Un ingenio explosivo de alta
potencia, disimulado en una bolsa, estalló hoy en la pagaduría de una
empresa de servicios de seguridad y mató a siete guardias que
esperaban para percibir sus haberes.
La deflagración destruyó la oficina, añadieron las fuentes que
dieron cuenta del hecho, registrado en Hila, al occidente de la
capital de Iraq, sumergido hace tres años en la guerra entre
resistencia y ocupantes extranjeros.
El atentado es parte de la cotidianidad iraquí, marcada por una
confrontación sin tregua a pesar de los esfuerzos, militares y
pacíficos del gobierno por tender un cerco a la resistencia armada,
que demanda la retirada de las fuerzas militares foráneas.
La crisis que vive en el país ha enviado a la diáspora a dos
millones de personas que han logrado obtener visados, una hazaña
debido a las aprensiones de las embajadas extranjeras respecto a los
ciudadanos de países árabes.
Los que permanecen están en riesgo de muerte sea por favorecer a la
resistencia, lo que los pone en la mira de las autoridades o por el
riego que significa transitar por calles donde abundan los atentados y
los combates armados.
Esos azares son sustanciales, a juzgar por estadísticas difundidas
hoy por la ONU según las cuales en octubre último tres mil 709
personas perdieron la vida en Iraq debido a la guerra.
La cifra es la mayor de los casi tres años transcurridos desde que
tropas estadounidenses invadieron Iraq, derrocaron al presidente
Saddam Hussein e instalaron una administración favorable a sus
intereses.
Sin embargo, la creación de ese gobierno y el incremento de la
presencia militar estadounidense han sido insuficientes para detener a
los insurgentes que, en rigor, se mueven a su antojo por todo el país
y cuentan con el apoyo de la población.