Isla en el piano

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Los íconos están allí, visibles y audibles, con su aureola mítica. ¿Y los otros? ¿Eran Saumell y Cervantes aves raras en una isla donde se mezclaban jugos diversos y el elán romántico de allá se convertía en el acento criollo de acá? ¿Acaso el instrumento enmudeció después de Lecuona o únicamente saltó hacia los prodigiosos dominios de la invención jazzística y timbera?

Estas y otras muchas interrogantes se despejan en el disco Danzas, Contradanzas, Habaneras y Danzones, de la maestra Alicia Perea, producido por un conocedor del tema, el también maestro Alberto Joya. Es deseable que el interés del sello Autor, de la SGAE, por auspiciar el registro se multiplique por vías internas de modo que llegue a la radio, a la escuela, a la calle.

Porque, digámoslo de una vez, este álbum contribuye a completar —o para ser preciso, a medio llenar— una imagen de la tradición pianística cubana. Si la guitarra y la tumbadora, el tres y el bongó, el laúd y las claves responden en buena medida al espectro organológico del mestizaje a escala popular, el piano, desbordado del salón aristocrático hasta llegar a las salas de la clase media y de las viviendas venidas a menos en los barrios urbanos de menguadas economías, fue espacio de fundación y resistencia en el que se desarrolló, de otra manera, el tránsito de la sensibilidad a la identidad.

La tarea cumplida por Alicia se emparenta con la que en nuestra época han emprendido Cecilio Tieles con el caso de Nicolás Ruiz Espadero (1832–1890) y Ulises Hernández con el de Carlos Borbolla (1902–1990), con la diferencia de que los autores "rescatados" por ella son varios —la nota de Harold Gramatges que acompaña esta reseña los menciona—, y en una operación de inteligente salto de la memoria, los adelante hasta la instancia contemporánea de dos creadores esenciales. Vitier y Fariñas.

La trama del disco nos aproxima a una secuencia de crecimiento estilístico. Al abordar a los autores de siglos pasados, más importante que el valor intrínseco de las piezas resulta el testimonio de la plasmación formal de la criollez que se iba fraguando, mientras que en los aires de nuestros días pone en evidencia la inquietud permanente de un magma en ebullición.

Sin embargo vale la pena anotar cómo este disco no es una exploración arqueológica. Los recursos expresivos, la sinceridad y el espíritu que se revela en la interpretación de Alicia Perea se conjugan en una música viva y tonificante, que se aprecia mucho más gracias a la pulcra grabación de Jerzy Belc.

Alicia nos ha traído a nuestra Cuba en el piano con la fresca impronta de quien sabe tomar el pulso a nuestra historia musical.

 

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