AMAZONAS.— Cuando aquel guerrero semidesnudo surgió de entre las
rocas con su arco tensado y en gesto amenazante, Ricardo Carrillo solo
atinó a agarrar la tapa de una cazuela para protegerse de un seguro
flechazo.
LOS
INDÍGENAS DEL ALTO ORINOCO TERMINARON CONFIANDO SU SALUD AL DOCTOR
RICARDO.
Por suerte no hubo disparos, y el encuentro con la tribu Yanomami,
en medio del Alto Orinoco, terminó de la mejor manera posible según la
tradición indígena: intercambiando sardinas enlatadas por plátanos y
durmiendo todos bajo el mismo chabono (bohío).
Al día siguiente, mientras se aseaba en el río, los nativos lo
rodearon sorprendidos de ver un hombre con pelo en los brazos y el
pecho. "Pacho purenaja" (el que parece mono), así lo bautizaron en su
dialecto local, y de esa manera lo han continuado llamando durante dos
años y medio.
Antes de partir de Cuba, Ricardo y otros médicos tuvieron un
encuentro con miembros de la expedición "En Canoa del Amazonas al
Caribe", dirigida por Antonio Núñez Jiménez entre 1987 y 1988, a modo
de preparación para lo que podrían encontrar en las selvas de
Venezuela. Sin embargo, las vivencias acumuladas durante todo este
tiempo en el Alto Orinoco, le parecen 100 veces más impactantes.
"Uno piensa que eso solo existe en los libros de historia antigua,
pero no es así. Todavía hay aborígenes que andan en guayuco
(taparrabo), y viven de la caza con arco y flechas, de la recolección
y la pesca".
La Constitución venezolana exige el respeto a la cultura y las
creencias de los pueblos indígenas. Por ello, asegura Ricardo, el
Comandante en Jefe orientó que fueran especialistas en medicina
tradicional quienes viniéramos a trabajar al estado de Amazonas, como
parte del programa Barrio Adentro.
A
ALGUNAS COMUNIDADES DE AMAZONAS LAS SEPARAN VARIOS SIGLOS DEL
PRESENTE.
Entre el Alto Orinoco y Puerto Ayacucho, la capital estadal, median
90 minutos en avión. Pero ese es un dato equívoco, porque a algunas
comunidades de ese lugar la separan varios siglos del presente.
Desde siempre, los chamanes (curanderos) se han encargado de la
salud de sus pueblos. "Enseguida nos dimos cuenta que la voz de este
personaje es determinante, pero siempre hemos mantenido buenas
relaciones. Muchas veces, mientras asistimos un caso, se acercan, nos
hacen preguntas y hasta piden permiso para colaborar.
"Los chamanes tienen mucho dominio de plantas cuyos poderes
curativos están demostrados, y saben reconocer las enfermedades que
pueden tratar solos, y cuándo deben cederle paso a los médicos".
No obstante, los rigores de la selva han obligado a nuestros
galenos a esforzarse al máximo para salvar vidas. Varias veces a
Ricardo le ha tocado atender los heridos en las guerras tribales. Una
noche, a la luz de las velas, tuvo que canalizarle la yugular a una
niña que llegó al ambulatorio deshidratada, tras cinco días con
diarrea.
"Situaciones que en Cuba son sencillas de resolver, se complican
acá", dice. A la Esmeralda, la capital del municipio Alto Orinoco,
solo se puede llegar en avión o remontando el río. En lancha rápida el
viaje dura dos días, y en una sencilla alrededor de una semana. Hasta
hace poco existió una línea aérea comercial, pero todas las avionetas
se estrellaron.
Además, allí solo viven 585 personas de las más de 15 000 que
habitan el Alto Orinoco. El resto está disperso en comunidades de las
etnias Yekuana, Arawaco y Yanomami, a varias jornadas de navegación, y
su atención médica depende de las salidas de "penetración" (como
denominan en la selva a las visitas de terreno).
EL
DOCTOR CUBANO ATIENDE 22 COMUNIDADES DE LAS ETNIAS YEKUANA, ARAWACO Y
YANOMAMI, A VARIAS JORNADAS DE NAVEGACIÓN POR EL RÍO ORINOCO Y SUS
AFLUENTES.
Utensilios de cocina, fósforos, pita, anzuelo y una hamaca para
dormir cuando caiga la noche, son tan necesarios en esos viajes como
la nevera con hielo seco para preservar los medicamentos.
La primera vez que partió hacia las comunidades, cargado de vacunas
para inmunizar a sus nuevos pacientes, lo recibió un guardián que le
apuntaba con su arco. Muy pocos accedieron ese día a inyectarse.
Pero la convivencia le ha enseñado a Ricardo que los de la selva
son pueblos amistosos y pacíficos, que padecieron durante años la
crueldad del hombre blanco.
Se sabe que científicos sin escrúpulos los han secuestrado para
hacer experimentos. Una vez probaron aquí mismo vacunas no atenuadas
contra el sarampión, y luego les inyectaron sustancias radioactivas
para ver hasta qué punto el ser humano era capaz de resistirlas. El
resultado fue el exterminio de comunidades completas y el rencor
eterno de los sobrevivientes.
"En la medida en que uno va conociendo su historia, su cultura, su
idioma, se va compenetrando con ellos y llega el momento en que se
crea un gran cariño.
"Cuando salgo de vacaciones me piden que no me marche
definitivamente, y hasta se fijan si dejo algo de ropa guardada para
asegurarse de que voy a volver.
"Siempre tuve el cuidado de que esta relación no afectara mis
propias costumbres. Incluso logré cambiar algunos de sus hábitos, como
el de beber el agua sin hervir.
"Realmente ha sido una experiencia muy bonita. Al principio cuesta
adaptarse, porque es un modo de vida completamente distinto al
nuestro; pero después la selva te atrapa y uno llega a sentirse como
en casa", confiesa.
Por ello, mientras recibía la noticia del cumplimiento de su misión
en este lugar, recogió sus pertenencias sin pronunciar palabra. No se
despidió de nadie, porque sería demasiado triste. No lo habrían
comprendido, ni él sabía cómo explicarles que esta vez no regresaría.
En silencio, de la misma manera en que llegó 30 meses atrás, el
doctor Ricardo emprendió el regreso del Alto Orinoco. Un avión de la
fuerza aérea venezolana lo llevó de vuelta a la civilización. La
Esmeralda se fue perdiendo poco a poco entre el verde intenso de la
amazonía.