Antes
o después de tener en las manos Paradiso —nuevamente puesto a
circular gracias a una edición popular de Letras Cubanas que se
presentará mañana en el Sábado del Libro (Palacio del Segundo Cabo,
11:00 a.m.)—, el lector, si vive en la capital, debía visitar la
exposición sobre José Lezama Lima que alberga la Biblioteca Nacional
José Martí.
Allí, en menuda e insinuante caligrafía, los apuntes de los ensayos
de la expresión americana, los versos cuidadosamente alineados
de Oda a Julián del Casal ("Déjenlo, verdeante, que se vuelva;
/ permitidle que salga a la terraza donde están dormidos¼
"), las libretas de notas y los borradores de su prodigiosa creación,
reflejan, hasta donde puede hacerlo la reconstrucción documental, el
ámbito de ansiedades y la perseverancia prometeica de uno de los
creadores más singulares de la aventura cultural cubana.
Las fotos, suficientemente ampliadas, cuentan y evocan: asoman el
rostro de sus contemporáneos, la cofradía en torno a la poesía y la
mesa, la carne y el espíritu, el gozo de las íntimas sombras de la
casa de Trocadero 62, único puerto del poeta; se aspiran el polvillo
del asma y las volutas del habano quemante como su propia respiración;
se advierte la lucha entre la soledad del demiurgo y la apetencia
gregaria del criollo contumaz.
Ese que se entreve en láminas y papeles es el Lezama de Paradiso
(1966), reaparecida en una edición graficada por el poeta y pintor
Pedro de Oráa, que incluye el breve pero revelador ensayo de Cintio
Vitier que acompañó la publicación de la novela en 1989 y un lúcido
prólogo del poeta camagüeyano Roberto Méndez expresamente escrito para
esta ocasión.
Tanto el texto de Cintio como el de Méndez pretenden facilitar la
lectura y, de paso, dejar atrás la leyenda negra que desató la novela
en el momento de su salida al ruedo, cuando desconcertó a muchos por
la monumentalidad de su escritura, la ruptura de cánones literarios,
el barroquismo de su prosa, las claves enigmáticas de su trama y la
procacidad de algún que otro pasaje.
Ambos sitúan las coordenadas literarias y contextuales de la novela
y desbrozan el camino hacia la comprensión de un texto que resume, a
nivel metafórico, la peripecia de una identidad cultural que se
debatía entre la frustración y la realización en los días en que
Lezama configuró los primeros capítulos en la década de los cuarenta
del siglo pasado.
Julio Cortázar, el gran argentino, fue de los que supieron ver,
desde un inicio, la trascendencia de la novela al decir que "vuelve
visible por la imagen el universo esencial del que solo vivimos
usualmente instancias aisladas".