandes maestros del arte universal, Guayasamín se retrató a sí mismo.

Por cierto, acerca de estos últimos vale la pena aportar el siguiente dato: el célebre Museo de los Ufizzi, en Florencia, ha colocado un autorretrato suyo en una sala donde se alojan los de Rembrandt, Leonardo, Rafael. Solo otros dos artistas latinoamericanos clasificaron: el uruguayo Torres García, el mexicano Orozco.

Razón tuvo Pablo Neruda al señalar el mérito de Gua-yasamín retratista: "Es el creador del hombre más espacioso, de las figuras de la vida, de la imaginación histórica". Y en un sentido más amplio, podemos suscribir lo que dijo la Menchú a raíz de la muerte del maestro: "Su memoria permanecerá en nosotros y será aliento permanente para quienes buscamos un mejor futuro para la humanidad".

 

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