Había
tanto silencio que podían hablarse de una loma a la otra. El bohío de
Tite estaba en la cima de una de ellas, en San Juan y Martínez, Pinar
del Río. Hasta allí llegó Miguel Encinosa, de solo 13 años, con sus
cartillas, manuales, con la meta de alfabetizar a un grupo de
campesinos. Y lo logró, solo que esta historia no acaba aún.
"Extraño aquel bohío, pero estoy preparando viaje para volver a
escuchar los cuentos, como cada año, del mes de junio de 1961, cuando
no me atrevía a entrar a la casa de Tite y me senté en un rincón del
portal abrazado a mi mochila, de lo que me dijo de su hogar humilde y
que yo era un hijo para él.
"Entonces, el panorama debió ser deprimente para mi padre: fango
dentro y fuera de la casa, poca comida, mosquitos, las narices llenas
del hollín de las chismosas, las ratas corriendo por los horcones y,
para colmo, yo era asmático y me hacía daño la humedad del lugar.
‘Miguelito, mañana cuando me vaya te vas conmigo’, me dijo."
"La familia es gentil y buena. El señor se llama Luis Blanco y le
dicen Tite. La región es bellísima. Estoy cerca del pueblo, y veo sus
luces de noche. Voy a dormir en una casita de yaguas junto al hermano
del campesino", apuntó el jovencito el primer día.
Eran los albores de la Revolución y había mucho por hacer, explica
el hoy profesor del Instituto Superior Politécnico Mártires de Girón.
Los jóvenes estábamos deseosos de aportar nuestro esfuerzo. Mucha
gente del campo no sabía leer ni escribir; haríamos algo de valor.
Además, a tan temprana edad ya me gustaba enseñar.
"Me enviaron a las lomas de Lagunillas, en San Juan y Martínez. La
zona no estaba tan alejada del pueblo, pero había una inmensa
ignorancia. Cierta vez uno de mis alumnos me enseñó un libro que había
comprado, bien caro¼ y resultó ser una
revista Bohemia.
"Los campesinos vivían del carbón. No era fácil: cortar el espinoso
marabú, hacer un limpio a machete, montar el horno y cuidarlo noche y
día durante largas jornadas para evitar que se ‘volara’. Luego
ensacarlo y bajarlo desde las lomas hasta el pueblo. Muchas veces me
quedé con ellos. Nunca olvido aquel rico café carbonero bajo las
estrellas.
"De día todo el mundo trabajaba. Los muchachos de la casa, más
jóvenes que yo, cargaban el agua desde el arroyo. Las dos latas que
traían en los extremos de una vara sobre sus hombros, eran casi más
grandes que ellos. Yo ayudaba en cuanto podía. Recuerdo la cantidad de
arroz que trillé y aventé en el pilón de la casa.
"Por eso las clases tenían que ser por la noche. Con la temblorosa
luz de las chismosas, cuántas callosas manos tuve que guiar sobre el
papel para adiestrarlas en la escritura. A esas horas y después de
larga jornada de trabajo, mis alumnos, casi todos mayores y hasta de
avanzada edad, estaban cansados y rendidos por el sueño.
"Pero luchábamos contra todo eso. Viví momentos muy emocionantes
cuando alguno me decía: ‘¡Maestro, ya sé leer!’ ‘¡Maestro, ya sé
escribir!’ Esas expresiones de sincero, puro y guajiro agradecimiento
eran más que una recompensa por el trabajo que se pasaba.
"Al terminar la Campaña comenzó una verdadera relación de amistad
entre aquella familia y la mía. Nos visitaron el campesino y sus
hijos. Uno de ellos estudió en la escuela donde trabajo y se convirtió
en un químico importante del Complejo Cárnico de Pinar del Río.
"Tampoco yo he dejado de volver por aquella tierra. Todos los años
paso, al menos, una semana de mis vacaciones con aquella familia que
con tanto amor y cariño me acogió."
¿IRME?
"Después de las palabras de mi padre, me quedé despierto casi hasta
el amanecer. Por mi cabeza pasaron mil pensamientos. Como en un
calidoscopio danzaron en ella las sonrisas de mis compañeros
brigadistas, las de mi madre y mis hermanas, el bramido del arroyo y
los ruidos de mi barrio en Bejucal.
"Y le dije: ‘Papá, yo no me voy hasta que termine la campaña’. No
sé si fue la forma en que se lo dije o lo miré, ni tampoco qué ideas
pasaron en aquel momento por su mente. Lo cierto es que se mantuvo en
silencio durante un rato, y luego me abrazó con cariño.
"Cuando se fue por aquel camino todavía anegado y fangoso, lloré.
Pero esa noche, mientras el cielo descargaba nuevos torrenciales, a la
luz del farol, la expresión de júbilo de una de mis campesinas, al
lograr escribir su nombre, fue un estallido de felicidad que me hizo
reír con una risa más potente y sonora que los mismos truenos."