En el aniversario 250 del célebre músico austríaco, otra obra lo
recordó en este encuentro, de la mano de un joven coreógrafo que
poco a poco va encontrando su personalidad sobre las tablas: Eduardo
Blanco. En Danzas de Mozart se reúnen técnicas y capacidades
expresivas alimentadas de la danza clásica, la moderna, la
pantomima, el humor y la gimnasia, con la incorporación de elementos
que se acercan al espíritu de divertimento que transmite en sus
trabajos. Sencilla pero amena coreografía que desborda de ímpetu
juvenil, y sobre todo que crea un balance entre el plano visual y su
soporte sonoro —una composición homónima de Mozart de la cual toma
su título—. En una atmósfera lúdicra —que no molesta ni llega a la
caricatura—ocho muy jóvenes bailarines de la más reciente promoción
—debemos seguir sus nombres—, bailaron a la perfección y retaron el
espacio para imponer sus formas en ese rejuego visual. Con ellos, el
autor se repartió parte del triunfo. Muy bien los diseños de Frank
Álvarez.
Un destacado coreógrafo cubano al que debemos emblemáticos
títulos del BNC, Iván Tenorio, asomó en esta edición con Teseo y
el minotauro, basado en una leyenda de la mitología griega, que
como concepto fundamental esgrime el triunfo de la civilización
sobre la barbarie. Sugestivo trabajo que armoniza con la música
—canciones griegas antiguas en versión orquestal de Vangelis—, la
sencillez, elegancia y, sobre todo, eficaz economía de recursos de
los diseños de Ricardo Reymena, que alcanzan la coreografía, donde
en muy poco tiempo, Tenorio narra la historia con una eficaz
teatralidad, coherencia y organicidad plástica.
Elier Bourzac (Teseo), Anette Delgado (Ariadna) y Miguelángel
Blanco (el minotauro) encarnaron con notables acentos y buena
técnica la caracterización de sus personajes. Pero el ballet
requirió, asimismo, del concurso de un cuerpo de baile masculino que
supo reeditar su entrenamiento clásico con algo prístino y al mismo
tiempo moderno, revelador de la mentalidad artística de una escuela
presta a transitar caminos muy diversos, siempre que estos ostenten
la solidez de un propósito estético oportuno.
La jornada brilló particularmente con el pas de deux de Las
llamas de París, bailado con bríos por Hayna Gutiérrez y Joel
Carreño, —se entregaron en cuerpo y alma, tanto en sus variaciones
como en la labor de pareja—, haciendo alardes técnicos que se
ganaron el aplauso más sonoro hasta ese momento. Fue una lástima que
Natalia Osipova estuviera indispuesta y el anunciado pas de deux del
tercer acto de Don Quijote de los integrantes del Ballet
Bolshoi se transformara en un solo de la variación masculina, que
aunque muy corta, despertó gran entusiasmo por parte de los
espectadores quienes reconocieron, en el leve paso por la escena de
Iván Vasiliev, a un singular bailarín.
El punto final del concierto estuvo a cargo de la reposición de
Viaje a la luna, simpática coreografía de Alicia Alonso con
música de Verdi, que tuvo en los protagónicos a Víctor Gilí, Anette
Delgado, Javier Torres, Yolanda Correa, Romel Frómeta y el cuerpo de
baile del BNC.