El grupo de treinta y dos combatientes procedentes del rancho de
Abasolo, que aquella tarde partiera en distintos ómnibus de la ciudad
de Tampico, arriba cerca del anochecer a la ciudad de Tuxpan. Los que
llegan más temprano alquilan algunas habitaciones en el hotel Europa,
cerca de las márgenes del río, donde dejan el equipaje. El resto sólo
permanece allí algunas horas. Faustino Pérez y José Smith Comas se
adelantan y cruzan primero el río en el propio ómnibus con la patana
hasta Santiago de la Peña, para explorar la ruta. Faustino es el único
del grupo que estuvo anteriormente en el lugar y sirve de guía.
Caminan hasta la orilla del río, donde está atracado el yate Granma, y
luego regresan en busca de los compañeros. Cuando Faustino y Smith
retornan a Tuxpan, los combatientes de su grupo continúan arribando
sucesivamente en ómnibus. De inmediato, se inicia el cruce del río en
pequeños botes que alquilan, algunos con techos de lona.
Luego de aguardar algún tiempo por el cruce de los primeros grupos
hasta la margen del poblado de Santiago de la Peña, Faustino Pérez y
otros combatientes cruzan el río y suben por la calle Nacional hasta
llegar a Benito Juárez. Durante el trayecto colocan compañeros de
posta para que indiquen el camino a los demás. Tuercen hacia el río y
por una calle muy fangosa avanzan unas cuatro cuadras, hasta llegar a
la casa. Uno tras otro, pequeños grupos de combatientes cruzan en bote
el río Tuxpan, hasta llegar a la oscura calle en el punto convenido
donde ocultas postas les señalan el camino. El silencio de la noche
solo es roto por el persistente ladrido de los perros de la vecindad.
La noche transcurre con gran actividad en el lugar donde se
encuentra atracado el yate Granma. Se suben a bordo maletas con armas,
paquetes de uniformes, equipos y los pocos alimentos que se pudieron
conseguir en el último momento para la travesía. Cubierto con una
oscura capa que lo protege de la persistente llovizna y una
subametralladora Thompson en la mano, Fidel Castro supervisa el paso
de los hombres y bultos que por el largo tablón penetran en el barco.
Por el fangoso sendero hacia la casa, continúan avanzando distintos
grupos de combatientes. No se puede perder ni un minuto. Todo lo ha
hecho coincidir el líder revolucionario para que simultáneamente
lleguen al punto de partida los distintos grupos, evitando así la
concentración de hombres y armas hasta el momento final.
Cuando Arsenio García y sus compañeros llegan aproximadamente a las
9:00 de la noche, está lloviendo y la noche es muy oscura. Fidel,
envuelto en su capa negra y con la Thompson apoyada sobre la pierna
derecha, les indica que aborden el barco por el tablón apoyado desde
la orilla hasta la banda de la embarcación. Por las luces de la orilla
opuesta reflejadas en el río, pueden divisar la silueta del Granma. Y
así, uno a uno van pasando con cuidado por la tabla y abordando el
barco, que aún está casi vacío. Haciendo el menor ruido posible,
Arsenio y otros combatientes comienzan a ordenar dentro de la
embarcación las cajas de municiones, los fusiles, las provisiones y
todo lo que integra el equipo bélico, para aprovechar al máximo el
poco espacio disponible.
Uno de los más activos aquella noche es el mexicano Antonio del
Conde, que sin descanso va una y otra vez al barco cargando distintos
bultos y acomodando a los combatientes que llegan en el reducido
espacio disponible. Por último, penetra en la embarcación para armar
las pocas subametralladoras Thompson de que se disponen y algunas
pistolas, así como llenar sus cargadores, en previsión de alguna
contingencia durante la salida.
Dicha tarea la realiza el Cuate auxiliado por Arsenio García
y otros combatientes. En el camarote delantero abren una de aquellas
maletas y comienzan a armar las Thompson. El mexicano Guillén Zelaya
se pone también a llenar peines de pistolas Star 38, en el camarote
principal del barco. Todo lo hacen en absoluto silencio. Después
siguen llegando compañeros, pero ellos siguen llenando peines de
balas.
En un oscuro bosquecito junto al río se congregan algunos grupos
recién llegados. Se suceden unos y otros abrazos silenciosos de los
que desde hace algún tiempo no se ven, mientras observan a pocos pasos
algunas sombras que se mueven cargando bultos hacia la pequeña
embarcación, cuya blanca silueta se refleja a medias en el agua. Otros
grupos que arriban al lugar penetran directamente en el interior de la
nave, que pronto se ati-borra de hombres en silencio. Durante algún
tiempo, continúan saliendo de allí algunos combatientes cargados de
bultos hacia el barco. Sin embargo, la mayor parte no entra a la casa,
sino que la bor-dean y son enviados directamente a abordar la
embarcación.
Melba Hernández llega al lugar acompañada por Jesús Montané y
Rolando Moya. En la oscuridad del embarcadero, Fidel la reconoce y le
dice que ha llegado el momento. Y cuando le pregunta qué le parece el
barco, Melba todavía no ha logrado distinguir la embarcación. Al ver
por fin la silueta del Granma, Melba pregunta asombrada si es
realmente aquel. Parece imposible para ella que aquel pequeño yate
pueda trasladar tantos hombres y armas. Cuando le pregunta a Fidel
cuántos hombres van, este le expresa tranquilizándola que cerca de
noventa. Melba insiste si está seguro, pero Fidel reitera la cifra y
agrega con optimismo que no importa la cantidad de hombres ni las
dificultades que tiene el yate con los motores, pero está seguro que
la embarcación llega a las costas de Cuba.
También arriba al lugar el ingeniero Alfonso Gutiérrez, Fofó,
y su esposa Orquídea Pino, acompañando a los combatientes Juan
Almeida, Universo Sánchez y Onelio Pino. Estos últimos abordan de
inmediato la embarcación, mientras Fofó regresa nuevamente a
Poza Rica, en busca de unos equipos de comunicación. Se trata de unos
walkie-talkies que enviara con un hombre a Poza Rica y, luego de
recogerlos, regresa a Santiago de la Peña. Al llegar a un punto en la
carretera donde hay una gran valla anunciadora, detiene el ve-hículo y
monta Cándido González, quien lo aguarda. Cándido toma el volante y lo
conduce hasta el embarcadero. Pero debido al mal estado en que se
encuentra el camino y la premura, toma por una vía transversal con las
luces encendidas. Se produce un momento de tensión en el embarcadero.
Las postas, alarmadas ante la llegada de aquel inesperado auto que no
cumple con la consigna establecida de avanzar con las luces apagadas,
se lanzan al suelo ocupando posiciones con sus armas. El auto avanza
por el estrecho camino directamente al embarcadero. La noche es muy
oscura y los potentes reflectores del auto impiden distinguir a sus
ocupantes. Ya casi el auto frente a ellos, Fidel Castro se acerca en
medio de la oscuridad al lugar, preguntando en voz baja quiénes son.
Inmediatamente Fofó y Cándido se identifican y las cosas no
pasan de ahí.
Cuando concluye la carga de la mayor parte de las armas, el parque,
los equipos y el escaso alimento conseguido, comienzan a entrar en el
barco los últimos grupos de combatientes que aguardan en el interior
del almacén.
Luego de despedirse de su esposo Reinaldo Benítez, la mexicana
Piedad Solís busca en la oscuridad algún rostro conocido. No sabe aún,
después de salir la expedición, con quién regresará a la capital
mexicana. Preguntó a Orquídea Pino con quién regresa y esta le
responde que con ellos. Piedad entonces le da una maleta toda
desvencijada que trae para guardar en el auto y, al abrir el maletero,
advierten que han dejado olvidados los suministros de comida que
compraron para llevar en el barco.
Ya en esos momentos, la tripulación del yate se encuentra en el
puente de mando, integrada por Onelio Pino, de capitán; Roberto Roque,
segundo capitán y piloto; el dominicano Ramón Mejías del Castillo,
Pichirilo, como primer oficial; Arturo Chaumont y Norberto
Collado, timoneles; Jesús Chuchú Reyes, como maquinista, y el
radiotelegrafista de la expedición Rolando Moya.
Mientras Chuchú Reyes sube y baja de las máquinas, alzando
la voz para que los compañeros se quiten del medio, Roberto Roque
cambia impresiones con Onelio Pino. Luego de revisar todo y comprobar
que en realidad no falta nada en el barco, entonces Pino en el puente
pregunta a Roque qué le parece, pero este no se atreve a responder,
pues está decidido a partir en aquel barco como quiera que sea.
A estas alturas, casi la totalidad de los combatientes se
encuentran dentro del barco. Una vez más Fidel mira su reloj con
preocupación. Aún no han llegado Héctor Aldama y sus compañeros.
Tiempo después conocerá de la lamentable confusión que impidió que
fuesen avisados. Pero en esos momentos hay que tomar una rápida
decisión. Ya cerca de las 12:00 de la noche, preocupado por la
tardanza de Aldama, Fidel envía a Bermúdez con otro compañero a
buscarlo. Salen por un costado de la casa y caminan hasta la entrada
del pueblo. Están un rato esperando y, al ver que Aldama no llega,
regresan y lo informan a Fidel.
Fidel Castro mira una vez más el reloj y desiste de aguardar más
por los que faltan. Luego de mandar a retirar las postas a lo largo
del camino de acceso al embarcadero, un último abrazo a Melba y los
amigos que acuden a despedirlos. Entonces toma la Thompson que lleva
Bermúdez, le hace una seña al combatiente para que lo siga y entra por
el tablón a la embarcación. Ya dentro, Fidel le da instrucciones a
Chuchú Reyes, que está en la escotilla, para arrancar los motores.
Cerca de las 2:00 de la madrugada del domingo 25 de noviembre de
1956, se sueltan las amarras y el yate Granma echa a andar sus
motores. Con alguna dificultad se separa la embarcación del atracadero
y pone rumbo río abajo por el amplio canal, con las luces apagadas. A
bordo los ochenta y dos expedicionarios mantienen absoluto silencio
para no llamar la atención de las postas mexicanas, que a pocos metros
custodian una enorme patana.
Al inicio, Fidel ordena arrancar el motor de la izquierda y
maniobrar para apartarse de la enorme patana maderera atracada a
estribor y poder salir. Todo en silencio y la oscuridad más completa.
Pero después que se apartan un poco de la orilla, arrancan los dos
motores e inician la trayectoria por el río. El diario de campaña que
por entonces comienza a escribir Raúl Castro anota: A la 1:30 ó 2
de la mañana partimos a toda máquina.
Poco antes, Fidel en el interior del barco da las últimas
orientaciones. Si los sorprenden durante el trayecto del río, saldrán
de todas formas, incluso a tiros. Ya ha seleccionado a algunos
combatientes que se ocuparán de mantener la disciplina a bordo, a los
cuales entregó las tres Thompson y algunos fusiles. Nadie debe fumar
ni encender un fósforo. Cuando arrancan los motores, Fidel ordena que
ocupen distintas posiciones en el barco. Arsenio García se coloca en
la banda de babor del yate, agarrado de una de las ventanas por fuera
de la cabina, para vigilar esa orilla durante el trayecto por el río.
En el improvisado espigón de Santiago de la Peña, cinco personas
observan alejarse la blanca silueta del yate Granma por el río, entre
la oscuridad y la lluvia: Melba Hernández, Piedad Solís, Alfonso
Gutiérrez, Fofó, su esposa Orquídea Pino y Antonio del Conde,
el Cuate.
Entre otras tareas a ellos encomendadas, el mexicano Antonio del
Conde se dispone a cumplir al pie de la letra las instrucciones dadas
por Fidel, de seguir por tierra la ruta aproximada del Granma, en
previsión de cualquier imprevisto. Así, acompaña el barco hasta que se
pierde prácticamente en las escolleras. Regresa a la casa de Santiago
de la Peña inmediatamente, donde esconde en un garaje cuatro o cinco
autos que dejan abandonados algunos compañeros. Después de un rato,
toma su coche y se va a Ciudad México, para entregar las llaves de los
autos al ingeniero Fofó Gutiérrez, para que vayan por ellos.
Luego continúa viaje por toda la costa del Golfo, más o menos
calculando la travesía que puede llevar el barco. Llega hasta Puerto
Juárez, en la península de Yucatán, y luego va a Isla Mujeres, más o
menos a cinco millas de tierra firme, en el extremo oriental de la
península de Yucatán. Allí aguarda, hasta que escucha en un radio de
onda corta la noticia del levantamiento en Santiago de Cuba, que es la
señal de que Fidel ha desembarcado en Cuba. Pero esto sucederá días
después.
En las primeras horas de la madrugada del domingo 25 de noviembre
de 1956, el yate Granma navega en las aguas tranquilas del río Tuxpan.
Amontonados casi unos encima de otros, los expedicionarios pueden
todavía ver a esa hora a su izquierda algunas escasas luces de la
ciudad de Tuxpan. A la derecha, todo es más oscuro, aunque hay luces
dispersas y aisladas que, según avanzan se hacen más escasas. El barco
hace un pequeño giro y todo se torna más oscuro a ambos lados. A veces
en una u otra orilla parpadea una aislada lucecita. Se oye más el
ruido de los motores y del agua que choca con la proa. Luego de
avanzar unos minutos, de momento el yate apaga los motores y continúa
navegando despacio y a oscuras, impulsado solo por la corriente del
río. Cruza por encima del cable que se tiende de una orilla a otra y
que arrastra la patana, pues se corre el riesgo de que las propelas se
enreden en él.
Luego de atravesarlo, se vuelven a encender los motores de la
embarcación y continúan la travesía por las tranquilas aguas del río.
Surgen por el frente algunas luces y se perfilan las siluetas de otras
embarcaciones menores que se mueven. Pueden ver también pequeñas
señales lumínicas de las boyas. Más allá, la luz del faro les indica
la cercanía de la desembocadura del río. Desde el lugar donde
partieron hasta la desembocadura, hay aproximadamente once kilómetros,
que el yate navega durante una media hora. A la entrada, un puesto
naval con un faro de la Marina mexicana, frente al cual el yate tiene
que pasar sin ser visto.
Jesús Chuchú Reyes va guiando el barco hasta la escollera,
pues es su obligación. Aquello está tan oscuro y los sacos de naranjas
le impiden alguna visibilidad, por lo que está a punto de equivocar el
rumbo y tomar por la laguna de Tamiahua, que le queda a la izquierda.
Pero afortunadamente se da cuenta a tiempo.
Cuando la embarcación llega a la boca del río, Chuchú Reyes
va al puente de mando y le entrega a Onelio Pino y a Roberto Roque el
barco para su navegación. Pino y Roque marcan de través el faro de la
boca y el barco entra a la resaca de la salida del puerto, con
velocidad moderada, a poca máquina.
El yate deja atrás las tranquilas aguas del río, atraviesa las
escolleras de la desembocadura y penetra en las inquietas aguas del
Golfo. Hay un fuerte oleaje, el viento bate con fuerza, cae una fina
llovizna. La embarcación acelera los motores, se balancea de un lado a
otro, caen cosas en su interior. Las olas cubren la cubierta y parte
del techo. Cuando se aleja lo suficiente de tierra firme, ya en aguas
del Golfo, se encienden las luces. En su interior, los combatientes se
abrazan unos a otros, algunos hace tiempo no se ven. Ernesto Guevara,
el médico de la expedición, comienza la búsqueda frenética de los
antihistamínicos contra el mareo, que no aparecen. Emocionados, los
expedicionarios cantan el Himno Nacional y la Marcha del 26 de Julio.
Por último, sus gritos de ¡Viva la Revolución! y ¡Abajo la dictadura!
se confunden con el fuerte viento. No resulta difícil imaginar cuánta
alegría y emoción sienten Fidel Castro y sus compañeros, después de
tanto tiempo soñando y luchando, cuando al fin se ven a bordo de aquel
pequeño yate, que semeja una cáscara de nuez en medio del terrible
oleaje del Golfo, avanzando decididos rumbo a Cuba.
(Fin del capítulo méxico)
No hay otra salida que la Revolución
(1)
"Si salgo, llego; si llego, entro; si entro,
triunfo" (2)
Comienza la hora de partir hacia Cuba
(3)
Hacia Tuxpan (4)
Una empresa donde difícilmente se pueda regresar
(5)
Poema Canto a
Fidel Ernersto Che Guevara (7)