Virgilio López Lemus retoma, tal vez sin conciencia de ello, una
afirmación de Graziela Pogolotti: que ya nadie lee La Eneida,
ese monumento de otro Virgilio, el mantuano. López Lemus lo dice a
título casi personal en el pórtico de su poemario Un leve golpe de
aldaba (Letras Cubanas, 2006), que se nos ofrece a modo de una
compilación provisional.
La idea de lo provisorio es, a propósito, una especie de senda por
la que transcurren los poemas de este libro dividido en doce
estancias, las que son como apartados sutiles para temas y estados de
ánimo. Esta es su herencia, nos aclara un autor por momentos inasible
hechizado por lo descomunal de esa certidumbre: la transitoriedad de
todas las cosas. De modo que es nuevamente la palabra, tan vuelta de
revez y tan pasajera como cualquier otra entidad, lo mas apropiado
para trascendernos. A sus cincuenta y diez, Virgilio López Lemus se
dice en paz con mucho de lo que antes lo inquietó, pero ese estar
de acuerdo no viene por el lado de la resignación, sino del
entender. Este propio poemario, que agrupa versos de épocas distintas,
quiere que nos percatemos del sentido renovado de lo que quizás
hayamos ya leído en otros contextos, cuando estábamos por ser lo que a
lo mejor somos ahora.
Leves como el golpe de aldaba que nos despierte a nuevas
percepciones, son estas elegías, estas notificaciones sobre ser y
transcurrir, sobre las equívocas maneras de lidiar con los hechos.
Pues, ¿qué hace un poeta con los hechos? Virgilio López Lemus sabe que
cualquier testimonio poético es insidioso, y en esa sinceridad al
tergiversar ayudado por la solemnidad, por la ironía y por el humor,
veo su definición mejor.
Parece que no tenemos otro remedio que mirar en los libros con el
cristal de lo que somos y —además— con el cristal de lo que ya hemos
leído (lo que se ha leído también determina lo que se es). De tal
modo, creo ver en Un leve golpe de aldaba el resultado de
largos apartes con Martí, Goethe, Nicolás Guillén, Jorge Luis Borges,
Lao Tsé y Lorca. Uno de sus pasajes, incluso, se allega a una idea de
Alexander Solzhenitsin, pero esta es —claro— mi lectura. El propio
López Lemus, en Los cuarenta ladrones, poema de un jocoso
fatalismo, nos habla de los acreedores que sustentarían nuestra
condición poética. Algo muy natural. En un buen poeta los epígonos son
asimilados con una elegancia, digamos, dialéctica. En uno deficiente,
por el contrario, esos presuntos maestros están como incrustados; se
nota —para decirlo de una manera latosa— una diferencia de densidades.
El aparte más prolongado de Virgilio López Lemus es, sin embargo,
consigo mismo. La nota de contracubierta de esta edición nos habla de
una poesía fiel a sí misma, y a pesar de lo común de la frase,
se lo podemos conceder. En la página catorce hay una pieza breve que
pudiera dar fe de algunas constantes de esta obra, y si mi hipótesis
tuviera algún sentido, estaríamos ante un poeta que con frecuencia
prioriza la sensibilidad sobre el intelecto, aunque ambos términos
deban ponerse en cuarentena. Un leve golpe de aldaba es como
una zona franca de poesía.