Los
íconos están allí, visibles y audibles, con su aureola mítica. ¿Y los
otros? ¿Eran Saumell y Cervantes aves raras en una isla donde se
mezclaban jugos diversos y el elán romántico de allá se
convertía en el acento criollo de acá? ¿Acaso el instrumento
enmudeció después de Lecuona o únicamente saltó hacia los prodigiosos
dominios de la invención jazzística y timbera?
Estas y otras muchas interrogantes se despejan en el disco
Danzas, Contradanzas, Habaneras y Danzones, de la maestra Alicia
Perea, producido por un conocedor del tema, el también maestro Alberto
Joya. Es deseable que el interés del sello Autor, de la SGAE, por
auspiciar el registro se multiplique por vías internas de modo que
llegue a la radio, a la escuela, a la calle.
Porque, digámoslo de una vez, este álbum contribuye a completar —o
para ser preciso, a medio llenar— una imagen de la tradición
pianística cubana. Si la guitarra y la tumbadora, el tres y el bongó,
el laúd y las claves responden en buena medida al espectro
organológico del mestizaje a escala popular, el piano, desbordado del
salón aristocrático hasta llegar a las salas de la clase media y de
las viviendas venidas a menos en los barrios urbanos de menguadas
economías, fue espacio de fundación y resistencia en el que se
desarrolló, de otra manera, el tránsito de la sensibilidad a la
identidad.
La tarea cumplida por Alicia se emparenta con la que en nuestra
época han emprendido Cecilio Tieles con el caso de Nicolás Ruiz
Espadero (1832–1890) y Ulises Hernández con el de Carlos Borbolla
(1902–1990), con la diferencia de que los autores "rescatados" por
ella son varios —la nota de Harold Gramatges que acompaña esta reseña
los menciona—, y en una operación de inteligente salto de la memoria,
los adelante hasta la instancia contemporánea de dos creadores
esenciales. Vitier y Fariñas.
La trama del disco nos aproxima a una secuencia de crecimiento
estilístico. Al abordar a los autores de siglos pasados, más
importante que el valor intrínseco de las piezas resulta el testimonio
de la plasmación formal de la criollez que se iba fraguando, mientras
que en los aires de nuestros días pone en evidencia la inquietud
permanente de un magma en ebullición.
Sin embargo vale la pena anotar cómo este disco no es una
exploración arqueológica. Los recursos expresivos, la sinceridad y el
espíritu que se revela en la interpretación de Alicia Perea se
conjugan en una música viva y tonificante, que se aprecia mucho más
gracias a la pulcra grabación de Jerzy Belc.
Alicia nos ha traído a nuestra Cuba en el piano con la fresca
impronta de quien sabe tomar el pulso a nuestra historia musical.