PRAGA,
28 de diciembre.— Helena, joven gitana nacida en República Checa que
empezó en la prostitución a los 16 años, cuando su madre la vendió a
un chulo, desconoce también el paradero de su hermana, llevada a un
"cliente" cuando tenía apenas seis años.
El recorrido de Helena, que dice haber pasado por las manos de una
veintena de chulos y haber tenido entre 20 y 30 clientes al día,
ilustra una plaga social persistente en República Checa, donde la
pobreza y el desamparo social llevan a algunas familias a prostituir a
sus hijos, a veces desde muy niños.
Surgido a principios de los noventa con el derrumbe de Europa del
Este y el tránsito hacia el capitalismo, el fenómeno perdura desde
entonces, según Jiri Istvanik, jefe de la unidad especial de la
policía de Cheb, una pequeña ciudad de 36 000 habitantes cercana a
Alemania y conocida como sitio con mayor turismo sexual.
En el 2005, 119 adultos fueron procesados por proxenetismo
infantil, 20 de ellos reincidentes, una cifra que se considera que
debería multiplicarse si pretende reflejar la realidad.
Entre el 5% y el 10% de las mujeres víctimas del proxenetismo en
territorio checo son menores de edad, según un informe publicado en el
2004 por el Instituto de Criminología Checo (IKSP). Los clientes
proceden esencialmente de Alemania, Austria y Gran Bretaña, según
autoridades checas.
"La comunicad gitana es la principal abastecedora, la gente es
pobre y para ellos es un medio de sobrevivir", comenta Jiri Istvanik.
La banalización del problema es tal que, en los jardines públicos
de la ciudad, los niños juegan "a las prostitutas y los macarras",
según una encuesta del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia
(UNICEF) de junio del 2005.
Helena, vendida, revendida, golpeada, drogada, laboró años en la
carretera o en los bares de la frontera checo-alemana. Lo hizo incluso
encinta de nueve meses, y en la maternidad del hospital nunca vio a su
hijo, al que sus proxenetas dieron en adopción sin pedirle permiso.