Y hasta hubo su piedra de escándalo en Berlín a causa de la
polémica puesta de Hans Neuenfels para la Deustche Oper de Idomeneo,
en la que el protagonista, tras contemplar las cabezas decapitadas de
Buda, Jesucristo, Mahoma y Neptuno depositadas en tronos hieráticos,
reemplaza la frase del libreto "los dioses han muerto" por una
carcajada histérica, lo cual hacía presumir una tempestad atajada a
tiempo por el despliegue policíaco de 150 agentes del orden y el
riguroso examen de los espectadores por un detector de armas y
explosivos.
El movimiento artístico cubano no se sustrajo del influjo
mozartiano, de modo que se prodigaron las ejecuciones de su extenso
catálogo. Hubo, incluso, una iniciativa del director Iván del Prado
que no llegó a cuajar, pero hubiera sido un buen antídoto contra el
fervor exagerado: realizar un concierto con cinco obras, una de Mozart
y las restantes de eclipsados contemporáneos del genio, sin informar
al público la identidad de las piezas... y premiar a aquellos que
identificaran la del prodigio salzburgués.
Pero, sin lugar a dudas, merece destacarse el proyecto desarrollado
a lo largo del año bajo la iniciativa y el liderazgo de Ulises
Hernández, en la que el piano fue el principal protagonista.
Mediante ese proyecto fue posible acceder a una visión integral de
las sonatas y fantasías de Mozart, y al mismo tiempo, a la
consistencia de los resultados de la pedagogía cubana en ese
instrumento, uno de los frutos más elocuentes de la enseñanza
artística alentada por la política cultural de la Revolución.
Al fundamentar su elección, Ulises argumentó: "La superioridad de
Mozart sobre sus contemporáneos se manifiesta en primerísimo lugar a
nivel tímbrico, demostrando que él había intuido cómo evitar aquel
sonido seco y forzado que en los pianos primitivos se asemeja a un
auténtico ruido, y reanimando de este modo el concepto primigenio del
término sonata, que era sonar. Imponiéndose a cualquier rutina formal
y enfrentándose a los nuevos recursos del piano, las sonatas de Mozart
superan con holgura a otras muchas escritas para este instrumento y
quedan como ejemplos de la diversidad creadora de un talento único que
marcó esta forma musical de manera excepcional".
En dos temporadas, una entre enero y febrero y otra en octubre,
tanto en el Amadeo Roldán como en la Basílica de San Francisco,
pudieron escucharse las sonatas y fantasías. El ciclo se completó con
el repaso a varios de sus conciertos para piano y orquesta, con el
concurso de la Sinfónica Nacional, en febrero, noviembre y este
diciembre, donde hoy debe culminar con la contribución del afamado
maestro Frank Fernández, el director Enrique Pérez Mesa, la OSN y
destacados exponentes del movimiento coral cubano, en un programa que
ya se anunció en esta página.
Tan importante como la exaltación mozartiana lo fue la consagración
de sus intérpretes: Pedro Rodríguez Hernández, Yanet Bermúdez,
Leonardo Gell, Fidel Leal, Roberto Urbay, Elvira Santiago, Ileana
Bautista, Víctor Rodríguez, Marita Rodríguez, María Victoria del
Collado, Teresita Junco, Aldo López Gavilán, Liana Fernández y el
propio Ulises Hernández.
En este recuento no pueden obviarse los formidables desempeños de
Alfredo Muñoz y María Victoria Collado en la interpretación por
primera vez en Cuba de todas las sonatas para violín y piano de Mozart.
Marita Rodríguez dedicó varios programas de música de cámara a este
aniversario. La Orquesta Sinfónica Nacional presentó durante el año
numerosos programas con la música de Mozart, no solo de piano, sino de
flauta y violín. El Conjunto Instrumental Nuestro Tiempo, que dirige
la maestra Anarelys Garriga, asumió varios importantes conciertos con
la música del compositor. La orquesta Solistas de La Habana, con su
programa Locos por Mozart, aportó también un memorable
concierto a esta efeméride. La directora María Elena Mendiola también
dedicó varias jornadas donde interpretó la música de Mozart. Y un
discípulo de Jorge Luis Prats, Raphael Gómez, hizo lo suyo.
Fue tanto Mozart que con justicia terminó siendo familiar a los
cubanos.